Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 33-37
Reflexión del Evangelio de hoy
Luego se levantó, marchó detrás de Elías y se puso a sus órdenes
Todas las llamadas de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, tienen alguna nota especial en cada una de las personas llamadas, y también algo común, que justamente es la llamada de Dios. No todas las personas llamadas responden afirmativamente. Pero muchas de ellas sí lo hacen. Y lo hacen cayendo en la cuenta de que, ni más ni menos, es el mismo Dios el que llama. ¿Cómo se le puede decir que no a ese Dios que nos ama tan entrañablemente, que nos ha creado, que busca siempre nuestro bien principalmente a través de Jesús, que por mediación de él llega a hacernos hijos suyos y que nos asegura que siempre estará a nuestro lado, caminando con nosotros en el camino de nuestra vida y que nos promete una vida de total felicidad después de nuestra muerte y resurrección?
Así lo entendió Eliseo y dejando su trabajo y a su familia atendió la voz de Dios.
Cada uno de nosotros, seguidores de Jesús, al hilo de esta lectura podemos recordar cómo fue nuestra llamada y cómo vamos siguiendo a Jesús.
No jures… a vosotros os basta decir sí o no
Leyendo este pasaje evangélico, vemos cómo Jesús insiste en la sencillez y en la verdad. Un seguidor de Jesús cuando afirma algo, tiene la fuerza de su afirmación, la fuerza de decir la verdad. No hay que invocar al cielo, a la tierra, a Jerusalén… ni a otra posible realidad. “A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno”. Porque un seguidor de Jesús no puede mentir.
Pero como bien sabemos, la iglesia, en sus diversos estamentos, exige, en ciertos casos, jurar por Dios, como si la palabra del cristiano no fuera suficiente. Hagamos caso a Jesús, el que es la Verdad, que nuestras palabras sean siempre verdaderas.
En el ámbito cristiano hay otra manera de ir en contra de lo que nos manda Jesús de decir siempre la verdad. Es lo que conocemos como mentiras piadosas. Que es algo así como mentir para defender una verdad. Nunca una mentira puede ser piadosa, nunca un cristiano puede mentir. Ha de vivir y decir siempre la verdad sabiendo que intenta seguir a Cristo que es la Verdad.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
El profeta Elías se encuentra en una situación que podríamos llamar desesperada. Su defensa del Señor, frente a la deriva de la fe del pueblo que olvida la Alianza con Yahweh y su enfrentamiento a los falsos profetas y al poder del rey, le ha convertido en una persona peligrosa a la que se decide que hay que eliminar.
Presa del miedo y de la angustia ante la amenaza de muerte, sale huyendo precipitadamente y llega al monte Horeb, monte sagrado en el que Dios se había manifestado, y se esconde en una cueva.
En esa situación de debilidad extrema, siente la llamada del Señor: “Sal y permanece en pie ante el Señor”
Pero lo que Elías percibe que ocurre fuera es un huracán, un terremoto, fuego… tal vez lo mismo que él llevaba por dentro y que le estaba devorando. Y en todo ello no descubre al Señor que pasa.
Por fin, algo así como el susurro de una brisa (en el original hebreo más cerca del “sonido” del silencio), y Elías sale fuera y se mantiene en pie a la entrada de la cueva.
En ese momento de calma y de silencio se vuelve a escuchar la palabra que el Señor le dirige: ¿Qué haces aquí Elías?
Su respuesta atropellada y llena de pasión, sólo puede fijarse en su situación personal, a la que ha llegado por defender al Señor. (Leyendo el texto completo comprobamos que la pregunta y la respuesta se habían dado ya antes, y se repiten exactamente igual ahora).
Y el Señor le muestra una salida a su situación absolutamente inesperada: va a volver al lugar del que huía y va a realizar una misión que el Señor le encarga. Su vida adquiere de nuevo sentido en esa misión que se le encomienda.
Qué bueno será que nos preguntemos a nosotros mismos y nos dejemos preguntar por Dios ¿Qué haces aquí?
Pero yo os digo…
En el capítulo 5 del evangelio de Mateo, después de haber proclamado las Bienaventuranzas como “libro de ruta” para el camino personal y la realización del Reino, Jesús va a “descender” a la arena de la vida concreta, para que podamos ir entendiendo lo que nos plantea.
Y comienza por situarse personalmente ante la Ley. Él no ha venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento. E inmediatamente, entra en puntos concretos de esa Ley para “explicar” cómo se lleva a cumplimiento cada uno de ellos, sin duda con gran sorpresa por parte de sus oyentes de aquel entonces, y más de 2.000 años después también de los de ahora.
Hoy escuchamos su reflexión en torno a la relación del hombre y la mujer y las dificultades que surgen en ella. En un contexto cultural en el que la mujer no recibe ninguna consideración y está sometida totalmente a los varones, Jesús hace una interpretación de la Ley favorable a la mujer.
Y, además, añade un comentario sorprendente por su radicalidad: “si tu ojo…sácatelo”, “si tu mano… córtatela”. Sin duda no pretende que nos arranquemos el ojo o nos cortemos la mano físicamente, pero sí nos indica la necesidad de estar atentos para rechazar todo aquello que surge de nuestro interior y nos inclina a desear o a realizar algo que supone un mal para los demás y también para nosotros mismos. No como ejercicio de negación o de simple ascesis, sino porque lo que verdaderamente deseamos en el fondo de nuestro corazón es vivir desde la propuesta del bien y del Amor que Jesús nos hace.
El profeta Elías desespera por la lluvia, tan necesaria para la supervivencia del planeta entonces como ahora. Igual que la oración, tan necesaria para el ser humano entonces como ahora. En este sentido nuestras necesidades poco han cambiado. Este pasaje nos habla de la necesidad de la oración y de la necesidad de lluvia, o más bien, de la necesidad de implicarnos en el cuidado de la creación.
En la sociedad actual, donde a menudo nos encontramos inmersos en un ritmo acelerado de vida, la práctica de la oración adquiere una relevancia aún mayor. Así lo vemos ante la cada vez más creciente demanda de meditación en forma de podcast, de formaciones orientadas al silencio, o de mindfulness. Nada nuevo bajo el sol porque el ser humano necesita de Dios.
La lectura del primer libro de los Reyes nos anima, como hizo Elías, a acudir a Dios Padre cuando estamos desesperanzados, agobiados o superados por las circunstancias que no podemos manejar. Elías acude a la oración como refugio en medio de la desesperanza, y en ella encuentra la paz, encuentra a Dios, y tras su perseverancia, llega la alegría en forma de lluvia.
También la lectura del Primer Libro de los Reyes nos habla del cuidado de la creación. En el contexto actual de cambio climático y degradación ambiental, la importancia de la lluvia como un recurso precioso se hace aún más evidente. El calentamiento global y otros factores pueden afectar los patrones de lluvia, provocando sequías prolongadas en algunas regiones e inundaciones devastadoras en otras.
La lectura de hoy nos llama a hacernos responsables de la creación de Dios, cuidando y preservando el medio ambiente para las generaciones futuras. Así, la necesidad de lluvia no solo nos llama a la acción en el presente, sino que también nos recuerda nuestra responsabilidad de proteger y preservar el don de la vida en todas sus formas. Orar nos acerca a Dios, y cuidar el planeta para que llueva cuando sea necesario, también.
De las dificultades del amor
El seguir a Jesús no es fácil, cumplir sus enseñanzas, es muy exigente. No basta con amar a tus seres queridos y amigos, hay que “amar” también a tus enemigos, hay que ser misericordioso con ellos y perdonar toda ofensa que recibamos por su parte. Y eso, sí que cuesta. Eso no es nada fácil. Lo más sencillo es insultar y regañar a aquel que nos importuna o molesta, con palabras o con acciones.
Precisamente, vivimos en una época en la que estamos muy acostumbrados a usar ciertos “calificativos” y tenemos un vocabulario muy creativo, para insultar a los demás, o bien inventar bulos o noticias falsas, para perjudicarlos. Pues ofender de esta manera, también es pecado; es como dar una bofetada en el alma al hermano, a la dignidad propia del hermano.
Señor, tú me invitas a vivir un amor semejante al tuyo, tú practicas la misericordia, la reconciliación, el perdón y el amor, incluso a los enemigos. Entiendo Señor, que la razón la tiene siempre el que más ama, a ti y a los hermanos, a todos los hermanos.
¿De qué manera la lectura del primer libro de los Reyes y la historia de Elías te inspiran a perseverar en la oración y confiar en la fidelidad de Dios para responder a tus necesidades y preocupaciones?
¿Cómo puedes cultivar una conexión más profunda con la creación de Dios a través de la oración y la contemplación de su belleza y complejidad?
El texto de la primera lectura pertenece a la carta a los Romanos, escrita por Pablo en Corinto, en el invierno del 57-58, culmen teológico de la teología paulina. Nuestro texto pertenece a la segunda parte, llamada parenética, en la que se muestra el sacrificio existencial del cristiano; para agradar a Dios ya no hay que presentar ofrendas y holocaustos, como se hacía en el AT, sino que ahora se ha de ofrecer la propia vida: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual (Rm 12,1).
Una de las dimensiones de esta ofrenda de la existencia es el amor, tanto con aquellos que forman parte de la comunidad, como con los que están fuera de ella. El amor en la comunidad ha de ser “sin fingimiento”, detestando el mal y adhiriéndose al bien. El amor ha de estar apoyado en la humildad que estima a los demás y no se enorgullece de la propia sabiduría. El amor se concreta en el compartir las necesidades de los hermanos y en la práctica de la hospitalidad, tema importante en el cristianismo primitivo (Rm 15,26;2 Co 8,4;1 Pe 4,9; Hb 13,12). Los vv 11-13 nos recomiendan una serie de actitudes que han de caracterizar al cristiano en relación a los “santos”, los hermanos de la comunidad: el celo sin negligencia, el espíritu fervoroso, el servicio del Señor, la alegría de la esperanza, la constancia en la tribulación y la perseverancia en la oración. Siempre en clave de empatía, alegrándose con los que se alegran y llorando con los que lloran.
La carta de Pablo también nos presenta cómo vivir el amor con personas que no forman parte de la comunidad y pueden crearnos problemas con sus actitudes hostiles. Así se invita a bendecir a los enemigos y no maldecirlos. Tarea poco espontánea y nada fácil. Bendecir a los que no nos hacen bien sólo puede ser fruto del amor gratuito experimentado en la comunión con Cristo y el Padre. “Dad gratis lo que habéis recibido gratis” (Mt 10, 8).
Saltar de gozo, proclamar bienaventuranzas, cantar de júbilo.
El texto lucano de hoy nos presenta la escena siguiente a la proclamación del Fiat de María, al recibir el anuncio del proyecto de Dios para con ella. Los anuncios de Dios siempre pro-vocan y con-vocan. Pro-vocan porque suscitan, inducen a recorrer nuevos caminos y con-vocan porque llaman junto con otros, dinamizan encuentros nuevos. Por ello, María sale de su ámbito y se pone en camino a casa de su prima Isabel, desde Galilea hasta Judea.
En cuanto Isabel oye el saludo de María, la novedad de la Buena Noticia que abraza, se hace presente en la criatura de su vientre y en ella misma: el niño salta de alegría ante la portadora de la nueva alianza como danzaba David en el traslado del arca (cf. 2 Sam 6,2-16); y a Isabel la invade el Espíritu Santo, que María transmite y contagia al haber quedado plenificada por Él (cf. 1,35).
Ante tanto júbilo, los labios de Isabel se abren proclamando palabras de bendición y bienaventuranza. Así bendice a la madre recién llegada y la proclama dichosa, feliz porque ha sido capaz de creer que la palabra de Dios se cumpliría en ella, porque ha sido capaz de confiar su vida entera al proyecto del Señor.
Si antes Juan Bautista había saltado de gozo y los labios de Isabel había proclamado bendición y dicha, ahora el regocijo de María estalla en un canto de júbilo ante la experiencia salvífica de Dios que no puede silenciarse, como lo hicieran otras mujeres en la primera alianza: Miriam (Ex 15); Débora (Jc 5); Ana (1 Sm 2 (Jdt 16).
El Magnificat que proclama María porque Dios está haciendo cosas grandes en ella y en su pueblo, es un canto que podríamos llamar del “mundo al revés” como aquella canción de Paco Ibañez. Allí “había lobitos buenos, brujas hermosas y piratas honrados”. Ahora el Señor es el que da la vuelta a todo: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.
En el día de hoy, unidos a María de Nazaret, la creyente por excelencia, podemos interrogarnos: ¿Que caminos nuevos “pro-voca” en mí el encuentro con la Buena Noticia del Reino? ¿Con quién me “con-voca”? ¿Con que música canto la alegría que brota del encuentro con el Señor? ¿En qué medida colaboro con el proyecto de Dios de “su mundo al revés”?
Hna. Mariela Martínez Higueras O.P. Congregación de Santo Domingo
Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,46-52
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «“Rabbuní”, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Reflexión del Evangelio de hoy
Ahora sois pueblo de Dios
Esta carta la dirige Pedro a los creyentes de Asia Menor, que están siendo sometidos a la incomprensión y el rechazo de los que viven junto a ellos, considerándolos, incluso, como extranjeros en su propia tierra.
Les invita a alimentarse de esa “leche” no adulterada que es la Palabra de Dios, y que, gracias a ella, han podido comprobar lo bueno que es el Señor.
Jesús, que también fue rechazado y sufrió la incomprensión de muchos, a pesar de eso, es la piedra viva que Dios escoge y pone como clave para la construcción del Templo del Espíritu y, por lo tanto, los que siguen su Palabra cooperan en la construcción del Templo.
Pedro les anima pues se han convertido en una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, y por lo tanto, los elegidos para proclamar que Jesús es la luz que alumbra sus vidas y, aunque muchos quieran que dominen las tinieblas, la luz brilla de forma maravillosa, y así serán auténtico Pueblo de Dios.
Pedro también les exhorta a rechazar las tentaciones, y tener una conducta intachable para que, aunque sean calumniados, puedan ver que se comportan de forma honrada, que nada tiene que ver con lo que otros dicen de ellos.
Todo esto supone el reconocimiento de que Jesús padeció por todos, y que ellos, a pesar de las injurias, sean perseverantes en su fe para ser, como dice el salmo 99 “El Señor Dios nos hizo y somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.
Hijo de David, ten compasión de mi
En este fragmento del evangelio de Marcos, se nos presenta el episodio de Bartimeo, ciego de nacimiento, que, según nos expresa el evangelista, se encontraba al borde del camino, es decir, excluido de la sociedad, pues su ceguera física incluía también una ceguera espiritual, de la que quería salir, por todos los medios, para salir de sus tinieblas. Al enterarse que pasaba Jesús, grita con fuerza y, aunque muchos querían sofocar sus gritos, él insiste y grita más fuerte para que Él lo escuche.
El intento de sofocar el grito se puede considerar como falta de fe, cosa que Bartimeo tenía en demasía. Jesús se da cuenta de que el ciego lo reclama y lo hace llamar. Bartimeo da un salto para acudir al Mesías pues no le importa el miedo al vacío que le provoca su ceguera; ante la llamada acude sin miedo a nada, pues es Jesús quien le invita, y cuando le pregunta qué puede hacer por él, responde “Rabbuní” que pueda ver, es decir, ayúdame a salir de las tinieblas y saborear la luz maravillosa que Tú me puedes dar, y Jesús le afirma que es su fe la que lo ha curado.
El gentío acompañaba a Jesús, pero Bartimeo lo “seguía” por el camino, dejándolo todo para seguir a quien le ha facilitado la Luz verdadera.
Todo este episodio nos cuestiona y nos impulsa a que intentemos salir de la oscuridad, que no nos conformemos y soportemos la situación, que si es necesario gritar hasta lo indecible, debemos hacerlo y sentirnos con ánimo para buscar la Luz verdadera, la que nos va a aportar confianza y estímulo para, como Bartimeo, seguir a Jesús siendo anunciadores de su “Buena Noticia”.
¿Nos dejamos influenciar por la “no fe” que nos rodea, para no anunciar le verdad de Jesús?
¿Somos capaces de saltar como Bartimeo ante la llamada de Cristo?
¿Acompañamos o seguimos realmente a Jesús y somos sus testigos en el mundo?
D. José Vicente Vila Castellar, OP Fraternidad Laical Dominicana Torrent (Valencia)
Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,1-12
En aquel tiempo, Jesús se marchó a Judea y a Transjordania; otra vez se le fue reuniendo gente por el camino y según su costumbre les enseñaba. Acercándose unos fariseos, le preguntaban para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?». Él les replico: «Qué os ha mandado Moisés?». Contestaron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla». Jesús les dijo: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».
Reflexión del Evangelio de hoy
Paciencia
La vida en un clic, eso es lo que creemos querer, estamos demasiado acostumbrados a que los errores los solucionamos a toque de clic, damos para detrás y borramos lo que no nos ha salido bien, antiguamente teníamos que tacharlo, de forma limpia y cuidadosa, pero quedaba registrado el error, después, pudimos empezar a usar un corrector que aunque mostraba una equivocación, no dejaba claro el error, ahora el ordenador nos muestra dónde nos hemos equivocado y con el movimiento de muñeca, damos al botón derecho del ratón, corregimos el error y aquí no ha pasado nada. Pero la vida es otra cosa, hay muchas acciones que no tienen botón de corrección, que no tienen un ratón para mostrarnos el error y cuando queremos corregirlo, ya es demasiado tarde, en este caso es cuando aparece en acción la paciencia…
Cultivar este gran valor es como cuidar de una orquídea, hay que saber cuándo regarla, tenerla en el lugar adecuado, no pasarse ni con la luz ni con el riego, y eso nos dará unos resultados increíbles, pero no podemos descuidarla si queremos observar su belleza, hay que saber esperar también cuando pierde la flor, a que llegue el momento de volver a salir, el cuidado debe permanecer. Así es la paciencia, debe ser cuidada y potenciada con la misma ilusión, con la misma esperanza, con el mismo tesón.
¿Nos damos oportunidades? ¿Puedes ser capaz de aprender de los errores? ¿Te da miedo que descubran tus equivocaciones?
Honestidad
Es muy fácil ver el fallo en el otro y complicado reconocer el propio, la otra persona se puede equivocar y yo tengo el derecho de hacerlo conocer, pero no me paro previamente a descubrir qué errores he podido cometer yo antes, y subsanarlos, para que, al ir a reclamar o al llamar la atención no haya una respuesta que me exija cambiar mi forma de actuar.
Por norma general, aquello que descubrimos en los otros que no nos agrada o nos molesta mucho es, al final, lo que deberíamos cambiar de nosotros mismos, los demás sólo hacen un efecto espejo que nos ayuda a descubrir esos “detalles molestos” que no nos gustan y que, es más fácil verlos en frente que dentro.
Si otra persona hace algo mal debe recibir el castigo, la llamada de atención, además de una manera inmediata y fuerte, lo malo es cuando eres capaz de descubrir que ese mismo acto lo has hecho también tú y que no has recibido ninguna llamada de atención, ningún castigo y mucho menos en un modo inmediato, ahí se caen todos los esquemas y puede, poco probable, que rectifiques tu forma de pensar y de actuar la siguiente vez, aunque lo más seguro es que vuelvas a hacer lo mismo.
¿La honestidad y la coherencia van contigo a todos lados? ¿Actúas habitualmente como juez de otros?
Hna. Macu Becerra O.P. Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia
Lectura del santo evangelio según san Marcos 9,30-37
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
Reflexión del Evangelio de hoy
¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros?
Después de haber celebrado la cincuentena pascual, los textos nos han ido dejando claro, que la iglesia comienza a abrirse camino en el mundo. Jesús, expresa que no va sola, sino que es su mismo espíritu quien va haciendo que pueda salir adelante. Sin embargo, se tiene que enfrentar a los desafíos del mundo y a la limitación humana, con lo cual cuesta en ocasiones dar testimonio. El mismo Cristo, da un encargo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15) como un signo de ser testigos, en medio de las adversidades, que la compasión que Dios ha soñado para la humanidad llega a través de aquellos que se han sumado a la empresa de Cristo.
Ahora bien, nos topamos de lleno, con los obstáculos que nos impiden ser realmente testigos creíbles: «Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rom 7,19). Sabemos realmente lo que está bien y lo que no. Hay cosas que tampoco nos gusta que nos las hagan… ¡Y qué difícil es vivir en clave fraterna! Por ello, Santiago, hace una llamada a examinarnos en conciencia. Esa pregunta: «¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros?», es un llamado, a que a la luz de Dios, observemos nuestras actitudes, acciones, palabras, gestos, para ver si realmente se ajustan al seguimiento de Cristo o por el contrario ponen en el centro de la vida el lado más salvaje que tenemos, el cual, no nos lleva a vivir en unidad, fraternidad, comunión, como verdaderos hermanos.
¿De qué discutíais por el camino?
Nos encontramos en el capítulo nueve del evangelista Marcos, el cual, es de una frescura impresionante a la hora de hablar del proceso de la fe y del compromiso cristiano. Es como si el pasaje se hubiese redactado ayer por la tarde, como si hiciese una radiografía de cómo nos encontramos muchas veces los cristianos: «Creo, pero ayuda mi falta de fe» (Mc 9,24). Es el caldo de cultivo con el que nos batallamos a diario, hay tantas ocasiones en las que nos faltan luces, entendimiento, para saber discernir correctamente lo que debemos hacer en la vida. Nada distinto, al proceso que tuvieron que hacer los doce cuando decidieron seguir a Jesús.
Se nos presenta el segundo anuncio de la pasión, muerte y resurrección que Jesús hace al discipulado. Algo que no encaja en las entendederas de aquellos pescadores que lo han dejado todo para seguir al Mesías de Dios. Supongo que pensarían en que este Mesías sería alguien fuerte, con poderío económico, palacios, guardias, algo que se asemeje al triunfo que presenta la sociedad hoy día. Así, también se nos narraba el cuento de la lechera, al vivir de proyectos que nunca llegaban, con esta leche que venda compraré… Un mal paso en el camino, el cántaro al suelo y adiós a la empresa. Las categorías humanas no van con el proyecto de Dios. Así también, nosotros nos hacemos una religión a la carta, algo que calme nuestra conciencia y que queda lejos de los que Dios espera de cada uno de nosotros.
Sin embargo, no todo vale en el ser cristiano. Hay que dejar claro que rebajamos muchas veces el listón de la exigencia que tiene el ser discípulo de Cristo. Jesús manifiesta: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Por tanto, nos muestra otra categoría distinta de la sociedad actual: La vida, que es un regalo, la tenemos para darla, ofrecerla, entregarla, regalarla, en el proyecto del Reino de Jesús, que tiene como fundamento el mandato nuevo de vivir en la fraternidad de los hijos de Dios, de este modo, serás grande a los ojos de Dios. Que es lo que importa en la vida.
Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P. Real Convento de Nuestra Señora de Candelaria (Tenerife)
Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 20-23a
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».
Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 20-23a
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».
Reflexión del Evangelio de hoy
No temas, sigue hablando y no te calles, porque yo estoy contigo
Aquellos y aquellas que han vivido el encuentro con el Resucitado, reciben de Él la misión de ser testigos de su presencia viva en medio del mundo, anunciando con la palabra y con el estilo de vida, que Cristo es Señor. Todos los que intentamos seguir a Cristo, estamos llamados a realizar este anuncio; todos somos misioneros.
Anunciar el Evangelio en medio del mundo es una aventura preciosa, pero no exenta de dificultades. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, nos encontramos con todas las que tuvo que pasar Pablo, especialmente las que derivan del rechazo, oposición y la persecución de quienes habían sido sus hermanos en la fe, en el judaísmo, antes de su conversión al cristianismo, y que veían en Pablo una amenaza.
El lugar donde Pablo está predicando es Corinto, donde ha fundado no mucho tiempo atrás una pequeña comunidad que ha ido creciendo y organizándose, pero que precisa ser sostenida, animada, acompañada en un entorno poco favorable a la acogida del cristianismo.
Frente a la tentación de huir del conflicto, del enfrentamiento y del peligro, Pablo experimenta esa valentía que surge de la certeza interior de que el Señor está con él, vive en Él. Esa valentía que encontramos en tantos creyentes que arriesgan su vida por el Evangelio y por aquellos que fueron los preferidos de Jesús, los más pequeños.
Que también cada uno de nosotros sintamos con fuerza, en medio de las tareas de la vida en las que el Señor nos ha colocado, su presencia resucitada y resucitadora, para no callar el Evangelio que nos ha sido anunciado y que nos da la Vida y que tanta gente, en nuestro mundo, necesita.
Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría
El contexto del pasaje del Evangelio de Juan que hoy escuchamos es la última cena; en ella coloca el evangelista el último discurso de Jesús en forma de diálogo con los discípulos que le acompañan; y, como es habitual en Juan, las palabras del maestro que les dirige no les resulta fácil de entender.
En el versículo 16 de este mismo capítulo, Jesús les había dicho, de manera enigmática para ellos, “Dentro de poco no me veréis, pero poco más tarde me volveréis a ver”. Es esta afirmación, confusa para los discípulos, a la que el pasaje de hoy quiere dar respuesta.
Es la posibilidad de ausencia de Jesús, ese “dejar de verlo”, que hace referencia a su muerte próxima, la causa de la profunda tristeza entre los suyos; y es necesario revivir esta experiencia de dolor que supuso la cruz, para poder entender qué significa la promesa que Jesús les hace en este pasaje: “También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría”.
Porque la alegría a la que se refiere Jesús, tiene que ver con la “visión” del Señor. No ya de una manera física, sino interior, que surge del encuentro con el Resucitado y de una vida iluminada y guiada por su Espíritu que nos habita y habita nuestro mundo.
Es una alegría, como proclama uno de los himnos de la Pascua, “dada a luz en el dolor” como hoy expresa la imagen de los dolores de parto de la mujer, quien en el momento del nacimiento del hijo, es tal la alegría que siente, que olvida todas las penas del parto.
Junto con la alegría, se les promete a los discípulos un conocimiento pleno: ya no será necesario hacer preguntas. La presencia del Espíritu les guiará a la verdad plena.
Acojamos en este tiempo Pascual la promesa que Él nos hace; que nos permita vivir unidos a Él los acontecimientos de cada día, porque Él es la fuente de una alegría que nadie nos podrá quitar.
Hna. María Ferrández Palencia, OP Congregación Romana de Santo Domingo