Bien sabía San Pablo que a cualquier seguidor de Jesús le podía pasar lo que a su Maestro y Señor. Sus hermanos judíos le persiguieron varias veces. En una de ellas le llevan prisionero a Roma, porque Pablo apeló al César. Pablo “ante los principales de los judíos” intenta probarles su inocencia y se atreve a predicarles ¡cómo no! a Jesucristo. Y pasa lo de siempre, unos aceptan su predicación y otros la rechazan. Eso no le quita su empeño evangélico. Sabe bien que Jesús es “el camino, la verdad y la vida”, que era la mejor noticia que podía difundir para alegrar el corazón de sus oyentes. “Vivió allí dos años enteros a su costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el Reino de Dios y enseñando la vida del Señor Jesucristo con toda libertad, sin que nadie lo molestase”. San Pablo no puede vivir sin predicar a Jesús, su Dueño y Señor, su Salvador y Salvador de toda la humanidad.
¿A ti qué? Tú sígueme
Hubo un momento en nuestra vida, en el que fuimos conscientes de la llamada que nos hizo Jesús: “Ven y sígueme”. Y le prometimos seguirle donde quiera que fuese. Sabemos que nuestro ímpetu de seguirle tiene momentos y momentos. Y hay momentos en que nuestro seguimiento baja en intensidad. Un momento de estos nos relata el evangelio de hoy, donde Pedro pregunta a Jesús por el apóstol Juan: “Señor y éste ¿qué?”.
Está muy bien que amemos a nuestros hermanos y nos preocupemos por ellos, pero nunca hasta tal punto de que nuestro seguimiento a Jesús dependa de nuestra relación con algún hermano. La respuesta de Jesús es bien clara: “Si quiero que se quede hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Lo importante, donde tenemos que apoyar nuestra vida es en el seguimiento de Jesús, y nunca en el seguimiento o en permanecer siempre al lado de un hermano.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
En el libro de los Hechos sabemos que Lucas narra principalmente la vida de las primeras comunidades cristianas, con una finalidad catequética. Ofrecer una visión de la comunidad que sirva de modelo a la siguiente generación de cristianos.
Pablo es uno de los seguidores de Jesús, al que llama camino de Damasco y desde entonces, se convierte en su testigo y apóstol “hasta los confines del mundo” según el mandato del Maestro. Estos últimos capítulos del libro relatan la persecución que sufre Pablo por parte de los judíos, su encarcelamiento, su defensa. En nuestro texto encontramos a Pablo en Cafarnaúm.
Su causa sigue su curso y será el nuevo gobernador, Festo que sustituye a Félix el que llevará adelante en proceso. Es sometido a varios interrogatorios que dan a Pablo ocasión, no sólo de defenderse, sino de hablar de Jesús y su resurrección. Confiesa Festo en el informe que remite a Agripa, … “sólo le acusaban de cuestiones referentes a su propia religión, “habla de un tal Jesús, ya muerto y, que, según Pablo, está vivo.”
Pablo, ante la propuesta hecha por el gobernador Festo, de ser juzgado en Jerusalén, hace valer su derecho como ciudadano romano y pide ser juzgado en Roma por el Emperador.
Pablo, que tantas veces arriesga la vida por dar testimonio de Jesús, defiende su derecho a ser juzgado con justicia. Es fiel a la llamada del Señor para ser su mensajero, para extender su Reino a través de sus viajes y visitas a las comunidades cristianas. Es consciente de que el designio de Dios se cumple muchas veces, a través de mediaciones humanas y es esa fe en Dios lo que le hace agotar todas las posibilidades de defensa.
Pedimos la Señor a través de Pablo, nos de la valentía y el celo apostólico para extender tu Reino, para ser tu testigo allí donde se desarrolle mi vida.
¿Me amas?
De nuevo, después de comer, con los suyos, y a orillas del lago de Tiberiades, surge o más bien Jesús provoca un diálogo con Simón Pedro.
Dejamos los estudios de exégesis que se centran en las tres formas de pregunta y respuesta en el diálogo de Jesús y Pedro. El contexto, en el que se encuadra este diálogo lo sabemos bien, lo hemos venido recordando y nos ha iluminado toda la semana de pascua. Jesús sorprende a los suyos, y a nosotros, les abre los ojos del corazón y le descubren, aunque con otra apariencia física, pero con signos evidentes de que es El. “Señor y Dios mío” (Jn 20,28) manifiesta un incrédulo Tomás. “Es el Señor” (Jn 21,7) y corre a su encuentro, a través de las aguas, un impetuoso Pedro. “¿no ardía nuestro corazón…?” (Lc 24,32) Se preguntan los de Emaús.
Pero me voy a referir al contexto no tan inmediato a esta escena de nuestro texto. “no conozco a ese hombre” (Mt 26,72) contesta Pedro que, con anterioridad había dicho a Jesús,” aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (Mc 14,31).
El hecho de negar Pedro a Jesús no pasa desapercibido en ninguno de los evangelios, lo destacan como un hecho relevante. Para nosotros, a través de estos textos, Pedro nos reconcilia con nuestra propia fragilidad. A pesar de nuestros arranques de generosidad, de nuestros buenos deseos y propósitos también somos capaces de caer ante la más insignificante propuesta o cualquier viento que sople en contra, hace tambalear nuestras convicciones,
Jesús, en este maravilloso diálogo, después de celebrar la comida de la fraternidad, le da a Pedro la posibilidad de reconciliarse consigo mismo. Jesús le da la oportunidad de una triple confesión de amor que borre la triple negación. Y Pedro, impulsivo, capaz de dar la vida por Jesús con viento favorable, confiesa mucho más humilde. Señor “Tú lo sabes todo, sabes que te amo”
Jesús le confiere una autoridad, como cabeza de la Iglesia, pero sólo después de establecer con Él, el principio más importante de toda autoridad, de todo servicio, el amor con el que se debe de gobernar, el amor con el que se debe de cuidar a los que se ha confiado, estén en un lado o estén en otro. La autoridad desde la Iglesia y ante cualquier ejercicio de autoridad sólo se sostiene desde el Amor.
Señor, que sepamos escucharte, limpia nuestros oídos de tanto ruido como nos envuelve, deja sitio en nuestro corazón para que resuene allí tu voz y nos abramos al diálogo contigo. Oigamos que, llamados por nuestro nombre, podamos responder, si Tu sabes todas las cosas, sabes de mi fragilidad, pero estoy contigo en un proyecto que es el Tuyo, hacer de este mundo, el mundo que tú quieres, adherirme a tu programa de vida que tú me propones. Crear fraternidad allí donde me encuentre. Gracias Señor por Tu Palabra.
¿Cómo es mi respuesta?
Hna. Mariví Sánchez Urrutia Congregación de Dominicas de La Anunciata.
El pasaje de la carta a los Corintios que nos regala la liturgia hoy nos centra en el contenido de nuestra fe. ¿Cuál es el mensaje de salvación que he recibido, el que transforma mi vida y me hace seguir a Jesús por el camino de la fe? Pueden resonar muchas palabras en mi cabeza, he aprendido muchas cosas sobre Dios, pero ¿qué es lo que me resuena más adentro, lo que me conmueve y me mueve?
Las palabras de Pablo se dirigen hoy a mí: “el Evangelio que te anuncié y que tú aceptaste”, “el que te está salvando, si te mantienes en la palabra anunciada”. No son palabras huecas, se trata de aceptar y mantenerse en esa Palabra anunciada. Cuando la fe es sencilla e ingenua es fácil, rezamos oraciones aprendidas, cumplimos mandamientos y frecuentamos sacramentos. Cuando la fe va madurando todas estas cosas pierden sentido a veces y necesitamos profundizar. Dice san Agustín que “tenemos un solo Maestro…el verdadero Maestro habla desde dentro”; “no andes por fuera. No te desparrames. Adéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el hombre interior”.
Sólo la propia experiencia de encuentro con Él nos salva y aumenta nuestra fe. Entonces podremos volver con una nueva ingenuidad, más sabia y humilde, a rezar con el corazón esas oraciones de siempre, a vivir la compasión con la certeza de firmes valores fundamentados en el Evangelio y acercarnos a los sacramentos, que son la puerta abierta para el encuentro con Cristo en quien creemos, al que amamos y seguimos. Aceptar y mantenerse en la Palabra anunciada.
Permanecer en Él
Hoy celebramos la fiesta de dos de los discípulos de Jesús: Felipe y Santiago. El Evangelio nos habla de Felipe y relata un precioso diálogo que tiene con Jesús. Felipe es un hombre de gran fe, seguidor fiel y convencido, inquieto por comprender más a su Maestro. “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”. No necesita grandes argumentos, pero no se ha dado cuenta de que ya se le ha dado a conocer eso que pide. La fe no es cuestión de aprender conceptos o de aceptar dogmas. Se trata de buscar y descubrir, en un continuo camino que nunca termina.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”, les dice Jesús a los discípulos en este testamento que desarrolla el Evangelio de Juan. “Hace tanto que estoy con vosotros ¿y no me conoces, Felipe?” nos sigue diciendo a cada uno de nosotros hoy. “El que me ve a mí, ve al Padre”. Para entender cómo funciona el corazón de Dios tenemos que acercarnos a Jesús, su mensaje, su forma de entender al ser humano, la vida, a Dios. Ahí está el fondo del seguimiento.
Jesús nos revela la verdad sobre Dios y sobre nosotros mismos. Dios es nuestro Padre, nosotros somos sus hijos y, entre nosotros, somos hermanos. Jesús es vida y sella con su propia vida el amor de Dios por nosotros. Jesús es camino y nos llama a recorrerlo. Incluso podemos escuchar estas palabras sin que nos impacte demasiado, o lo podemos hacer un discurso piadoso, teológico o pastoral, pero poco creíble como buena noticia si no lo vivimos con autenticidad. El reto, la llamada, la pregunta es: “¿todavía no me conoces?”. Dios anida en el fondo de mi vida, habita en mi corazón y me ama profundamente. Esa experiencia descubre mi verdad, lo bello y bueno que hay en mí, en el hermano, en lo creado. Me da vida, fuerza, audacia y confianza. “Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”. Me enseña el camino para llegar al otro también y sentirle.
Hna. Águeda Mariño Rico O.P. Congregación de Santo Domingo
Pedro ha curado a un paralítico. La gente se asombra y él comienza a predicar con la fuerza del Espíritu Santo que ha recibido en Pentecostés. Atrás han quedado los miedos de los primeros días, los temores del no entender del todo, las dudas, las vacilaciones. Explica quién es realmente Jesús, hace ver a los que le escuchan que las Escrituras se han cumplido en Cristo, qué Él es la promesa hecha al pueblo desde el principio, es el que tenía que venir para vencer a la muerte y al pecado y darnos la vida.
En su Pasión y en su Resurrección hemos sido salvados, porque toda curación (como la del paralítico), todo bien, toda vida proviene de Jesús y se obra en su nombre. San Pedro lo dice muy claro: “¿Os admiráis como si hubiéramos hecho andar a éste por nuestro propio poder y virtud? “y les explica que el milagro viene del que hablaron los profetas, del que es Uno con el Padre.
Nuestra fuerza, nuestra capacidad de superar las dificultades, nuestro valor para predicar la Palabra en nuestro entorno, la capacidad de amar al prójimo, todo nos viene de Cristo Resucitado, Él es quien nos lleva de su mano, a Él debemos levantar la mirada y en Él debemos reposar. No tengáis dudas: Hoy, ayer y siempre Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”.
Vosotros sois testigos de esto
Estupor, sorpresa, incredulidad, temor… Los discípulos, a pesar de haber escuchado el testimonio de los de Emaús, no dan crédito a lo que están viendo: el Maestro, al que han visto morir, el que ha sido crucificado, al que han enterrado, al que incluso, han negado, se encuentra en medio de ellos y les pide de comer. No es para menos la reacción de aquellos pobres hombres que aún no habían terminado de entender lo que Jesús les venía anunciando.
Después de tranquilizarlos comienza a predicarles una vez más lo que están viviendo para terminar con un resumen que nosotros debemos aplicarnos hoy y cumplirlo: “…El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto” Y nosotros somos también testigos como los Apóstoles y los primeros discípulos.
Estos días hemos revivido la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. En las calles, en los templos, en la liturgia, en la lectura de las Escrituras hemos estado siguiendo paso a paso desde la agonía de Getsemaní a la Gloria del Domingo. Hemos sido testigos de todo lo que ha sucedido y nuestro corazón se ha llenado de gozo cuando la Luz ha vencido a las tinieblas. Y lo mismo que los discípulos de Emaús deberíamos ir corriendo a contar lo que hemos visto, a anunciar la Buena Nueva, a compartir el gozo inmenso que invade nuestros corazones porque somos testigos, testigos de Cristo, seguidores de su palabra, dueños del tesoro que da la vida y no nos lo podemos guardar para nosotros.
Feliz Pascua de Resurrección hermanos en Jesús. Vamos todos juntos a predicar a los cuatro vientos que el Padre ha cumplido sus promesas y que las puertas del cielo, cerradas por el pecado, se han abierto de par en par por la Gloria de la Cruz que nos ha salvado.
D. Luis Maldonado Fernández de Tejada, OP Fraternidad Laical de Santo Domingo, de Almagro
El relato de esta primera lectura es muy vivo y lleno de contrastes. Lo primero que salta a la vista es el contraste entre movimiento y parálisis: un paralítico de nacimiento que es llevado y colocado junto a una puerta, un lugar de paso. Este hombre que estaría raquítico, con los huesos entumecidos, la masa muscular totalmente perdida, sin moverse desde el nacimiento, nos está hablando de las parálisis interiores que todos tenemos y que nos impiden vivir una vida con dignidad.
Lo segundo que llama la atención es el sentido de su vida, pedir limosna, frente a la absoluta libertad de Pedro y Juan. Así pasa su vida, mendigando a los que sí pueden moverse, esperando recibir algo. Es lo que nos pasa si el sentido de nuestra vida lo ocupan las parálisis del corazón y del alma, nos pasamos la vida mendigando que otros nos den sentido. ¡Qué vida más triste!
Sin embargo, la resurrección se hace presente en el Nombre de Jesús. Y el movimiento irrumpe en la vida del paralítico como un volcán. Pedro y Juan no tienen “ni oro ni plata”, sólo tienen a Jesús y eso es lo que dan y junto a Él le devuelven al hombre la capacidad de levantarse, es decir, de resucitar y entrar al templo a relacionarse con Dios y con los hermanos. A partir de ahí todo es alegría, alabanza, admiración. Ojalá podamos vivir nuestra vida así, resucitados, y pasarla alabando y dando gracias a Dios por todas las resurrecciones que ha obrado en nuestra vida.
¿No ardía nuestro corazón?
El Evangelio de los discípulos de Emaús es un texto riquísimo en imágenes, que no podemos dejar pasar de largo; por eso hoy es un día para meditar tranquilamente en cada frase, en cada palabra y sacar las consecuencias para nuestro propio camino de Emaús.
Dos discípulos, uno se llama Cleofás, ¿y el otro? El otro discípulo eres tú, Juan, María, Pepe, Marta, Antonio, Dolores… Se hacían preguntas, estaban ofuscados y no eran capaces de reconocer la realidad. Así vivimos muchas veces, ofuscados con nuestras cosas, sin parar de darle vueltas a las cosas, perdiendo la distancia necesaria para ser objetivos y darnos cuenta de que los caminos de Dios no son nuestros caminos.
Los dos hablan en pasado, “esperábamos, no encontraron, decían que está vivo, no lo vieron”. La desesperanza ha entrado de lleno en su corazón y por eso se vuelven a su vida de antes, ya no les interesa este Jesús libertador de Israel que les ha fallado. ¡Qué bien refleja nuestra poca fe y torpeza para comprender la historia de salvación que Dios hace con cada uno de nosotros! En cuanto las cosas no salen como queremos, abandonamos y nos volvemos a enfrascar en nuestros pequeños proyectos humanos.
Y nuevamente dos realidades nos devuelven al centro: la Palabra y la Eucaristía. La Palabra de Jesús que explica, que hace arder, que devuelve la esperanza; y la Eucaristía, pan compartido que abre los ojos del alma para reconocer lo que ya estaba presente.
El camino de vuelta no se hace pesado, en aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a la comunidad, de donde nunca tenían que haber salido. Cuando una comunidad pone en el centro a Dios, presente en las Escrituras y la Eucaristía, puede hacer la experiencia del Señor Resucitado que está siempre presente donde se reúnen los hermanos. No abandonemos nunca la comunidad, no dejemos de escuchar y meditar la Palabra de Dios y nunca dejemos de participar en la fracción del pan.
¿Conoces tus parálisis interiores y a qué actitudes te llevan? ¿Pasas la vida pidiendo limosnas? ¿Qué actitud interior adoptas ante eso que te paraliza?
¿Abandonas la comunidad cuando las cosas no salen como a ti te gustan, cuando los planes de Dios son diferentes de los tuyos?
¿Tienes la lectio divina como eje de tu vida de fe y la eucaristía como el centro de tu vida?
Sor Inmaculada López Miró, OP Monasterio Santa Mª de Gracia, Córdoba
Con la misa de la Cena del Señor, comenzamos la celebración del Triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como expresa la oración colecta de hoy, para que, del banquete eucarístico confiado por el Señor a su Iglesia, “brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida”.
Nos disponemos por tanto a iniciar los misterios de nuestra redención. Comenzamos en el cenáculo, donde por primera vez Jesús parte el pan, signo de su cuerpo, que nos lo ofrece como alimento de vida eterna. El lugar en el que nos da a beber la copa de vino, con la que sella la Nueva Alianza, sacramento de su sangre que derramará en la cruz para el perdón de nuestros pecados.
Escucharemos de sus labios que nos ha amado hasta el extremo de entregar su vida por nosotros. Con el lavatorio de los pies, nos dará ejemplo para que, cuantos creemos en Él, lo sigamos generosamente sirviendo a los demás.
Animados por el amor y fortalecidos por el alimento eucarístico, el Viernes Santo estaremos a su lado en el calvario junto a la cruz y, en la Vigilia pascual, la gracia de su resurrección nos empujará a ser sus testigos con una vida renovada.
Fr. Rafael Colomé Angelats O.P. Convento San José. Buenos Aires (Argentina)
En tu vivir humano social y cristiano; te pueden invadir pensamientos de profundo desaliento; la impresión de que «no se está haciendo nada», que se pierde el tiempo trabajando en la obra de Dios, que se gastan «inútilmente» las propias fuerzas.
Escuchadme, atended, dice el Señor. Qué tenemos que escuchar:
Que Él nos ha llamado en las entrañas maternas, ha pronunciado tu nombre. ¿Te sientes poco querido, un don nadie, vives en el desaliento? El Señor sigue pronunciando tu nombre.
El Señor que te ha elegido de modo gratuito, ha puesto en tu boca una palabra eficaz que actuará como una flecha en el momento oportuno.
Escucha: Tú eres mi siervo de quien estoy orgulloso. Tu fidelidad, forjada con dolor, es motivo de orgullo para Dios.
Es poco que seas mi siervo Te hago luz de las naciones, para que la salvación de Dios alcance hasta el confín de la tierra.
Esa es la vocación cristiana a la que Dios te ha elegido desde el vientre de tu madre… vocación a vivir el amor en el servicio, que en el momento del fracaso humano se convierte en luz que permite conocer el proyecto amoroso y salvador de Dios: Te hago luz; para unido a Cristo anuncies su amor, su salvación a todos con el destino de ser en Jesús hijo de Dios, de ser siervo de Dios, con la tarea de servir, de construir, de edificar
En este día; en horas de desaliento que tu oración sea: «a ti, Señor, me acojo, no quede yo derrotado para siempre… sé tú mi roca de refugio… porque tú fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud». Salmo
Por encima de la noche, de la traición y las negaciones, triunfa la luz del amor, que es la gloria de Dios
Jesús profundamente conmovido, dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.
Revela el Evangelio los sentimientos de Jesús en la noche de su despedida. Se estremeció.
Jesús que ha hecho de su vida un servicio de amor a las personas; Él que ha dedicado su tiempo a mostrar un Dios Padre que es amor, siente profundamente el rechazo es angustiosa, la no aceptación del amor que está ofreciendo en nombre de Dios.
No solo es el rechazo es la traición de Judas, la negación de Pedro, la incomprensión de todos la que provoca la conmoción
Pero Jesús no reacciona descubriendo al que lo entrega o apartándole de su amor. Tendrá para el traidor el gesto de máxima estima dándole un trozo de pan untado; le tratará con todo respeto a su libertad: lo que tengas que hacer hazlo en seguida, no le niega la palabra aunque Judas permanece mudo.
Ve que es el momento de ser glorificado de mostrar que no se va a volver atrás en la decisión de amar, ni ante la entrega, la negación, el abandono, de todos o la muerte. Ve que así va a ser evidente el amor-gloria de Dios para todos
Es el amor luminoso de Jesús que siente el discípulo amado al recostarse en el pecho de Jesús, y que contrasta con la noche del que se aleja del amor, de la luz de la vida, de la experiencia de la gloria de Dios.
Contraste grande también entre Judas que va a entregar, traicionar a Jesús y Él que va ahora a entregarse en la cruz por amor y donde Pedro no le puede acompañar ahora, le acompañará más tarde.
Vive pegado al pecho de Jesús; haz que esta semana sea Santa porque no traicionas el proyecto de amor, porque te conmociona tanto amor que Dios te regala en Cristo.
Fr. Isidoro Crespo Ganuza O.P. Convento de S. Valentín de Berrio Ochoa (Villava)
Llegados a los últimos días de la cuaresma, habiendo tratado de tener presente el misterio de Cristo y a su luz ir realizando las rectificaciones en el seguimiento de Cristo: activar la escucha, como se nos dijo en el Tabor y ahora se nos pide: “Mirad a mi siervo”. Escuchar y mirar. Escuchar su palabra, en la que se contiene la fuerza de la vida. Es la Palabra hecha carne, que ilumina la existencia humana en todas sus dimensiones y circunstancias. Y es esta humanidad del Verbo la que debe ser mirada, porque la imagen es también mensaje. Así, escuchando y mirando, toda la existencia humana, en la diversidad de circunstancias y situaciones, se ve iluminada, haciendo que el proceso-camino de conversión se desarrolle conforme al querer de Dios.
Y miramos al que es sostenido por Dios, su elegido, en quien están todas sus complacencias. De ese modo fue presentado tanto en el Jordán como en el Tabor. Aquí se nos mandó escucharlo. Nos ha sido propuesto como maestro y modelo de la humanidad reconciliada en el amor. Dios mismo se hace visible y palpable. Ha puesto su espíritu sobre él y como consecuencia, manifestará la justicia a las naciones.
Contemplamos también en este cántico cómo va a proceder y los efectos en los destinatarios de su misión: “No gritará, no clamará, no voceará por las calles”. No será su actividad una exhibición de oratoria, sino que desde lo más profundo de quien la acoge y allí mismo, hará brillar la justicia. Pero además, no atropella ni desprecia la debilidad humana, sino que levanta del polvo al desvalido. Por eso se dice: “La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. Lo que hay de valioso y bueno en el ser humano, lo potencia y lleva a plenitud. Y lo realiza con la fuerza del Espíritu, implantando la justicia y la verdad, siempre buscada y siempre deseada por la humanidad.
Luz de las naciones
La mirada de Dios y su plan de salvación afecta a todos. No se limita a una pequeña porción, sino que abraza al pueblo de la antigua alianza y alcanza también a todas las naciones. Lo experimenta cada persona en sí misma, en su vida y en las circunstancias de su existencia. Abre los ojos de los ciegos y libera a los cautivos destruyendo las tinieblas. Cuando todo parece abocado a la desolación y la desesperanza; cuando parece que no hay salida ni voluntad de acabar con toda suerte de violencia e injusticia, se ofrece a todo hombre que viene a este mundo, una palabra, la Palabra en la que hay vida y esta vida es la luz que alumbra, destruyendo nuestras cegueras.
Por este motivo la tarea cuaresmal es, fundamentalmente, acercarse al misterio de Cristo, celebrar el haber sido encontrados y testimoniar mediante la vida, que ha sido él y no nuestra determinación la que nos ha llevado a su encuentro. Le hemos buscado, sí, pero impulsados por él. Por eso decimos, una y otra vez: El Señor es mi luz y mi salvación. Él es la defensa de mi vida ¿Quién me hará temblar?
A los pobres los tenéis siempre con vosotros
El evangelio nos sitúa en el marco de la semana final. Seis días antes de la Pascua, en esta ocasión no dice Juan, “de los judíos”, porque esta Pascua será diferente. Es su Pascua, la del paso definitivo de Dios salvando. Cuando la situación es extraordinariamente tensa, Jesús vive en la cercanía familiar de sus amigos: Marta, Lázaro y María. En Betania, como remanso de paz, el que viene a traer la paz, recibido entre un clamor de olivos por los sencillos en Jerusalén, comparte la cena que le ofrecen. Están juntos el que viene a dar vida en abundancia y el que ha experimentado como prenda, la fuerza de la Palabra, cuando estando muerto escuchó: Lázaro sal fuera. Fue un signo, en el evangelio de Juan, el último signo antes de padecer. Marta sirve, ahora no hay reclamo, en este servicio hay alegría. Lázaro es un signo molesto para los de afuera y María, la que escuchaba y ahora ofrece el perfume auténtico y costoso, evidencia un amor total por Jesús.
En esta cena, como en la última y definitiva a la que todos somos invitados, también hay un momento de reflexión: “Déjala; lo tenía guardado para mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis”. De alguna manera los pobres se convertirán en destinatarios de todo lo que se quiera hacer por Jesús una vez glorificado.
Por otro lado, el comentario explicativo de Juan acotando la expresión de Judas Iscariote: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselo a los pobres?”. La clarificación de las motivaciones que determinan nuestras decisiones. Podía parecer muy correcta la propuesta de Judas Iscariote, pero ¿respondía a una seria preocupación por los pobres? Juan señala: Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando”.
Jesús dice: “Déjala”. El gesto lo vincula a su Pascua, porque ella lo tenía reservado para la sepultura de Jesús. Es una muestra de amor agradecido, que el Maestro no desdeña, pues ella ha sabido escuchar y valorar este momento de presencia de Jesús y el amor demostrado por ellos.
Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro
Un final del pasaje que se convierte en un señalamiento profético. Habiendo indicado el evangelista que muchos fueron a ver a Lázaro, “resucitado de entre los muertos”. Este signo realizado por Jesús motiva a muchos a creer en él y es esta consecuencia la que impulsa a los sumos sacerdotes a eliminar también a Lázaro. Por causa suya “muchos judíos se les iban y creían en Jesús”. Es lo que ocurre con los cristianos de todos los tiempos, que, tomándose en serio su condición de discípulos, identificados con Jesús, resultan incómodos y molestos por su existencia profética, que anuncia y denuncia las situaciones y procedimientos que deshumanizan la vida de las personas. Cada bautizado está llamado a ser un signo de la fuerza liberadora de la Palabra, que saca de las tinieblas y de la misma muerte.
¿Estamos dispuestos a asumir las consecuencias de una vida cristiana vivida en serio?
Fr. Antonio Bueno Espinar O.P. Convento de Santa Cruz la Real (Granada)
Se abre el telón y aparece en escena un juicio. Una lectura del relato de la adúltera fuera de su contexto en el evangelio de Juan nos produce la impresión inmediata de un juicio en el que la presunta adúltera es la acusada sometida a juicio; los maestros de la ley y fariseos (aparecen como representantes del pueblo judío en su conjunto con su Ley de Moisés) serían el ministerio fiscal acusador; y, Jesús, sería ¿el juez? En este esquema, según nuestro modelo judicial, nos faltaría el defensor de la acusada: ¿cabría atribuirle este papel también a Jesús?
Cuando introducimos este pasaje en su contexto dentro del evangelio, nos encontramos con un escenario algo diferente. Para ello hay que leer la sección inmediatamente anterior (Jn 7, 40-52, léase) donde se presenta un debate a varias partes en torno a la figura de Jesús y donde se exponen diversos juicios respecto a su identidad y su autoridad como profeta o mesías. En estos juicios sin presencia del interesado, Nicodemo (personaje que aparece en Juan 3) se destaca como figura defensora del ausente con una pregunta lapidaria: “¿acaso nuestra ley nos permite condenar a alguien sin haberlo oído previamente para saber lo que ha hecho?”.
La escena siguiente es precisamente este juicio formal reclamado por Nicodemo, ahora sí con la presencia de la persona acusada: se trata del pasaje de hoy, donde – como ya puede colegir – la persona acusada es Jesús bajo el disfraz de una mujer innominada. Los acusadores son los defensores de la ley de Moisés – en la figura de maestros de la ley y fariseos -. En este juicio ¿de qué se acusaría a Jesús? ¿acaso de adulterio? El debate de la sección previa pone en tela de juicio si Jesús es profeta o no; precisamente, los libros proféticos utilizan recurrentemente una metáfora para describir la infidelidad a Dios y su alianza: el adulterio. Jesús no sería, pues, profeta, sino violador contumaz de la ley, por lo cual no habría que escucharle, sino condenarle. (Los evangelistas pretenderán probar que precisamente Jesús es profeta en tanto que siguió el destino de los auténticos profetas: no fueron escuchados y fueron condenados).
Si nos apercibimos, en esta segunda versión, echaríamos a faltar nuevamente la figura del abogado defensor, pero en este punto merece la pena recordar que el propio acusado ejerce su propia defensa, defensa que consiste en su silencio; un silencio significativo que rechaza no sólo la acusación sino que recusa a los mismos que le juzgan: están inhabilitados para acusar. ¿Por qué habrían de estar inhabilitados para juzgar? La razón más inmediata que se nos presenta es que los mismos que acusan de no cumplir la ley, tampoco la cumplen ellos. Pero detrás de esta causa inmediata hay una razón de mayor calado: en realidad nadie puede cumplir la ley. Esto nos lleva a un tercer escenario del pasaje de hoy: el juicio a Jesús se torna en un juicio a la ley. (Recuérdese, en relación a esta ideología y lo siguiente, que el evangelio de Juan es tributario de las tesis paulinas más genuinas de Gálatas y Romanos).
Ahora nos encajan todas las piezas y nos podemos explicar la conclusión del pasaje: una absolución y una condenación. Una absolución para aquella mujer innominada en quien se esconde no sólo Jesús acusado, sino toda la humanidad, que queda, así, liberada del yugo de la ley de Moisés (“puedes irte”). Una condena a esa misma ley, juzgada que no sirve para el fin para el que se creó, esto es, alcanzar a Dios. Esa ley queda sustituida por un referente en carne en Jesús, definitivo profeta de Dios. “No vuelvas a pecar” concluye el texto: en efecto, en el evangelio de Juan, “pecar” es no creer que Jesús es la Palabra encarnada de Dios. Así, pues, llegado Jesús, no retornes atrás, a la ley, pues está superada y no lleva a la vida. En este sentido, el pasaje siguiente, una vez hecho el juicio, Jesús puede proclamar triunfante: “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no caminará a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida”.
Epílogo: seguramente, el lector avisado se habrá percatado de que en este juicio seguiría faltando una figura central, la del juez. En verdad, siempre ha estado presente: es Dios mismo, juez y testigo privilegiado de Jesús y de todo hombre. Precisamente, con esta idea concluye Juan su primer libro (capítulos 1 a 12, véase Jn 12, 37-50), antes de iniciar el relato de la pasión. En realidad, todo el evangelio de Juan no es sino un libro acerca del testimonio sobre Jesús, profeta definitivo, palabra verdadera de Dios, pues con este mensaje comienza, con este mensaje concluye.
Con esta frase del autor de la segunda carta a Timoteo, podemos sintetizar el mensaje que nos transmiten las lecturas de hoy.
Una certeza: el Señor, nuestro Dios, nunca nos abandona; tampoco en los momentos más difíciles e injustos. Él está a nuestro lado, de forma imperceptible para muchos, y como aliento de vida y fortaleza para quien experimenta el dolor, la injusticia y la calumnia. Presencia constante para quien se adentra en el misterio de Dios.
Veamos si es verdad lo que dice
El segundo capítulo del libro de la sabiduría presenta el discurso de aquellos que niegan la existencia de Dios a través de sus malvados actos. Se alegran y jactan de lo que hacen, se ríen de quien confía en Dios y busca vivir con rectitud y honestidad. Incluso consideran que sus perversas acciones son una prueba para testar si Dios “sale en su auxilio” y le libra milagrosamente de las consecuencias que conllevan las situaciones a las cuales le someten.
Según el autor del libro de la sabiduría, las personas que buscan el mal del prójimo es porque se sienten amenazadas por la integridad de su vida de fe:
l Su sola presencia nos resulta insoportable
l Lleva una vida distinta
l Va por caminos diferentes
Y al mismo tiempo, estas consideraciones también nos cuestionan hoy a nosotros: ¿Cómo me siento ante los demás? ¿También son una amenaza para mí? ¿Por qué me siento amenazado? ¿Qué ruido me habita?
Y lo más sorprendente es pensar que Dios responde según las propias percepciones, creer que, si realmente Dios está con él, con ella, entonces será resistente y tendrá temple, que Dios vendrá milagrosamente en su auxilio y lo librará.
Crece la sensación de peligro
Así nos lo narra el evangelio de san Juan: “recorría Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo”; “subió Él también, no abiertamente, si no a escondidas”.
El peligro se percibía y sentía, la “hora” se iba aproximando.
Jesús ya experimenta que corre peligro como consecuencia de su vida y de su predicación. Si se tratase sólo de enseñanzas que no fuesen acompañadas por el compromiso cotidiano, sería considerado un charlatán entre tantos charlatanes. Sin embargo, su vida, su liderazgo y su “llegar” hasta lo más profundo de cada persona, provocaba un movimiento interior que llevaba a tomar una decisión vital: o con Él o contra Él.
Quienes percibían el manantial de vida que les habitaba en lo más profundo y cómo, en su trato con el Maestro, se adentraban en el misterio de Dios, estaban con Él: ¡qué importaba que fuese de Nazaret, de aquí o de allí!
Quienes se sentían amenazados por su vida y sus palabras, buscaban un mesías milagroso y extraño, de origen desconocido.
Sin embargo, adentrarse en el misterio de Dios es ir descubriendo y experimentando que el dolor y el amor se encuentran y se conforman mutuamente.
Astucia, estrategias y anuncio abierto son dimensiones que Jesús utiliza en este contexto de peligro. Todavía no llegó su “hora”, no está lejos.
Y nosotros… ¿estamos y estaremos con Él? ¿Somos capaces de vivir el conflicto y caminar al lado del Maestro en este camino pascual?
Es en los momentos difíciles, de dolor e incomprensión, de calumnia y falacia, cuando descubrimos si realmente sabemos “en quien hemos puesto nuestra confianza”.
Hoy, la Palabra de Dios nos invita a caminar al lado de Jesús en este momento de nuestra historia, al lado de tantos y tantas que sufren, a caminar asumiendo las consecuencias de conocer a Dios en su misterio, a caminar humildemente con nuestro Dios.
Hna. Ana Belén Verísimo García OP Dominica de la Anunciata