Reflexión sobre la Oración del Rosario en este mes de octubre:
“Hoy, juntos, confirmamos que el santo rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos en los que se podría pensar con nostalgia. Cuando se reza el rosario, se reviven los momentos importantes y significativos de la historia de la salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo. Con María, el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús. Se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación y la meditación de sus santos misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria.”
(Benedicto XVI. Alocución en Santa María la Mayor. 3 mayo 2008)
D. Carlos José Romero Mensaque, O.P. Fraternidad “Amigos de Dios” de Bormujos (Sevilla)
El evangelio de hoy se sitúa en la última etapa del camino hacia Jerusalén. En esta sección nos presenta tres enseñanzas: sobre el matrimonio, sobre la actitud ante los niños y sobre las riquezas. El evangelio de hoy abarca las dos primeras enseñanzas.
La enseñanza de Jesús sobre el matrimonio se nos ofrece con motivo de una de las múltiples controversias de Jesús con los fariseos.
Más allá de la habilidad dialéctica que demuestra Jesús en su diálogo con los fariseos, Jesús nos propone considerar ante una crisis matrimonial el proyecto creacional de Dios sobre el ser humano, basado en el amor y en la fidelidad durante toda la vida.
En una época en la que son frecuentes los divorcios y separaciones, es bueno recordar el proyecto de Dios sobre el ser humano y su comunión de vida en el matrimonio. Quizá en muchos casos puede ser un buen referente para ayudar a superar crisis y conflictos de convivencia.
Fr. Antonio Gómez Gamero O.P. Convento de San Vicente Ferrer (Valencia)
El texto de Proverbios no necesita comentario, basta con leerlo con detención, dejándose inspirar por él. No olvidemos que es un libro “sapiencial”, lo que ofrece es sabiduría. No simple erudición, o sea, saber de muchas cosas; sino saber de lo esencial de nuestro vivir, de nuestro ser; con aplicación inmediata a nuestro modo de actuar. Es un padre que habla a su hijo: desde su amor paternal le indica al hijo cómo ha de conducir su vida. Su consejo o recomendación esencial: no negar favores a su hermano ni a los demás. De ese consejo deriva evitar el daño al otro. Ello lo resume en ser honrado; es lo que le pide el Señor. Y, como actitud básica, la humildad, que siempre va unida a la sabiduría.
El salmo responsorial precisa más esa honradez, esa sabiduría, que le lleva a convivir con Dios en “su monte santo”. Que podemos traducir: Dios convive en él, y él convive en Dios.
Nada hay oculto que no llegue a descubrirse
El texto de Lucas, podría ser entendido como una invitación a hacerse ver, a cultivar la imagen propia, a no pasar inadvertido ante los otros, a lucir en el ámbito en que la vida se desarrolla, a cultivar la imagen. Algo que es tentación humana, en nuestro tiempo muy desarrollada. De modo que el dicho, “la mujer del César no solo ha de ser buena, sino aparentarlo”, se convierte en que sobre todo ha de aparentarlo, serlo es menos relevante.
Sin embargo, el texto, entiendo, viene a decir lo contrario. No te preocupes tanto por tu apariencia, sino por tu ser, porque tu ser acabará manifestándose: “nada hay oculto que no llegue a descubrirse…, a hacerse público”, por ello, podría continuar, “cuida tu ser, tu mundo interior, tus intereses y afectos, que se traslucirá en tu obrar”.
Al final del texto evangélico nos encontramos con esa expresión …”al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará lo que cree tener”. La fuerza de la frase está en discernir qué es tener de verdad y qué es creer tener; o sea, estar vacío de lo que hay que tener y lleno de vaciedades, que no construyen nuestro ser, solo nuestra apariencia social. Más aún, creer tener lo que en realidad nos tiene, a veces como esclavos; por ejemplo, el dinero, -avaro-, el aplauso social, nuestra vanidad u orgullo, nuestra comodidad egoísta…
Jesús sabe que lo que dice no es fácil de asimilar y por eso, subraya: “a ver si escucháis bien”.
¿Cómo nos vemos ante estas palabras de Jesús? ¿Cómo vemos a los demás?
Fray Juan José de León Lastra O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
El texto evangélico nos narra algo que supone, para nosotros los lectores algo sorprendente. Desde el comienzo de los evangelios vemos cómo Jesús escoge a unas personas concretas y les invita a seguirle. A lo largo de los relatos evangélicos se nos narran muchas veces que eran muchas las personas que buscaban a Jesús, unas para escucharle, otras para que les liberase de los males, y otros son descritos como mucha gente.
Es sorprendente este pasaje, porque, normalmente pensamos que desde el principio, fueron escogidos como Apóstoles. Pero parece que no fue así. Eran discípulos que iban aprendiendo, detrás del maestro. Jesús iba comprobando cómo asimilaban su mensaje y cómo estaban comprendiendo su actuación. En un momento en este caminar, pidiendo ayuda a su Padre Dios, les nombra Apóstoles a algunos de sus seguidores, con nombre propio.
Sabemos que Jesús ante decisiones importantes se mueve con la fuerza de la oración y con la luz recibida del Padre. Así, inicia la llamada, nombre por nombre, de aquellos que serán los anunciadores de su vida y misión. Ellos también contarán con la ayuda de Dios Padre, de la fuerza del Espíritu y de la presencia y cercanía de Jesús.
Hoy, como en tiempos de Jesús, hay muchas personas que admiran a Jesús y le recuerdan, pero nada más. Hay personas que acuden a Él ante alguna debilidad o enfermedad, para sentirse curado o liberado. Hay también personas que son discípulos que le escuchan, que aprenden de lo que Él hizo, pero con poca repercusión en su vida. Hay también algunos que han dado un paso más y se han convertido en Apóstoles, pues con decisión y valentía, hacen de su vida la vida de Jesús, y anuncian esa experiencia.
Al anunciador le hace bien y el testimonio de él también. Estos son hoy los apóstoles que, incluso en algunos lugares, lo pasan muy mal y están amenazados de muerte.
¿En qué situación te encuentras tú? ¿Eres discípulo? ¿Buscas a Jesús? ¿Le escuchas? ¿Eres Apóstol?
Fr. Carlos Oloriz Larragueta O.P. Convento de la Virgen del Camino (León)
¿Qué buscas? ¿Dónde quieres llegar? ¿Qué luz ilumina tu camino?
¿Qué haces?
Hay quien descubre fácilmente dónde está el error, el problema, la dificultad, pero no se le da tan bien encontrar la solución a ese problema y, a veces, incluso, en vez de disminuir el error, lo hace mucho más grande.
Los atajos en el camino pueden ser buenos, acortan la distancia a recorrer, pero algunas veces ese camino más corto es mucho más duro, tiene cuestas más empinadas, el camino está en malas condiciones y a pesar de medir menos en metros, mide más es esfuerzo, por lo tanto tienes que plantearte qué elijes si el camino más corto o el más fácil.
Hace no mucho tiempo cuando se rompía una prenda de ropa, se remendaba, se ponían parches y se seguía usando, hoy el camino más cómodo es tirar lo roto a la basura y comprar algo nuevo, pero no vemos cuáles son las dificultades, los errores y los problemas de hacer esto, generar más recursos que no se pueden destruir y tampoco utilizar, gastar más dinero en cosas que suelen durar menos, acostumbrarnos a no cuidar de mejor manera las cosas para que duren más, porque tenemos muy claro que pronto habrá un reemplazo. Todo esto está muy bien hablamos sólo de cosas materiales porque si lo hacemos también con las personas, está muy bien eso de poder vivir más años, pero ¿para qué? Si no se puede disfrutar de los seres queridos, si no podemos aprovechar el tiempo para aprender, si terminamos por ponerlos a todos juntos para que no se sientan solos, de esta manera sólo ponemos un remedio viejo en un concepto nuevo y eso sí que no va a funcionar.
¿Qué haces con lo que va quedando en desuso? ¿Qué importancia le das a la vida, la tuya y la de los que te rodean? ¿Buscas soluciones fáciles o mejores?
Hna. Macu Becerra O.P. Dominicas Misioneras de la Sagrada Familia
¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno?
El marco de referencia que aparece hoy en el evangelio de Lucas nos lleva a la sinagoga de Cafarnaúm. De este modo, se nos muestra, un lugar sagrado en el que está la presencia de Dios, e íntimamente unido a este contexto, aparece la misión del Hijo de Dios: la enseñanza. La predicación del Reino de Dios como liberación total de la persona humana.
Rápidamente entra en escena otro elemento que es imposible de separar de Dios, de Cristo: la vida misma del ser humano y la fragilidad de la fe. Y, en ella, las batallas campales que se dan internamente entre el bien y el mal. La figura de ese hombre poseído por el mal, nos lleva a caer en la cuenta de esa guerra que supone el mantenerse fiel, coherente, honesto, para atajar el mal de tu vida. Sabemos lo que es el bien y lo que es el mal, sin embargo, andamos en ese dilema que tenía san Pablo, cuando revisaba su vida a la luz de la Palabra de Dios: «Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo» (Rom 7,19-25). ¿Qué hay en el interior de nuestro corazón que nos paraliza para obrar el bien? ¿Qué es lo que frena internamente tu vida para que no sigas fielmente el camino del bien?
Parece como si plásticamente Lucas nos mostrase el misterio que conlleva el mal. Para los seguidores de Jesús de Nazaret, la vida se plantea como un reto en el que se nos invita a nadar contracorriente en más de una ocasión. Pisar siempre el terreno del bien, no es nada fácil. Por ello, la pregunta del que está poseído: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? Nos lleva al interior de nuestro ser, para que en actitud contemplativa y a la luz del Espíritu Santo, seamos capaces de descubrir la pobreza de mi vida, las faltas de coherencia, las faltas de fidelidad, la falta de fe y de confianza en tantas ocasiones, la resistencia interna que pongo a mirar hacia lo divino y volar más alto de lo que la miseria humana me dicta. De este modo, podré ir venciendo ese mal que trata de sacarme del camino del bien, vencer las resistencias que hay en mí y dejar que sea el Espíritu Santo el que habite en mí, me de luz para reconocer a Cristo como el tesoro de mi vida.
Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P. Real Convento de Nuestra Señora de Candelaria (Tenerife)
«Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido»
Esta parábola, que sólo Mateo nos narra, pone de manifiesto cuán lejos están nuestros pensamientos de los de Dios. Dios no dice una cosa y luego hace otra (con todos se ajustó en un denario), lo que ocurre es que nosotros muchas veces interpretamos las cosas con miras muy humanas, queriendo sacar provecho de la situación.
Hay un himno que cantamos en la Liturgia de la Horas, concretamente en Vísperas, que hace alusión a la parábola que nos ocupa y que dice una frase que a mí me gusta mucho: “A jornal de Gloria no hay trabajo grande”. Dios nos llama a trabajar en su viña, a cada uno en un momento concreto de nuestra vida. Él no tiene en cuenta quien llega antes o después, sólo ve la pureza del corazón del que no se busca a sí mismo, sino la Gloria de Dios. Los que se quejan, es porque en su corazón reina el egoísmo y sus obras son mezquinas, van a lo mínimo.
Hacemos las cosas para Gloria de Dios y porque sabemos que nuestro salario, nuestro jornal es el Cielo. Si nos lo creyéramos de verdad, no estaríamos pendientes de lo que hacen los otros, sino que toda nuestra energía la emplearíamos en una entrega más generosa y auténtica.
Hoy celebramos la memoria de San Pío X, este santo fue un pastor que cuidó de su rebaño con gran solicitud, trabajó con sencillez de espíritu, pobreza y fortaleza dando así un nuevo incremento a la vida de la Iglesia. También tuvo que luchar contra lo errores doctrinales que en ella si infiltraban. Su lema “Instaurar todas las cosas en Cristo”, transluce el olvido de sí mismo y su intención de trabajar por el Reino de Dios. Imitemos su ejemplo y acojámonos a su intercesión.
En la lectura del libro del profeta Ezequiel podemos distinguir tres partes: la referente a la destrucción de Jerusalén, los oráculos contra las naciones y las palabras de consuelo que acompañan la restauración.
El pasaje que leemos hoy se ubica en la segunda parte del libro. Dios a través de Ezequiel desenmascara las falsas seguridades de Tiro e invita al pueblo a la confianza en momentos de dolor. El oráculo nos ayuda a recordar que Dios siempre cuida de su pueblo sobre todo en los momentos de adversidad y desventura. «El Señor hará justicia a su pueblo, y tendrá piedad de sus siervos.» (Dt 32,36)
Dejar y seguir
Después del encuentro con el joven, rico el proverbio popular: «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos.» (Mt 19,23), brinda a Jesús la oportunidad de indicar las exigencias del seguimiento. Frente a la propuesta del Maestro es necesario dar una respuesta. La vida nos pone frente a disyuntivas que debemos afrontar. Por eso es pertinente hacerlo siendo conscientes del compromiso que asumimos. La ilusión propia del primer encuentro tiene que sopesarse con una actitud reflexiva que lleve a cuestionar lo que implica seguir a Jesús.
Es muy humano pensar en el resultado de los esfuerzos que hacemos en la vida. Por eso el Señor nos brinda la posibilidad de darnos el tiempo y el espacio para cuestionarnos y discernir. La respuesta no será solo un buen deseo sino un compromiso de esperanza. Que oportunas las palabras de Václav Havel, pensador checo: «Esperanza no es lo mismo que optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte.» Que en este alto en el camino, que Jesús nos ofrece, nos ayude a renovar nuestro seguimiento desde la sabiduría que nos brinda la esperanza.
Fray Edgardo César Quintana O.P. Casa Stmo. Cristo de la Victoria (Vigo)
Con este capítulo 24 se cierra la primera parte del libro de Ezequiel, ese profeta misterioso y, al mismo tiempo, uno de los más influyentes del Antiguo Testamento. A Ezequiel le ha tocado vivir los días más trágicos de la historia de Israel: la deportación a Babilonia, la destrucción del templo, la casa real y las murallas de la ciudad. Él ejercerá su ministerio en ese momento tan desolador como fue el momento del exilio.
El pasaje de hoy nos recuerda un momento muy triste en la vida del profeta: la muerte de su esposa. El Señor le ha pedido vivir este hecho de una forma extraña: no debe hacer luto, ni manifestar ningún signo de duelo. Este gesto profético va a suscitar en el pueblo la pregunta que le dirigen desconcertados: Explícanos qué significa para nosotros lo que estás haciendo.
Este gesto del profeta debe ser como una señal para los que viven en el destierro. Jerusalén, su ciudad amada, ha caído en manos de Nabucodonosor quien se ha ensañado con sus habitantes y con su templo, ese lugar tan valorado y querido por el pueblo de Israel.
El profeta invita al pueblo a imitar su conducta. Una invitación a vivir todos esos acontecimientos desde la interioridad, dejando de lado toda manifestación externa. Él va a ser para ellos un símbolo. No merece la pena hacer lamentos y manifestaciones externas de dolor; más bien se invita a recapacitar sobre su infidelidad a Dios y, así, arrepentirse de su mala conducta. Este será el modo de volver al buen camino.
A los exiliados se les invita, en medio de ese momento trágico, a reconocer el verdadero rostro de Dios. Lo harán a través del dolor y el sufrimiento en la desolación del destierro. Se darán cuenta de que han olvidado a Dios y es el momento del arrepentimiento: cuando esto suceda… sabréis que yo soy el Señor.
Así recuperarán su esperanza y volverán al camino de la fidelidad a Dios.
¿Qué tengo que hacer?
Alguien inquieto en la búsqueda de Dios se acerca a Jesús a hacerle esta pregunta. Es la que hicieron los oyentes de Juan el Bautista, al escuchar su predicación. Es la que le harán a Pedro tras escuchar su sermón el día de Pentecostés. Es decir, toda predicación, toda reflexión, que llega al corazón del oyente, suscita el deseo de cambio, de búsqueda, de salir de lo de siempre, de hacer algo nuevo.
Esta pregunta expresa inquietud, deseos de alcanzar una vida más plena. ¿A quién dirigirla? A este hombre extraordinario a quien siguen las multitudes. Es curiosa la contrapregunta que le dirige Jesús a este joven y la indicación de que cumpla los mandamientos. El joven quiere más precisión y le pregunta cuáles.
Si quieres ser perfecto…
Jesús no rehúye la respuesta y se los explicita; le indica los mandamientos que atañen al prójimo, al que se debe amar como a uno mismo. Este hombre parece haber cumplido con estos mandamientos y Jesús le propone algo definitivo: si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego ven conmigo.
La versión que nos transmite Marcos tiene un carácter más incondicional: una cosa te falta. Vende lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme.
Donde está tu tesoro, allí está tu corazón
El joven se ve derrotado. Es muy rico y esa propuesta de Jesús no encaja en su proyecto de vida. Y se marcha muy triste. La riqueza le tiene sujeto y, pese a sus buenos deseos iniciales, acaba cediendo a su poder.
Los bienes, cuando no son compartidos, se adueñan de las personas y se constituyen en el centro de la vida. Ya lo advirtió Jesús en otra ocasión: donde está tu tesoro y allí está tu corazón (Mt.6,21).
Seguir a Jesús conlleva una dosis grande de libertad, esa posibilidad de seguirle sin mirar para atrás, ni buscar bienes de ningún tipo. El único bien es Él que se convierte en camino, verdad y vida; la vida en plenitud. Esa que llenará nuestros deseos más profundos y que nada puede llenar a no ser Dios.
Merece la pena preguntarnos o preguntar a Jesús: ¿Qué tengo que hacer en este momento concreto de mi vida para ser más fiel a Jesús?
¿Qué es lo que me ata y no me deja seguir con determinación a Jesús?
Fray Salustiano Mateos Gómara O.P. Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)
“Yo os juzgaré, pues, a cada uno según su proceder”
Los exégetas, los estudiosos de la Biblia, conocen este capítulo de Ezequiel como el de la “responsabilidad personal”. Hay que situarse en la época en que el pueblo judío está viviendo en el exilio. Una opinión bastante extendida es que esa situación era un castigo divino ante el gran pecado del pueblo de irse detrás de otros dioses, dando la espalda a Yahvé, su Dios. “Los padres comieron agrazones y los hijos tuvieron dentera”.
Ezequiel, junto con muchos del pueblo judío, va en contra de esta opinión, que no les parece justa. De una manera clara apela al principio de la responsabilidad personal, algo ya defendido por otros profetas. “Yo os juzgaré, pues, a cada uno según su proceder, casa de Israel, oráculo del Señor”. Y añade la postura de Dios que busca siempre que sus seguidores vivan y no mueran y perezcan en el castigo, y les invita a la conversión de su mala conducta: “convertíos y vivid. Yo no me complazco en la muerte de nadie”.
“De los que son como ellos es el Reino de los cielos”
En más de una ocasión, Jesús relacionó el reino de los cielos con los niños. Lo vemos en el evangelio de hoy: “de los que son como ellos es el Reino de los cielos”, a lo que podemos añadir “en verdad os digo, si no os volviereis y os hicieseis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.
Intentado buscar el porqué en esta predilección de Jesús por los niños, quizás quiera resaltar dos de las características positivas más típicas de los niños, como son su ingenuidad y su confianza.
Lo que resalta, sobre todo, en la relación de los niños con sus padres, es que se creen todo lo que ellos les dicen, y viven con la seguridad de que estando con ellos no les puede pasar nada malo porque saben que sus padres les quieres y buscan siempre su bien.
Pues esa ingenuidad y confianza es la que nos pide Jesús para aceptar a nuestro Dios como nuestro Rey y nuestro Padre. Con la ingenuidad y confianza de niños debemos creemos todo lo que Él y su Hijo Jesús nos dicen y prometen. Estamos en buenas manos, en las manos amorosas de nuestro Padre Dios.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)