Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Los becerros de oro actuales

La primera lectura relata un momento crucial en la historia del pueblo de Israel. En este capítulo, en el contexto de la Escritura se muestra cómo Moisés, quien se encontraba en el monte Sinaí recibiendo las Tablas de la Ley de Dios, regresa al campamento y descubre que el pueblo se ha desviado adorando un becerro de oro, circunstancia que provoca la ira de Dios, quien sugiere la destrucción de la nación. Pero Moisés, rogando misericordia a Dios y recordándole la promesa que le hizo a Abraham, Isaac y Jacob, actúa como mediador entre Dios y su pueblo Israel.

Este pasaje del Éxodo puede ser actualizado para nuestras vidas al ofrecer enseñanzas sobre la relación entre la Humanidad y Dios, así como sobre la importancia de la oración y la fidelidad.

Hoy en día, podemos encontrar paralelismos en la tendencia humana a apartarse de principios fundamentales o valores éticos, a menudo en busca de satisfacción inmediata o placeres mundanos. Similar al episodio del becerro de oro, las sociedades modernas a veces pueden caer en la adoración de ídolos contemporáneos, como la búsqueda obsesiva de riqueza, el materialismo, la tecnología, los “likes” en las redes sociales y el éxito a cualquier costo.

La paciencia y la misericordia divinas mencionadas en el pasaje nos recuerdan la importancia de la compasión y la tolerancia en nuestras interacciones cotidianas. En un mundo dividido, la llamada a la reconciliación y la comprensión mutua es reflejo de la gracia divina que perdona y busca la restauración.

En definitiva, la lectura del Éxodo nos sirve de recordatorio de que, a pesar de los cambios en la sociedad a lo largo del tiempo, las dinámicas fundamentales entre la Humanidad, la desviación de principios y la necesidad de oración y misericordia divina siguen siendo importantes en la vida moderna.

Buscando gloria

Juan relata sin tapujos la dureza de las palabras que Jesús dirige a los judíos, desenmascarando la actitud primigenia del corazón humano de buscar su propia gloria en lugar de la Gloria de Dios, negándose así la posibilidad de llenarse del Amor de Dios. Jesús llama a las Escrituras y a las obras que Él cumple como testigos de su misión. Es una llamada a la coherencia personal con respecto a la misión que Dios Padre le confía.

Lo mismo estamos invitados a hacer nosotros, buscar la Gloria de Dios ante todo y despojarnos de nuestro amor propio, para que sea su Amor el que more en nuestro corazón y nuestro testimonio sea creíble. Las Escrituras dan testimonio de Jesús, el Mesías, el “ungido”, el “enviado”. Acoger y amar a la Palabra de Dios es acoger y amar a Jesús mismo y amar al Hijo, es amar al Padre. De ese amor brota la vida eterna, el mayor regalo y reconocimiento que podamos recibir de Dios mismo.

Siempre hay otros dioses en nuestras vidas ¿cuáles son los tuyos?, ¿Hay coherencia entre mi vida y mi fe? ¿me siento enviado a dar testimonio de la Gracia de Dios?

Fraternidad Laical de Santo Domingo de Valencia


Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Escuchad los mandatos y decretos que os enseño, así viviréis

A lo largo de la Escritura se nos presentan muchas disyuntivas, como nos dice el Señor en el Deuteronomio: “hoy pongo ante ti bendición o maldición, vida o muerte” y no pocas veces, a lo largo de nuestra vida, tenemos que elegir entre dos cosas. En nuestra libertad podemos optar por la luz o las tinieblas, el bien o el mal, la libertad o la esclavitud, y no hay término medio o estamos con Dios o con el Maligno, no hay un camino central, nos lo dice Jesucristo en otro lugar, o conmigo o contra mí.

Hoy vemos cómo Moisés insta al pueblo de Israel a elegir el camino de la Vida y lo hace a través de tres imperativos: “Escucha los mandatos y decretos… Guardadlos y cumplidlos” Este “escucha”, que viene del verbo ab audire, es decir, obedecer, este guardar y este cumplir los mandatos y decretos de Dios tienen una recompense segura, que no es otra que tener Vida dentro de nosotros, porque la Palabra de Dios es siempre portadora de vida y liberación.

Y ¿qué es lo que nos hace seguir este camino de Vida y felicidad? Pues no es otra cosa que la experiencia de Dios en nuestra vida, el tener muy presente las maravillas que ha hecho Dios en nuestra historia, no olvidar nunca lo bueno que ha sido Dios con nosotros, incluso en medio de la enfermedad y del sufrimiento. Este encuentro de vida con el Señor es lo que nos llevará a alabar a Dios y a darle gloria, como nos dice el salmo.

Ojalá, que hoy nos salga del corazón un gran agradecimiento por ser unos privilegiados, porque Dios está siempre cerca de nosotros, por habernos elegido, como nos dice el salmista: “con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos”.

Gracias, Dios Padre, por tanto.

No he venido a abolir la ley, sino a dar plenitud

En este camino cuaresmal, a través de una parte del Sermón de la Montaña, Dios nos quiere mostrar el camino de la Vida, de la verdadera felicidad. Sabiendo Jesús que los escribas y fariseos habían multiplicado los preceptos, que Moisés enseñó, convirtiéndolos así en una carga pesada, invita a sus discípulos, y también a nosotros hoy, a profundizar en la Escritura e ir al corazón de estas normas para vivirlas desde dentro, descubriendo en ellas la voluntad de Dios.

No nos dejemos arrastrar por esta sociedad, bastante secularizada, que ve los mandamientos de Dios como una amenaza a su libertad, cuando, en realidad, es todo lo contrario, los mandamientos de Dios son Espíritu y Vida, son la liberación de todas las cosas que nos esclavizan. Dios nos quiere libres para amar y por eso Cristo nos entrega una nueva ley escrita en nuestros corazones. Cristo no viene a abolir la ley, sino a llevarla hasta las últimas consecuencias.

Vemos en este pasaje que lo primero que hace Jesús es instruir a sus discípulos, que son los que le van a ayudar a extender el Reino, anunciando la Buena Nueva. Hoy en día somos nosotros los discípulos y tenemos dos tareas fundamentales, una es cumplir los mandatos del Señor, que se resumen en el amor a Dios y al prójimo, y la otra es transmitirlo, anunciar a todos el Evangelio, como dice Jesús en otro lugar, hasta los confines de la tierra.

Los cristianos no podemos descansar mientras quede una sola persona en el mundo que no haya oído hablar de Jesucristo y del amor de Dios. Pero para ser anunciadores de esta Palabra de Vida, primeramente tenemos que haber experimentado este amor de Dios dentro de nosotros, haber tenido la experiencia de que cumplir la ley que nos trae Cristo es tener primicias de Vida Eterna aquí en la tierra, en definitiva, es haber encontrado la verdadera felicidad que nunca se acaba.

Caminemos hacia la Pascua deseando un corazón nuevo, capaz de amar como lo hizo Jesucristo.

MM. Dominicas
Monasterio de Santa Ana (Murcia)


Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida

El pueblo elegido va sufriendo una serie de tribulaciones a lo largo de toda su historia. Exilio, deportaciones, invasiones… Hay ese anhelo en el interior del corazón de que las promesas llegue el día que se cumplan. Esa profecía de Ezequiel nos lleva ya a los cristianos que conocemos la vida de los sacramentos de alguna manera a descifrar la simbología que aparece en el texto. Hacerlo desde una visión cristiana.

Aparecen referentes claves como lo es la importancia para el pueblo de Israel el Templo: «Lugar de la presencia de Dios». Para nosotros también es clave ese templo al que acudimos para profundizar en nuestra relación interpersonal con Dios y tenemos una visión más profunda: «¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Cor6,19).

Del templo brota un agua que va dando vida allá por donde pasa. El primer sacramento por el que recibimos la vida, nos deja limpios y nos llamamos hijos de Dios, lo recibimos precisamente con el agua del bautismo. De ese modo, el ser cristiano, debe de ir poco a poco, sumergiéndose, profundizando, en Dios, para tener vida. El salmo nos muestra también esta idea de Dios, como defensa en el peligro, fortaleza, por eso este caminar que muchas veces se hace cuesta arriba, lo podemos hacer con la confianza puesta en Dios.

Los árboles a ambos lados del torrente nos hacen referencia a la imagen espiritual que el profeta Jeremías trata de mostrarnos: «Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto» (Je 17,8). Jesús es el agua viva que calma la sed interna que tenemos.

¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?

El pasaje del evangelio en el día de hoy tiene una gran riqueza de matices que nos puede ayudar en la oración para profundizar en la fe y en nuestro crecimiento espiritual como cristianos. La primera pista de la que habla el texto es de una fiesta: «Se celebraba una fiesta de los judíos». Por tanto, Jesús sube a Jerusalén. Son convocados a participar de ese ambiente. Preparativos, bullicio, rituales, preparación espiritual, para que todo le lleve a cabo correctamente.

Que sucede, que ahora se nos presenta un drama. En una de las puertas a la ciudad. La Puerta de las Ovejas, agolpados hay un grupo que están echados: «Enfermos, ciegos, cojos, paralíticos». Posiblemente, estos no tengan las entradas «vip» a la gran celebración que se está preparando. Están a las afueras de la ciudad, curioso el detalle, si caemos en la cuenta de la actividad del Nazareno cuando se dedica a sanar: «Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes» (Mc 1,45). Los que en su vida tienen la etiqueta de «impuros», en la gran variedad de matices, están apartados, no se pueden mezclar con el resto que sí cumple y está purificado para la fiesta. Jesús se compadece de ellos.

Ahora, ya está planteado el trasfondo del problema que hay. El rigorismo farisaico que descarta ciertas personas, porque en esa enfermedad hay un planteamiento de que han pecado y están sufriendo el precio de ese castigo por la acción realizada. El conflicto que tienen los fariseos con Jesús porque sana en sábado. La ley no lo permite: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). El planteamiento de Jesús es bien distinto, si alguien está echado, habrá que levantarlo.

De los aspectos que siguen despertando la atención en el texto es el tiempo que el enfermo lleva arrastrando esa enfermedad, 38 años. Toda una vida. Jesús se acerca a esa situación de sufrimiento y rápidamente le lanza una pregunta: ¿Quieres quedar sano? Algo que tiene a la persona echada, postrada, anulada. Acto seguido la invitación: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». Levantarse de una situación que lo tenía anulado como persona. Así es el proceso del camino en la fe, necesita de mediadores que nos inicien en el proceso: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina». Lo que le ocurre a san Pablo camino de Damasco: «Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco» (Hch 9,8). Lo llevaron de la mano hasta Ananias, que lo instruyó en la fe, hasta que se hizo instrumento del amor de Dios.

Me parece que el texto hace ese guiño a la fe. El que ha sido sanado, al principio, no es capaz de dar una descripción concreta de quien es Jesús. Algo que es realmente sorprendente si te ha cambiado por completo la vida con tan solo una palabra: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». ¿No eres capaz de preguntar quién es? ¿Agradecer? ¿Enloquecer? No sabe quien es Jesús. No puede dar todavía una respuesta. Hasta que más adelante el texto presenta otra escena. En el Templo, lugar de la presencia de Dios. Vuelve a encontrarse con Jesús.

Jesús ahora lo invita a que viva concorde a los mandamientos de la ley del Señor, para de este modo, no pecar. Conoce bien quién es Dios en tu vida. No es guardar una serie de preceptos y cumplirlos a raja tabla. Los fariseos persiguen a Jesús, por esa forma de relacionarse con Dios: «Abba», Padre que muestra un rostro concreto de cercanía, compasión, en esta tierra, con los que la ley se encarga de alejar, etiquetar, apartar, a todos aquellos que se agolpan en las «piscinas» a las afueras demandando un poco de ternura. Dios muestra su rosto de compasión a los que lo buscan con humilde corazón. Así, poco a poco, este que llevaba toda una vida enfermo, comienza a sanar, a iniciarse en la fe, a crecer y madurar espiritualmente, para poder dar una respuesta a los fariseos. Jesús de Nazaret, es quien me ha cogido de la mano y ha sanado mi vida. Tienes que experimentarlo en tú vida con plena convicción y así lo podrás gritar abiertamente.

Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P.
Real Convento de Nuestra Señora de Candelaria (Tenerife)


Evangelio del Dia

Padre Pedro Brassesco

“ El que obra la verdad se acerca a la luz ”

Misericordia, amor y salvación son las palabras claves de este IV domingo de Cuaresma. El Dios en el que creemos es un Dios rico en misericordia porque lo propio de Dios es amar a sus creaturas. El juicio de Dios es un juicio cimentado en el amor porque solo el amor nos salva. Dios nos ha amado en su hijo Jesucristo hasta el extremo. Nuestra experiencia de fe no debería ir separada de la verdad del amor de Dios, ni del compromiso que conlleva creer en un Dios que es amor.

Fr. Néstor Morales Gutiérrez O.P.
Casa Natalicia San Vicente Ferrer (Valencia)


Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Escuchad los mandatos y decretos que os enseño, así viviréis

 A lo largo de la Escritura se nos presentan muchas disyuntivas, como nos dice el Señor en el Deuteronomio: “hoy pongo ante ti bendición o maldición, vida o muerte” y no pocas veces, a lo largo de nuestra vida, tenemos que elegir entre dos cosas. En nuestra libertad podemos optar por la luz o las tinieblas, el bien o el mal, la libertad o la esclavitud, y no hay término medio o estamos con Dios o con el Maligno, no hay un camino central, nos lo dice Jesucristo en otro lugar, o conmigo o contra mí.

Hoy vemos cómo Moisés insta al pueblo de Israel a elegir el camino de la Vida y lo hace a través de tres imperativos: “Escucha los mandatos y decretos… Guardadlos y cumplidlos” Este “escucha”, que viene del verbo ab audire, es decir, obedecer, este guardar y este cumplir los mandatos y decretos de Dios tienen una recompense segura, que no es otra que tener Vida dentro de nosotros, porque la Palabra de Dios es siempre portadora de vida y liberación.

Y ¿qué es lo que nos hace seguir este camino de Vida y felicidad? Pues no es otra cosa que la experiencia de Dios en nuestra vida, el tener muy presente las maravillas que ha hecho Dios en nuestra historia, no olvidar nunca lo bueno que ha sido Dios con nosotros, incluso en medio de la enfermedad y del sufrimiento. Este encuentro de vida con el Señor es lo que nos llevará a alabar a Dios y a darle gloria, como nos dice el salmo.

Ojalá, que hoy nos salga del corazón un gran agradecimiento por ser unos privilegiados, porque Dios está siempre cerca de nosotros, por habernos elegido, como nos dice el salmista: “con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos”.

Gracias, Dios Padre, por tanto.

No he venido a abolir la ley, sino a dar plenitud

En este camino cuaresmal, a través de una parte del Sermón de la Montaña, Dios nos quiere mostrar el camino de la Vida, de la verdadera felicidad. Sabiendo Jesús que los escribas y fariseos habían multiplicado los preceptos, que Moisés enseñó, convirtiéndolos así en una carga pesada, invita a sus discípulos, y también a nosotros hoy, a profundizar en la Escritura e ir al corazón de estas normas para vivirlas desde dentro, descubriendo en ellas la voluntad de Dios.

No nos dejemos arrastrar por esta sociedad, bastante secularizada, que ve los mandamientos de Dios como una amenaza a su libertad, cuando, en realidad, es todo lo contrario, los mandamientos de Dios son Espíritu y Vida, son la liberación de todas las cosas que nos esclavizan. Dios nos quiere libres para amar y por eso Cristo nos entrega una nueva ley escrita en nuestros corazones. Cristo no viene a abolir la ley, sino a llevarla hasta las últimas consecuencias.

Vemos en este pasaje que lo primero que hace Jesús es instruir a sus discípulos, que son los que le van a ayudar a extender el Reino, anunciando la Buena Nueva. Hoy en día somos nosotros los discípulos y tenemos dos tareas fundamentales, una es cumplir los mandatos del Señor, que se resumen en el amor a Dios y al prójimo, y la otra es transmitirlo, anunciar a todos el Evangelio, como dice Jesús en otro lugar, hasta los confines de la tierra.

Los cristianos no podemos descansar mientras quede una sola persona en el mundo que no haya oído hablar de Jesucristo y del amor de Dios. Pero para ser anunciadores de esta Palabra de Vida, primeramente tenemos que haber experimentado este amor de Dios dentro de nosotros, haber tenido la experiencia de que cumplir la ley que nos trae Cristo es tener primicias de Vida Eterna aquí en la tierra, en definitiva, es haber encontrado la verdadera felicidad que nunca se acaba.

Caminemos hacia la Pascua deseando un corazón nuevo, capaz de amar como lo hizo Jesucristo.

MM. Dominicas
Monasterio de Santa Ana (Murcia)


Evangelio del día

Padre Pedro Brassresco

Reflexión del Evangelio de hoy

La oración potencia tu fe

La lectura reproduce una parte de la desgarradora oración que el profeta Azarías dirige a Dios desde la situación que vive su pueblo. Lejos de la patria, el pueblo de Dios en cautividad no es nada ni tiene nada. Lo único que les queda es un corazón  contrito y unos ojos para llorar.

De esta situación brota la oración, admirable por la frescura de su esperanza en el perdón de Dios y en la venida de tiempos mejores. Y, en esta situación vuelve sus ojos al Señor reconociendo que esta situación es fruto de sus culpas; alimenta su esperanza en el Dios que ha protegido siempre a su pueblo.

La vida ofrece muchas circunstancias que actualizan esta oración. Por ser peregrinos en la tierra pidamos lo que para la tierra necesitamos. Por ser peregrinos hacia la eternidad no exijamos ser oídos en nuestra oración como si tuviéramos en la tierra nuestra ciudad permanente, sabiendo que tenemos que pasar por la muerte para entrar en la VIDA, objetivo de toda vida y de toda oración.

Perdonar de corazón

La pregunta de Pedro sobre la extensión del perdón y la subsiguiente parábola del deudor inmisericorde, nos enfrenta con una situación existencial: somos ciertamente deudores ante Dios y quizá tengamos algún deudor entre los hombres.

Pedro había oído hablar de la necesidad de perdonar. En un alarde de generosidad quiere ir mucho más allá de la Ley del Talión -ojo por ojo- y más allá también de la casuística de los rabinos que establecía un número de perdones, distintos para la mujer, los hijos, el hermano o el prójimo en general. ¿Setenta veces siete?

Jesús enseña que el perdón no es cosa de números no es matemática pura sino norma de generosidad y significa “siempre”. No se puede encerrar en números lo que debe ser impulso de un corazón lleno de amor. Jesús que manda amar como Él nos ha amado, impone la misma norma para el perdón: así hará mi Padre celestial si no perdonáis de corazón.

Perdonar de corazón significa: amar como Dios ama cuando perdona.

Fr. Carlos Oloriz Larragueta O.P.
Convento de la Virgen del Camino (León)


Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco
Reflexión del Evangelio de hoy
¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte?

La grandeza y el poder de Dios se manifiestan en la sencillez de fenómenos naturales y en hechos extraordinarios que están más allá de lo que el hombre puede imaginar. En todos los fenómenos sobresale la grandeza de Dios ante la que el hombre solo puede manifestar su sorpresa convertida en alabanza. La narración que nos trae la primera lectura de este día nos habla de una manifestación extraordinaria del poder del Señor. Poder que no se reduce a su pueblo, sino que se extiende a todos los hombres porque no es Dios exclusivo de nadie. Él se da a todos los que buscan el bien y la verdad.

El escenario es la corte del rey de Siria, ese pueblo que mantiene una relación tensa con Israel, donde uno de los jefes del ejército, Naamán, padece de lepra. A sugerencia de la esclava de su mujer, accede a visitar al profeta que hay en Samaría. Así, acompañado de caballos y carros, plata, oro y vestidos, va al encuentro de Eliseo esperando el recibimiento propio de su condición de jefe del ejército enemigo. La actitud de Eliseo manifiesta una lejanía a todo el protocolo que el personaje esperaría. Es curioso ver la actitud del profeta, inmutable en su soledad que ni siquiera sale a recibir a Naamán. Solo le transmite la orden de bañarse siete veces en el Jordán. Claro y escueto. Aunque herido en su orgullo, Naamán obedece a su criado que le reitera cumplir lo que el profeta ha propuesto. Y el milagro sucede. Su curación de la lepra manifiesta el poder y la bondad de Dios. Tras el milagro la confesión de fe por parte de Naamán en el Dios de Israel.

Como en todos los pasajes de las Escrituras el milagro es un hecho que nos habla de algo más, no queda ahí, sino que se incorpora a nuestra liturgia. Detrás del suceso hay una simbología, como puede ser el bautismo a través de la inmersión en el agua que purifica y limpia; o la eficacia de la Palabra de Dios que cambia el corazón de las personas, y una tercera que es el sentido universal de la salvación en virtud de la obediencia. 

Jesús siguió su camino

El evangelio que hemos proclamado concluye con una frase que me ha parecido muy significativa con la que se cierra el texto proclamado: Jesús se abrió paso entre ellos y siguió su camino.

¿Qué camino? El marcado por la voluntad de su Padre. Ese camino hecho de verdad que desdeña la incongruencia y la hipocresía de muchas realidades revestidas de religiosidad. Él ha hablado a sus paisanos con franqueza, señalando cómo Dios no se sujeta a nuestras costumbres y rituales; tampoco es propiedad de nadie; abarca a todos los hombres que lo buscan de corazón. Lo que Él quiere es la liberación de todos, por eso, manifiesta su poder en todo momento e, incluso, con personas alejadas de la fe de Israel, esas que viven otros dioses, como Naamán o la viuda de Sarepta.

La verdad y sus efectos

Es claro que la proclamación de la verdad que Jesús expone no deja indiferente a quienes le escuchan. Los paisanos de Jesús entendieron lo que les estaba diciendo y se sintieron, no solo ofendidos, sino también “furiosos”. Su reacción es la de quien no sabe aceptar y asumir lo escuchado ya que eso exigiría muchos cambios a realizar en la vida. Por eso, cuando no es así, con frecuencia, lleva a reafirmarse en lo contrario desde la agresividad.

Jesús está comenzando su labor evangelizadora. Ya ha realizado milagros y su mensaje se va extendiendo por aquellas aldeas. Seguramente que sus paisanos esperaban algo diferente. Su fama de hacer cosas extraordinarias les mantendría expectantes. Jesús, de alguna forma, no accede a quedar bien ante ellos y les echa en cara su obcecación. Seguramente percibió atisbos de desconfianza en quienes le miraban y les dijo algo que no esperaban y lo reafirmó con ese dicho que, seguramente, todos conocían: “ningún profeta es aceptado en su pueblo”. Con sus palabras les descubrió la pobreza de su fe. Ellos no fueron capaces de escuchar el mensaje de un Dios salvador de todos, de ahí su intención de despeñarlo. Quizá la verdad es más hiriente cuando quien la dice es uno de los nuestros, que sabe de nuestras pequeñas traiciones e infidelidades y con su actitud nos las deja a la intemperie. Pero ni las invectivas, ni la ira de sus paisanos cambió su decisión de seguir su camino.

Vivimos momentos confusos, cambios bruscos, tiempos de “fake news” donde la verdad se camufla fácilmente en realidades falsas. Las palabras de Jesús nos invitan hoy a la fidelidad a la verdad de Dios que hemos escuchado, esa que no se reduce a lo que anuncia una salvación adaptada a las circunstancias, sino una verdad salvadora, abierta a todos, hecha realidad en la persona de Jesús. Nosotros somos sus testigos. A nosotros nos corresponde llevar su verdad a un mundo muy apegado a la mentira. Con sus palabras y con su vida nos manifiesta cómo seguir su camino. Él lo expresó en respuesta a aquel Felipe que pedía algo que dejara de lado todas las dudas y le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Cuaresma. Buen tiempo para cuestionarnos nuestros conceptos de Dios. Louis Evely solía decir que “vivimos según el Dios que nos imaginamos”. A veces podemos convivir con conceptos, tal vez anquilosados, herrumbrosos, que no animan ni dinamizan la vida. Buen momento para comprobar si ese Padre bueno, que nos anuncia Jesús, es el que vivimos de verdad y hasta qué punto esa universalidad salvadora de Dios es la que nosotros manifestamos en todo lo que llevamos a cabo.

Ánimo a dejarnos empapar de sus palabras y dejarnos afectar por ellas, confiando en la fuerza de su Espíritu.

Fray Salustiano Mateos Gómara O.P.
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)


Evangelio del Dia

Padre Pedro Brassesco

“ No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre ”

El Templo de Jerusalén era el lugar sagrado más significativo de la tradición religiosa y espiritual de Israel. Era el lugar donde se hacía memoria de la Ley que Dios había otorgado a su Pueblo por medio de Moisés como camino de santidad personal y comunitaria (Ex 20,1-17).

En la época de Jesús, el Templo se había convertido en un lugar comercial, y su “celo” por el Padre lo movió a realizar un gesto significativo, al estilo profético; un gesto que quedó grabado en el corazón de las primeras comunidades donde se predicaba a “un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados”. (1Cor 1,22-25).

Fr. Rubén Omar Lucero Bidondo O.P.
Convento de San Esteban (Salamanca)


Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Recuerda que estuve ante ti, pidiendo clemencia por ellos

Jeremías pone voz a una de las experiencias más dolorosas del cristiano: la persecución precisamente a causa del bien que intenta hacer. El profeta se ve sitiado: su actitud, su mera existencia es una denuncia insoportable para quienes han pactado con el mal. Tiene que morir. Eso, o rendirse y compartir los modos de proceder e intereses de sus perseguidores.

San Juan Crisóstomo, en un comentario a las palabras del Señor “Vosotros sois la sal del mundo” (Mt 5 13), nos advierte: «Lo que hay que temer no es el mal que digan contra vosotros, sino la simulación de vuestra parte; entonces sí que perderíais vuestro sabor y seríais pisoteados. Pero, si no cejáis en presentar el mensaje con toda su austeridad, si después oís hablar mal de vosotros, alegraos. Porque lo propio de la sal es morder y escocer a los que llevan una vida de molicie. Por tanto, estas maledicencias son inevitables y en nada os perjudicarán, antes serán prueba de vuestra firmeza. Mas si, por temor a ellas, cedéis en la vehemencia conveniente, peor será vuestro sufrimiento, ya que entonces todos hablarán mal de vosotros y todos os despreciarán; en esto consiste el ser pisoteado por la gente».

Capitular en el bien y la justicia en los que intentamos vivir es suicidar nuestra alma, nuestra conciencia, nuestra misión y nuestra relación con Dios. No tenemos respuesta ante la injusticia. Es legítimo el miedo y no se trata de pura valentía, cabezonería, soberbia o imposición. El justo no es justo para dar lecciones a nadie. El creyente busca y trabaja por el bien porque solo ahí encuentra la paz consigo mismo, con la imagen de Dios en él inscrita. Por eso claudicar tampoco es la solución. El camino está en la perseverancia –muchas veces malinterpretada– y el ofrecimiento gratuito y cargado de amor precisamente por aquellos que nos rechazan:

«El callado sufrimiento interior que lleva consigo la fidelidad al deber, con frecuencia incluso marcado por la soledad y la incomprensión de aquellos a los que uno se entrega, se convierte en vía de santificación personal, al tiempo que cauce de salvación para las personas a causa de las cuales se sufre». (El servicio de la autoridad y la obediencia, CIVCSVA)

¿Qué deseas?

En el camino cuaresmal, mientras vamos subiendo a Jerusalén, la Liturgia nos sale al encuentro con una pregunta fundamental. Jesús alecciona a sus discípulos y les prepara para lo que van a vivir. Es entonces, tras haber mencionado su pasión, muerte y resurrección, cuando nota que quienes le acompañan no le siguen. Le siguen físicamente, con sus pies, pero tienen la mirada, el corazón y la mente en otros asuntos.

Sabemos que el que pierde su vida será el que la gane; le hemos escuchado que angosto es el camino para ir al Cielo y proclamamos que su Reino no es de este mundo. Pero en el fondo seguimos anhelando que nuestro camino sea distinto al suyo; que no nos implique tanto y que la fe solo suponga beneficios. Creemos, sí, pero queremos que nuestras vidas en nada se diferencien de las de los que no le han conocido. Nuestros labios profesan a Cristo crucificado pero nuestro corazón sigue deseando con los criterios del mundo. De nuestro cuello o de las paredes de nuestra habitación cuelga una cruz, pero invocamos el poder de Dios para que complazca nuestros anhelos más egoístas. Puede que externamente estemos caminando hacia la celebración de los Misterios centrales de nuestra fe, pero que en nuestro interior sean los deseos mundanos los que marcan el ritmo.

La purificación interior que estamos invitados a vivir en este tiempo pasa, necesariamente, por reconocer lo que llevamos y nos mueve por dentro. Si es verdad que allí donde esté tu tesoro, estará tu corazón (Mt 6, 21). Entonces, para reconocer cuál es nuestro tesoro basta con ver dónde está nuestro corazón: ¿Qué deseas? Porque ser discípulo no significa dejar de desear. El ser humano es un ser de deseos y Jesús lo sabe mejor que nadie. No ha venido a frustrar nuestros deseos, sino a llevarlos a plenitud; a elevarlos a un plano muy superior que nuestra ridícula ansia de ser, de poder y de aparentar.

¿Qué desea mi corazón? ¿Dónde estoy real y existencialmente mientras la comunidad de los creyentes camina hacia la Semana Santa?

Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Reflexión del Evangelio de hoy

Mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona

Esta primera lectura es una oración a Dios, como expresamente se apunta. A un Dios grande y terrible que guarda la alianza y el amor -solo- a los que aman y observan sus mandamientos. Daniel representa a un pueblo que ha hecho lo contrario de amar y observar los mandamientos de ese Dios grande y terrible. Y ello, por despreciar lo que los profetas que hablaron en nombre de Dios a los responsables del pueblo.

Daniel precisa que es vergüenza reflejada en el rostro lo que muestran los judíos de un lugar y otro. ¿Qué hacer? No queda más que esperar piedad y perdón de ese Dios grande y terrible. Y el profeta la espera. No es tan terrible, pues, ese Dios. El texto evangélico nos dice cómo es ese Dios. Manifiesta la distinta visión de Dios que ofrece Jesús. Es el mensaje esencial de la Palabra de Dios en este día cuaresmal. El ser humano se olvida de Dios, se rebela contra él, pero Dios no abandona al ser humano si éste reconoce su pecado, su infidelidad, lo absurdo de prescindir de lo que Dios le pide.

Por eso tiene todo el sentido lo que en el salmo responsorial -78- se repite: “Señor, no nos trates como merecen nuestros pecados”.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso

Un texto corto, pero cargado de enseñanza. La primera, nuestro Dios, Padre, es compasivo, no terrible. A ello he aludido en el comentario a la primera lectura. Hay que comparar el texto de Lucas la con la expresión de Mateo, “sed perfectos como vuestro Padre es perfecto”. Lucas entiende la perfección en Dios y en nosotros como compasión. La grandeza de Dios que afirmaba la primera lectura, consiste en Jesús en su compasión, no en ser un Dios “terrible”.

No creo que necesite comentario el texto que sigue. Se entiende perfectamente. Lo que nos queda es llevarlo a la práctica. Y ¡cuánta necesidad tenemos de esa práctica! Comenzando con nuestra inclinación a juzgar al otro, sí, sobre todo al otro. Algo que abunda mientras que el autojuicio sincero escasea. El texto se refiere al juicio condenatorio, o, al menos, negativo.

Además, solo reconociendo que necesitamos perdón, seremos capaces de perdonar. La generosidad del dar está exigida por la que necesitamos que tengan con nosotros. Y en la medida que necesitamos.

Ahora bien, esto exige un conocimiento de nosotros mismos, sincero, obviando el querer engañarnos para vernos mejores. La dificultad para actuar como nos pide este texto está en la sinceridad a la hora de juzgarnos, la facilidad para el autoengaño. Ya decían pensadores clásicos que conocerse a sí mismo, es una tarea harto difícil; pero sin ella no hay sabiduría; es la base del bien ser y hacer.

Así que mi oración ante estos textos sería: “Dios compasivo ayúdame a conocerme”.

Fray Juan José de León Lastra O.P.
Convento de Santo Domingo (Oviedo)