La escena del evangelio presenta a Jesús como «dador de vida». A Jesús le «da lástima» el dolor de una viuda que ha perdido a su hijo único. Jesús se hace sensible a su dolor y lo que era una comitiva de muerte se convierte en una fiesta de vida. Jesús es una palabra de vida que va más allá de la muerte; le habla al muerto: muchacho a ti te lo digo levántate.
El término “levantarse” no es solo ponerse de pie, también se refiere a volver a la vida. El evangelio lo usará incluso para hablar de la resurrección misma de Jesús.
Es bueno escuchar en medio de nuestros sufrimientos esta palabra de Jesús: levántate. Palabra que nos invita a tener una vida más plena, que nos invita a renovar y hacer nueva la vida.
Jesús nos anima también a salir del llanto y la tristeza, salir de una cultura de muerte. Que nadie tenga que llorar. Ojalá los seguidores de Jesús repitamos siempre sus palabras de misericordia y vida: “No llores, levántate”.
Seguir el gesto de Jesús significa suscitar vida: tener piedad de los que sufren y ofrecerles nuestra ayuda; allí donde la enfermedad, el sufrimiento y la muerte parecen ser definitivas, hacer posible la esperanza de vida nueva. Es la tarea de los seguidores de Jesús, apostar por una cultura del encuentro que sabe ver al que sufre, acercarse a él, tocar el sufrimiento, llevar una palabra de vida.
Pero nada de esto se realiza sin la fe en el Dios de la vida, sin fe en la palabra de Jesús que es Palabra que da Vida.
El texto de hoy forma parte del llamado sermón de la llanura (Lc 6, 17-49), en el que Lucas tiene en cuenta las problemáticas de las comunidades a finales del siglo I, tanto externas, como internas. El discurso se centra ahora precisamente en la conducta de los miembros de la comunidad, a través de una serie de parábolas, cada una de las cuales encierra una gran enseñanza.
La primera, la del guía ciego (39-40), es presentada con una pregunta doble: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. La respuesta a ambas podríamos darla cualquiera de nosotros. Pero ¿de quién habla Lucas en concreto? Pareciera que el evangelista se refiere a unas personas de la comunidad que pretenden ser guías (catequistas) antes de haber recibido la formación completa. Estos problemas comunitarios siembran confusión y perjudican la comunión.
La segunda, la viga y la brizna en el ojo (41-42), también se inicia con dos preguntas, la primera de las cuales es: “¿por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Ambas marcan la desproporción y la incoherencia entre el que ve algo pequeño, una brizna, en el ojo de otro, y no ve en el propio algo grande, como es una viga. La repetición de la “palabra “hermano” nos hace caer en la cuenta de que estamos en un contexto comunitario.
La tercera (43-45) habla del árbol y sus frutos. Mientras las cualidades del árbol hacen referencia a la identidad, a la interioridad, el calificativo del fruto hace alusión a la exterioridad; más bien podríamos decir que mientras la identidad de los árboles hace referencia a la causa, la identidad de cada uno de los árboles tiene como consecuencia el carácter del fruto. No hay engaño: “un árbol bueno produce buenos frutos y un árbol malo da frutos malos”, pues entre el árbol y fruto hay una sinergia que no se puede prestar a equívocos.
Las tres parábolas constituyen una catequesis para los miembros de la comunidad que podrían responder a la pregunta: en síntesis, ¿cómo debe ser la conducta de los ciudadanos del Reino de Dios? Esa es la cuestión que el Señor pone ante ti y a la que has de responder teniendo en cuenta cada una de las parábolas presentadas.
Hoy celebra la Iglesia la memoria de Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla en el siglo IV. Su sobrenombre chrysóstomos significa “boca de oro” debido a su extraordinaria elocuencia que lo consagró como el máximo orador entre los Padres griegos.
Hna. Mariela Martínez Higueras O.P. Congregación de Santo Domingo
Nos encontramos estos días leyendo la primera epístola de San Pablo a los Corintios. Pablo está respondiendo aquí a preguntas que le han sido formuladas. Es un capítulo que trata sobre el matrimonio y la virginidad. Y en concreto los versículos que nos ocupan versan acerca de la virginidad, donde Pablo ofrece un consejo acerca de la misma.
Esta comunidad de Corinto vivía una angustia presente referida al tiempo que corre entre la primera venida de Cristo y la parusía; y el apóstol cuando habla de la tribulación en la carne, se refiere a las preocupaciones de la vida conyugal. Se trata aquí de la justificación del matrimonio y del celibato sin oponerlos uno a otro. En definitiva, San Pablo quiere dar derecho de ciudadanía al estado nuevo del celibato.
Finaliza este fragmento con un versículo que dice: » la representación de este mundo se termina». Vemos claramente la posición de Pablo, que vive ya en la eternidad, porque para él, el mundo actual no es más que la preparación de nuestra vida definitiva.
Ya nos dice el salmista que escuchemos, que inclinemos el oído, el momento apremia; y como defendiendo la vida futura, nos invita a olvidar nuestro pueblo y la casa paterna, porque el rey está prendado de «nuestra belleza»… significando la invitación que hace explícita la elección de «una vida por Dios».
Situación inversa de esta vida a la vida futura
En el Evangelio nos encontramos con la lectura continuada del capítulo sexto, que nos presenta el discurso inaugural de las Bienaventuranzas.
San Lucas nos habla de cuatro e insiste en el anuncio de un cambio total de las situaciones y refuerza la oposición entre bienaventuranza y malaventuranza.
El mensaje de Lucas es claramente más social que el de Mateo y la forma de este discurso es más breve, sin embargo, el texto está completamente en la línea de todo su Evangelio. Su interpretación de las bienaventuranzas invita a todos los hombres a transformar las estructuras de la sociedad para que haya menos gente desfavorecida. Llama dichosos, a los que en situaciones reales, son pobres, lloran, tienen hambre, son despreciados, y asegurando que de ellos es el reino de Dios, que reirán y serán saciados, marca una antítesis entre el presente y el futuro.
Las bienaventuranzas de Jesús son un mensaje decisivo, que nos empuja a no depositar nuestra confianza en las cosas materiales y pasajeras, incapaces de darnos esperanza. Él nos invita al gozo, y lo expresa exteriormente diciendo «alegraos ese día y saltad de gozo».
Termina este pasaje con cuatro maldiciones que corresponden exactamente a las bendiciones precedentes. Dice el Papa Francisco que «Jesús con su palabra paradójica nos sacude y nos hace reconocer lo que realmente nos enriquece, nos satisface, nos da alegría y dignidad».
Pidamos al Señor, con un fuerte deseo, que nuestra vida sea dichosa porque lo seguimos a Él, que es fuente de la verdad, de la vida y de la alegría auténtica, e inclinando nuestros oídos, escuchemos su mensaje.
Monjas Dominicas Contemplativas Monasterio Stma. Trinidad y Sta. Lucía (Orihuela)
Cuando nos creíamos avanzados por profesar la fe en Cristo, el apóstol nos hace ver que no somos más que niños mientras sigamos con la mentalidad de este mundo. «Por los frutos los conoceréis» había dicho Jesús (Mt 7, 16) y san Pablo nos recuerda la incoherencia de una comunidad que se dice cristiana y alberga en su seno la lógica del demonio: envidias, divisiones, competiciones, partidos y campañas a favor o en contra de los hermanos. «Seguís siendo carnales», les dice a los Corintios para su desilusión, y también hoy nosotros podríamos preguntarnos en qué medida es la lógica del mundo la que rige nuestras relaciones, comunidades, y fraternidades. «Nosotros somos colaboradores de Dios», reconoce san Pablo, aquel que, de alguna manera ha sido “fundador” de la comunidad de Corintio; y también hoy nosotros podríamos examinar si nos reconocemos como simples colaboradores de Dios o si nos hemos adueñado y erigido en los señores de nuestros servicios, misiones, evangelizaciones o comunidades.
Intentaban retenerlo para que no se separara de ellos
En el pasaje de hoy nos encontramos con las multitudes que buscan a Jesús y lo intentan retener. Teniendo en cuenta que parece que Jesús necesita retirarse después de una misión extenuante, tendríamos la tentación de tacharlos de inoportunos. Y conociendo el desenlace de su vida nos cuesta valorar el gesto de esta gente a la que atribuimos una motivación puramente interesada: Ahora que hace milagros, cura enfermos, libera endemoniados… ahora sí: ¡Por el interés te quiero… Andrés! –como reza el dicho popular−.
Pero bajo capa de aspirar a una actitud más madura y desinteresada es posible que nos estemos engañando sutilmente. Es verdad que debemos tender hacia un amor gratuito y desinteresado por Jesús, pero el afecto de estas personas tiene también, al menos, dos aspectos de los que cabría examinarse. Su actitud y su súplica inoportuna –si queremos llamarla así− brotan de la conciencia de estar necesitados, del reconocimiento de su miseria. ¿No será que nosotros no nos sentimos indigentes? ¿Guardaríamos tanto las formas si no tuviéramos tantas seguridades a nuestro alcance? En consecuencia, este reclamo por Jesús pone de manifiesto que aquellas gentes no se bastan a sí mismas, porque el que algo pide es que algo le falta y no puede conseguirlo por sí mismo. ¿Y no es posible que nosotros hayamos dejado de pedir porque creemos que todo depende de nosotros y de nuestro esfuerzo? Me pregunto si no habremos pasado de un extremo al otro. Ambos igual de equivocados. Hemos querido superar esos tiempos en los que dejábamos en manos de Dios aspectos de nuestra vida que Él mismo había querido poner en las nuestras. Pero nos hemos pasado al extremo en que creemos que todo depende de uno mismo y pedir nos da vergüenza. Y puede que hayamos pasado de la evasión a la soberbia.
En el Evangelio constatamos que no basta con reconocer en Jesús al Hijo de Dios: ¡Los demonios también lo hacen! Pero aparece luminoso el ejemplo de la suegra de Pedro. No tienen reparo en rogarle la salud para ella. Se reconocen indigentes y creen en el poder de Jesús para sanarla. Piden humildemente. Y reciben gratuitamente. Por último, no se adueñan del don que les ha otorgado –en este caso, la salud− sino que lo ponen al servicio.
Sor Teresa de Jesús Cadarso O.P. Monasterio Santo Domingo (Caleruega)
Un verdadero seguimiento al Maestro nos realiza, performa, cosa que no hace la sola información del mismo. Se trata de coordinar lo que se emite con los labios y los quereres del corazón. De no ser así, la disonancia de vida está servida con lo que ello implica: vida desordenada afirmará sin paliativos el evangelizador de los gentiles a los Tesalonicenses de cualquier lugar y tiempo.
Ponerse el traje de cristiano los Domingos o días festivos es sinónimo de echar margaritas a los cerdos, quedarse en un mero cumpli-miento, que no deja de ser una carga, un no vivir y experimentar al Señor Jesús como lo que es: Razón y sentido de vida.
Por eso, como afirma el salmista: «Dichoso el que teme al Señor», el que comprende en su cada hoy que se le regala que seguir al Maestro de Nazaret es camino de libertad, de fiesta… De ahí ese temor “sano” a ser viandante de sus propuestas.
Para llevar a cabo esta invitación, es necesario poner sobre el tapete la verdad de uno mismo, Es telón de fondo, para tirar a la papelera todo lo que supone actitud farisaica, como son los maquillajes (sepulcros blanqueados), la doblez de corazón (repletos de envidia y crueldad).
En definitiva, dejemos de lado todo lo que supone ojos de merluza a medio cocer, boquitas de piñón y voces aterciopeladas, es decir, lobos vestidos de abuelitas que hay que dejar depositado en su lugar correspondiente: el famoso cuento de Caperucita de Charles Perrault.
Sor Mª Ángeles Calleja O.P. Monasterio Santa Catalina – Paterna
El Evangelio nos ofrece una visión penetrante de las advertencias de Jesús a los escribas y fariseos. Estás palabras siguen siendo relevantes hoy en día. Jesús critica abiertamente a los líderes religiosos de su tiempo por su hipocresía y falta de autenticidad. Los acusa de obstaculizar el camino de otros hacia la salvación. Este es un recordatorio para todos nosotros de que nuestras acciones y palabras tienen un impacto más allá de nosotros mismos. Sí actuamos de manera hipócrita e inauténtica, podríamos estar alejando a otros de la fe, en lugar de acercarlos a Dios. Porque nuestro problema, en muchas ocasiones, es que ni comemos ni dejamos comer.
La crítica de Jesús se dirige a la superficialidad de los escribas y fariseos. Se preocupan más por las apariencias externas y las reglas que por la verdadera esencia de la fe. Jesús señala su obsesión con los detalles menores, mientras ignoran lo que realmente importa. Este es un llamado a centrarnos en lo que realmente es central en nuestra vida de fe y no perder el tiempo en cosas superfluas y banales, muchas veces puestas como importantes para maquillar una pobre vivencia de Dios y el miedo a tener un auténtico encuentro con los demás. Jesús también aborda la cuestión de la autoridad y la responsabilidad. Los fariseos se perdieron en tecnicismos, olvidando que todo en el templo es sagrado porque Dios mismo lo hace sagrado. Esto nos recuerda que no debemos tomar a la ligera nuestras promesas o compromisos, especialmente cuando involucran a Dios o a los demás.
En resumen, este pasaje nos desafía a examinar nuestras propias vidas y actitudes. Nos llama a ser auténticos en nuestra fe, a centrarnos en lo que realmente importa y a ser responsables en nuestras acciones y palabras. Nos advierte contra la complacencia y la hipocresía, recordándonos que estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra. No se trata sólo de seguir reglas o de mantener las apariencias, sino de vivir una vida que refleje honestidad, misericordia y ternura a imagen de Dios.
Fr. Martín Alexis González Gaspar O.P. Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrent)
En los versículos precedentes a la lectura de hoy se nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva” y de “la ciudad santa, la nueva Jerusalén” donde “la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado”.
Uno de los siete ángeles, que aparecen en la lectura, va a mostrar la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de parte de Dios, que teñía la gloria de Dios. Y nos describe las características especiales y ampliamente positivas de esa ciudad: con su muro grande y doce puertas… y también los doce pilares, y sobre ellos los nombres de los doce apóstoles. Toda esta descripción en la fiesta de San Bartolomé apóstol, que dedicó toda su vida, después del encuentro con Jesús, a proclamar nuestra resurrección en ese “cielo nuevo y esa tierra nueva”.
“Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”
En este fragmento evangélico se nos relata la vocación, la llamada de Jesús a Felipe y Natanael, que es el otro nombre de San Bartolomé. En toda llamada de Jesús a seguirle, hay notas comunes y otras particulares en cada persona llamada. Aquí se describe el encuentro de Jesús con Natanael-Bartolomé.
Veamos lo particular de Natanael. En un primer momento y después de la llamada de Jesús a Felipe, este se encuentra con Natanael y le dice que se ha topado con Jesús, de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, el hijo de José, de Nazaret. Bartolomé desconfía de que de Nazaret pueda salir algo bueno. Y es cuando entra en escena el mismo Jesús haciendo un fuerte elogio de Natanael: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño”. Algo que sorprendió a Natanael porque nunca se habían visto antes. Y al final, Natanael dirigiéndose a Jesús le dice: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”. Y Jesús le respondió que vería cosas mayores que la que acaba de vivir.
Veamos lo común. Todos los cristianos podemos afirmar las notas singulares de nuestro encuentro con Jesús. Pero todos, Felipe, Natanael, Pedro, Juan, Carlos, Antonio, Isabel, Carmen, Lucía… y todos nosotros podemos afirmar que somos cristianos porque nos llamó el mismo Jesús a seguirle después de convencernos de que era Hijo de Dios: “Ven y sígueme”.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma…” y amarás a tu prójimo como a ti mismo”
Mateo nos presenta a saduceos y fariseos uniéndose para poner a prueba a Jesús: “Maestro, cuál es el mandamiento mayor de la Ley”?
La pregunta no era tan sencilla, como nos puede parecer a nosotros hoy, porque la mayoría de los juristas consideraba que todos los mandamientos tenían la misma importancia y obligatoriedad. Otros defendían que guardar el sábado era la primera obligación de todo israelita. También había quien defendía el amor al prójimo como el principal. A nadie se le había ocurrido que el principal mandamiento, eran dos.
En Mateo y en Marcos, Jesús responde recitando la «shemá» (escucha), que todo israelita piadoso recitaba dos veces cada día (Dt 6, 4-9); pero añaden una referencia al Lev 19,18, que prescribe amar al prójimo como a ti mismo.
En Lucas, Jesús le dice al letrado: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?, y es el maestro de la Ley el que responde exactamente lo mismo.
La originalidad de Jesús es doble. Por una parte el haber unido los dos mandamientos y por otra el ampliar el concepto de prójimo.
Juan que escribe veinte años más tarde que los sinópticos, lo tiene mucho más claro. Jesús da un solo mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros» (Jn 13,34). Esta es la novedad de Jesús. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley.
El amor que exige Jesús, no se alcanza con el cumplimiento de un precepto. En Jesús no se trata de una ley, sino de una respuesta a lo que Dios es: «Un amor que responde a su amor» (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir desde lo hondo de la persona, no imponerse desde fuera. Se trata de manifestar hacia fuera, lo que Dios es en mí ser.
Él, vive el mandamiento del amor de un modo concreto y no abstracto.
Su vida y misión pueden ser resumidas en la integración profunda y concreta del amor a Dios y al prójimo. En esta integración Jesús encontró la raíz de su libertad. Libertad que lo capacitó para ser plenamente fiel a la voluntad del Padre y a las necesidades del pueblo. (Reflexión al Evangelio enriquecida por homilías de Fray Marcos y por los libros: tu Palabra es vida de la Conferencia de los Religiosos del Brasil).
Hna. María del Mar Revuelta Álvarez Dominica de la Anunciata
“Y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos” Todos estamos llamados al banquete, todos. Iremos o no, ahí radica la libertad del hombre, pero la invitación la tenemos. Nos espera el Rey, nos aguarda un banquete de bodas, algo grande, fuera de lo corriente. Y podremos aceptar, decir que no sin más o tomar la actitud beligerante de los que llegan a asesinar a los mensajeros. Incluso podemos aceptar sin estar preparados, sin querer seguir las pautas que marca el Anfitrión y ser expulsados. La parábola del banquete nos muestra las distintas actitudes que podemos adoptar ante la llamada de Dios.
Podría parecer de necios recibir una invitación para algo bueno y rechazarla, pero esa es la condición humana: las circunstancias del momento, la oportunidad, los apegos que tenemos en nuestra vida, el no querer romper nuestra rutina, no salir de nuestra zona de confort (como se dice ahora)… y dejamos pasar la oportunidad de vivir a los grande, de gozar de la presencia de Dios en nuestro día a día, de desprendernos de lo que nos ata a lo más mundano. Por eso debemos tener el corazón abierto y los sentidos atentos porque en cualquier momento podemos recibir la invitación que cambiará nuestras vidas.
Dios nos está llamando siempre, es más: nos está esperando siempre. Nosotros somos libres de escuchar o no, de acudir o no a su llamada. Como decía San Juan Pablo II “la Fe se propone, no se impone” y el Señor nos propone sentarnos con Él a su mesa, compartir su banquete, con libertad, la misma libertad que Él nos ha dado, pero si no acudimos a su invitación deberemos asumir las consecuencias. Cristo nos lo explica muy claro en esta parábola, con palabras que entendemos y nos muestra todas las opciones. Teniendo toda la información ya depende de nosotros elegir entre vivir en la Luz o caer en las tinieblas.
D. Luis Maldonado Fernández de Tejada, OP Fraternidad Laical de Santo Domingo, de Almagro