Sabemos que, en cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común; para crecimiento del Cuerpo de Cristo, para beneficio de todo el Pueblo de Dios (cf. 1 Co 12, 7). Por eso, al contemplar la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo… nos podemos preguntar: ¿de qué modo crecemos como Iglesia, … en qué nos beneficiamos como humanidad con este inmenso don que ha recibido la «Llena de gracia»?
Una frase del Concilio Vaticano II (LG 68) y que replica el Catecismo de la Iglesia católica (972) nos da una pista: María asunta en cuerpo y alma al cielo «brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo».
En tiempos en los que sentimos tan necesario ofrecer motivos ciertos de esperanza que no caigan en voluntarismos prometeicos y cuando se espera de nosotros un consuelo auténtico que no brote de anestesiar la mirada sobre la realidad, esta solemnidad de María, nuestra Madre y compañera de camino no solo puede animar nuestra peregrinación creyente sino también orientarla y conducirla.
Fray Germán Pravia O.P. Casa de la Santísima Trinidad, Montevideo, Uruguay
El destierro es la corrección divina para que el pueblo se convierta. Esta es la misión que Dios da al profeta Ezequiel diciéndole: Ahora hijo de hombre escucha lo que te digo no seas rebelde como ese pueblo. Abre la boca y come lo que te doy.
Recibir la palabra de Dios en obediencia, es hacerla nuestra, asimilarla, hacerla alimento para llevarlo al pueblo en nombre de Dios.
El profeta ha de asimilar y hacer suyo el mensaje; antes de pronunciarlo, ha de interiorizarlo. El mensaje, no han de ser sólo palabras oídas, sino recibidas en el corazón; hay que asimilar la voluntad divina.
La corrección que tiene que asimilar y anunciar Ezequiel contenía cantos lúgubres, lamentaciones y gemidos; lo que tendrá que comer el profeta es muy amargo, es: luto, ayes, llantos. Aunque en la boca sabe dulce como la miel. Salmo: Que dulce es al paladar tu promesa.
Nosotros ante la Palabra de Dios no podemos oírla de manera rebelde sino en obediencia.
Saborear la palabra que es dulce… porque el fin es la conversión al Señor, aunque, la vuelta pase por lamentos y llantos.
La palabra de Dios es alimento que hay que asimilar, alimento que hay que saborear y gustar, alimento que da vida, que sana, que corrige, que da salvación.
Después de asimilar la Palabra en el corazón tienes que «ir» a tus hermanos y decirles esa palabra que no es tuya… diles: aliméntate con la palabra de Dios y conviértete.
Los pequeños modelo de discípulo
Los discípulos preguntan a Jesús ¿Quien es el más importante en el Reino de los cielos?
La respuesta de Jesús no comienza con una palabra, sino con un gesto profético: Jesús llama a un niño y lo pone en medio; le hace al niño el centro de la contestación.
Pero no habla de cualquier niño, sino de hacerse pequeño como este niño… de acoger a un niño como éste… en mi nombre.
Se refiere a un chiquillo de “esta clase”; o sea alguien considerado en la sociedad pequeño en el sentido de insignificante sin valor (así se consideraba en la época de Jesús a los niños repudiados, o a niños que abandonados se criaban en la calle).
Jesús para mostrar que éste es el importante, habla de la importancia que tiene para su Padre un niño como éste y lo hace con dos ejemplos:
1º los ángeles de niños como éste gozan de contemplar el rostro de Dios; señal de que son protegidos y tienen la benevolencia de mi Padre celestial.
2º La parábola de la oveja perdida pone de manifiesto el amor del Padre por éstos pequeños es de tanto su valor que deja las 99 y va en busca de la extraviada hasta que la encuentra.
El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.
Gran enseñanza para la comunidad: convertirse y «hacerse como niños». Confiados en el Padre; sin buscar prestigios sociales. Así el chiquillo/servidor pasa a ser modelo de discípulo. Porque eres discípulo de Cristo; cuida en la comunidad a los más pequeños e insignificantes.
Fr. Isidoro Crespo Ganuza O.P. Convento de S. Valentín de Berrio Ochoa (Villava)
El salmo responsorial que sigue a la lectura la entiende como una invitación a la alabanza a Dios. El texto es propio del estilo apocalíptico, fantasioso, de Ezequiel. (Y se salta descripciones más minuciosas y fantásticas del texto bíblico).
Lo importante es mostrar la grandeza de los personajes, y de quien sobresalía sobre ellos, que también era humano. Son la apariencia visible de la gloria del Señor. Que es lo que interesa proclamar al profeta: reconocerla, y luego postrarse ante ella. En ello insistirá el salmo responsorial, extendiendo esa necesidad de alabanza a lo divino a todos de pueblos, a todos los príncipes, y en especial a “Israel, su pueblo escogido”.
«Hijo del hombre»
En el texto Jesús se refiere a sí como “Hijo del hombre”, expresión que encontramos en la continuación del texto de Ezequiel. Es lógica la reacción de los discípulos, “se pusieron muy tristes”. No podía ser menos; el mismo Jesús se llenó de tristeza en Getsemaní cuando sintió la inmediatez de su pasión y muerte: “triste hasta la muerte”.
Mas el texto pasa a otro asunto distinto. Mateo por ser cobrador de impuestos aborda ese tema concreto: ¿hay que pagar o no los impuestos al poder político, opresor del pueblo de Israel? La respuesta a esa pregunta era comprometida. Decir, sin más, sí, era aceptar la dominación romana. Decir no, era enfrentarse a ese poder político.
Jesús viene a decir que no tiene por qué pagar impuestos; ahora bien, no pagarlos generaría una invitación a la rebelión contra ese poder. Y Jesús en su vida obvió el enfrentamiento contra el poder político. No era esa su misión. El relato de cómo se hizo con la dracma, es una parábola, que expresa que ni él ni Pedro pagan de lo suyo.
La conducta humana ha de estar regida por la prudencia. Actuar con prudencia exige contar con la repercusión del modo de obrar en los demás. San Pablo, a pesar de insistir en que la opción por Cristo no exigía acomodarse en las comidas a prescripciones judías, en concreto a las que declaraban impuros algunos alimentos, se ajustaba a ellas para “no escandalizar a los sencillos”. “Guardaos de que la libertad que vosotros usáis sea ocasión de caída -escándalo- para los débiles” (ICor 8,9; Rom 14,13-15.20). Es lo que hace Jesús. Jesús piensa en los demás cuando actúa: su vida está en función de los demás.
A la luz de este episodio, bien está que nos preguntemos: ¿qué prefiero?: ¿verme por encima de los demás y de las leyes vigentes, o servir al otro, ¿hacerle el bien?
Fray Juan José de León Lastra O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
El trasfondo de las palabras de San Pablo en esta lectura es una cuestión económica. Pedir a los cristianos de Corino ayuda económica para la iglesia de Jerusalén. Pero su argumento rebasa lo económico: “El que siembra generosamente, generosamente cosechará… Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores”.
Ciertamente en Jesús se cumple lo que nos acaba de indicar. Jesús sembró con generosidad a favor nuestro: Nos entregó su propia persona con la entrega de su palabra, de su amor, de su vida. Y cosechó con amplia generosidad en dos planos. En el plano personal: Dios, su Padre le resucitó, venciendo así su muerte. Y yendo más a allá de lo estrictamente personal… ha cosechado desde su muerte y resurrección a millones y millones de personas que le han seguido y le han nombrado su Maestro y Señor. Lo nuestro, como siempre es imitar a Jesús, sembrar con generosidad entregando nuestra vida por amor…sabiendo que nos espera un generoso fruto.
Donde esté yo, allí estará mi servidor
En la misma línea de la primera lectura, Jesús nos vuelve a insistir en la entrega de nuestra vida. Recuerda para ello dos razones. En una sociedad agrícola como la suya aduce el argumento del grano de trigo. La única manera que tiene de dar fruto es caer en la tierra, es morir enterrado en la tierra. Las palabras de Jesús pueden parecer extrañas a primera vista. El que gana pierde y el que pierde gana. Pero, como bien sabemos, y nuestra experiencia nos lo confirma, Jesús acierta.
Y Jesús va más allá. Nos asegura que aquel que le sirve, es decir, el que vive y acepta su persona y todas sus palabras e indicaciones, gozará de una profunda intimidad con él. “Donde yo esté allí estará mi servidor” y será honrado por el Padre.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)
Con esta frase se anuncia en el Rosario, como misterio luminoso, la fiesta que hoy celebramos: La transfiguración. Para mí, personalmente, es más comprensible y pone más de manifiesta su intencionalidad. Manifiesta la pedagogía usada por Jesús, para instruir a sus discípulos con la finalidad que comprendieran, intuyeran, su identidad y misión. Sorprende que en medio de tanta actividad y tantas instrucciones sitúen los evangelistas este episodio.
Este hecho acontece cuando ya ha aparecido en el horizonte, y con bastante claridad, que la vida del Maestro va acabar de manera violenta. No sólo se lo ha dicho, sino que lo ven palpado en el ambiente. Un episodio antes se lo ha comunicado y, después de este episodio, otra vez.
Como buen maestro descubre que sus discípulos no se lo creen o no lo entienden. Decide escoger a los más íntimos, se retira a un monte, lugar más cercano a la presenciade Dios, según la mentalidad judía, y en clima de silencio y de oración les manifiesta su triunfo, su gloria, manifestada en sus vestiduras, en la presencia de dos personajes importantes en la historia de Israel, en la nube que les cubrió y en las palabras escuchadas. “Es mi hijo. Escuchadlo”.
Escuchar a Jesús. Identidad creyente
Jesús, en el evangelio de Marcos, escoge a sus discípulos para que vayan detrás de Él y siguiéndole aprendan. Le han seguido y ahora, los más íntimos, escucharan que es el Hijo predilecto del Padre, es decir, no es un maestro cualquiera, sino el Hijo de Dios. Como tiene una relación personal e íntima con Dios, tienen que escucharle. Para aprender hay que escucharle y hay que ver cómo actúa. Así manifiestan su condición de discípulos, y nosotros manifestamos nuestra condición de creyentes en Jesús.
Esa relación personal con Dios es el verdadero secreto de su identidad y la actuación de Jesús le viene del conocimiento que recibe del Padre. En cuanto que es Hijo, en Él se reveló Dios en cuanto Padre y en el actuar de Jesús manifiesta Dios su amor y su voluntad.
Jesús no conoce a Dios solo a distancia como el Señor, tal como lo conocen Moisés y Elías, sino que le conoce como un Padre en una relación de proximidad filial. Por eso Jesús representa el conocimiento íntimo y definitivo de Dios.
EL pueblo ha escuchado a Moisés y Elías, ahora debe escuchar a Jesús. Con su persona, con su acción y con su palabra lleva al pueblo el mensaje definitivo de Dios. A través de Jesús aprende el pueblo lo que Dios tiene intención de hacer con él y el modo en que él debe comprometerse con Dios.
La Transfiguración representa el punto culminante de la revelación de Jesús. En ella se manifiesta a sus discípulos en su relación con la historia de Israel, en su relación con Dios, en relación con la humanidad. De esta relación depende la presencia de su persona, su grandeza y su profundidad pueden ser comprendidas en la medida en que se comprenda quien es Dios.
¿Qué aprenden los discípulos en este pasaje de la Transfiguración? ¿Qué lección debemos sacar nosotros? Que Dios se revela como el Padre de Jesús. Padre lleno de amor; que Jesús es el Hijo predilecto de Dios; que en la palabra y en la actuación de Jesús se revela el amor paterno de Dios.
Se les impone silencio. Tienen necesidad de tiempo y deben participar de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, antes de poder comprender la verdadera identidad de Jesús y su misión salvadora, entonces ya no podrán callar, deberán dar, más bien, abierto testimonio.
Esta es ahora nuestra tarea, dar testimonio de lo que descubrimos en esta fiesta: la verdadera identidad de Jesús y su misión, para lo cual escuchemos Su Palabra y con la fuerza del Espíritu hagámoslo realidad. Es urgente escuchar más a Jesús.
Fr. Carlos Oloriz Larragueta O.P. Convento de la Virgen del Camino (León)
Os iré reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y os traeré a Sión
El contexto histórico que vive el profeta Jeremías es desolador: Israel, primero el reino del Norte y luego el Reino del Sur, es conquistado y sus habitantes deportados. En este ambiente, Jeremías nos presenta la relación de con Dios, en términos de relación de amor matrimonial. Una relación en la que Israel, poco a poco, ha ido alejándose de Dios, yéndose detrás de otros dioses. Las consecuencias serán desastrosas: Jerusalén es destruida y sus gentes obligadas a dejar su tierra y vivir en el exilio.
En medio de esta situación tan dura, el mensaje del profeta en este día está cargado de esperanza: Dios invita a su pueblo a la conversión, a volver a Él; un volver en el que será el mismo Dios quien “traiga”, “reúna” a aquellos que se alejaron, proporcionándoles buenos pastores, buenos guías. Jerusalén se convierte en el signo de la presencia de Dios, en torna a quien se forma el nuevo pueblo que reunirá a todas las naciones.
Dejemos que también resuene en nuestro corazón, que con frecuencia se desorienta y se aleja del Señor, sus palabras de ánimo, las palabras que nos dirige desde el amor fiel que nos tiene: “volved” “yo soy vuestro dueño” “os reuniré” “os traeré” “os daré pastores, según mi corazón” “os multiplicareis y creceréis en vuestro país.” A través de ellas, Dios tira de nosotros, nos atrae hacia sí y nos conduce hacia nuestro hogar, que Él siempre habita.
El que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno
Jesús, en esta parábola compara la vida de la persona con distintos tipos tierra. La metáfora de la tierra, era fácil de comprender para la gente que en su época le escuchaba, muchos habituados a las tareas del campo; no sé si a muchas personas hoy, con menos trato con la tierra, nos resultará tan cercana.
Por eso detengámonos, para poder comprenderla mejor, en el milagro del crecimiento de una semilla; cómo a partir de un solo un grano, puede producirse un crecimiento de hasta el ciento por uno, como nos cuenta la parábola.
Cuando contemplamos, por ejemplo, un trigal en plena época de cosecha, quizás no apreciamos la pequeñez de los comienzos, no descubrimos la pequeña semilla enterrada en el surco, que durante meses estuvo oculta.
En la parábola que nos cuenta Jesús, esta semilla es la Palabra de Dios, capaz de hacer del campo que somos cada un jardín lleno de frutos, lleno de vida. Una semilla que Dios ha plantado en nosotros, independientemente de la tierra que seamos. En el relato Jesús quiere hacernos conscientes de que este proceso de germinación y crecimiento, es un proceso que se realiza en el interior de cada uno; es necesario estar atentos a él a través de tres actitudes fundamentales: la escucha, como apertura del corazón a acoger la Palabra; vivir desde lo hondo, desde la profundidad y no desde la superficie; trabajarnos por dentro, abordando y enfrentando todo lo que ahoga la vida de Dios en nosotros y poco a poco nos va minando, nos va secando, nos va agotando.
Pero también la parábola nos abre a la esperanza y a la alegría, porque la Palabra de Dios está ahí, en medio de nuestro mundo, plantada en cualquier rincón de la historia; porque existe la promesa del treinta, sesenta, ciento por uno; porque el Reino es una realidad que supera siempre nuestras expectativas.
Hna. María Ferrández Palencia, OP Congregación Romana de Santo Domingo
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13,1-9
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga».
Reflexión del Evangelio de hoy
No tengas miedo, yo estoy contigo
El texto que la liturgia nos presenta hoy nos narra la llamada del profeta Jeremías, sus luchas a la hora de responder y la misión que se le encomienda. Dios lo elige antes de ser engendrado y lo consagra antes de nacer. Lo nombra profeta de los gentiles y él, sobrecogido de temor y temblor, se escuda en que no sabe hablar por su corta edad. Del mismo modo, Dios nos elige, nos consagra por el bautismo, y tiene para cada uno de nosotros su proyecto para que colaboremos con Él en su Plan de Salvación. ¿En qué nos escudamos nosotros ante su llamada? ¿Cuáles son nuestras resistencias para responder y seguir su proyecto?
Las escusas del profeta se ven desmontadas por Dios y con la imposición de: Donde te envíe irás, y lo que yo te mande lo dirás. La obediencia es requisito indispensable en la misión profética y en el discipulado. ¿Cómo es nuestra obediencia? ¿Vivimos a la escucha de su Palabra? ¿Vivimos el “HÁGASE TU VOLUNTAD” o sólo lo decimos de palabra?
El Señor es fiel y no nos abandona, está con el profeta para librarlo y también con cada uno de nosotros. Nos invita a la confianza y nos asegura que ha puesto su Palabra en nuestros labios y en nuestros corazones.
Por último, el Señor le muestra al profeta la misión: Te establezco sobre pueblos y reyes para arrancar y arrasar, para destruir y demoler, para edificar y plantar. También a nosotros nos pide arrancar y arrasar todo lo que nos impide seguirle fielmente; destruir y demoler los ídolos y las falsas imágenes que tenemos de Dios; edificar y plantar nuestra vida en el único cimiento: Jesucristo (1Cor 3, 11)
La semilla cayó en tierra buena y dio fruto
El Evangelio de hoy está formado por dos partes: por un lado la introducción al discurso parabólico de Jesús que contiene siete parábolas, y por otro, se nos narra la primera parábola que es la del sembrador.
Ésta es una parábola que el mismo Jesús explica en los versículos 18 al 23 de este capítulo 13. Cristo es el sembrador y la semilla es su palabra que Él siembra con abundante generosidad. Nosotros somos la tierra que recibe esa Palabra y sí, la recibimos, pero no siempre la acogemos ni siempre lo hacemos de la misma manera. A veces nuestra tierra está endurecida por los golpes de la vida o la indiferencia. Otras veces está agobiada por los afanes y las preocupaciones y tampoco es bien acogida. Tenemos que procurar vivir más en sintonía con el Sembrador y su Palabra, limpiando y liberando nuestra tierra de pedruscos y malezas, regándola en la oración con la lluvia del Espíritu, y así podremos dar el fruto que el Sembrador espera y desea.
Oración
Señor, aquí estoy. Abro mi vida y mi corazón a tu Palabra. Hágase en mí tu voluntad. A ti me acojo. Sé tú mi roca de refugio pues sabes que soy pobre y débil y me acecha el mal y la tentación. Tú eres mi esperanza y mi confianza. En el vientre materno ya me apoyaba en ti y Tú me sostenías. Instrúyeme, guíame para que aprenda tus mandatos y mi vida sea testimonio de que haces obras grandes en los que se ponen confiadamente en tus manos. AMÉN
El texto del evangelio de Marcos es la versión primitiva de la presencia de Jesús en su pueblo, Nazaret, después de haber recorrido la Galilea predicando el evangelio. Allí es el hijo del carpintero, de María, se conocen a sus familiares más cercanos: ¿de dónde le viene lo que dice y lo que hace? Lucas, por su parte, ha hecho de esta escena en Nazaret el comienzo más determinante de la actividad de Jesús (cf Lc 4,14ss). Ya sabemos que el proverbio del profeta rechazado entre los suyos es propio de todas las culturas. Jesús, desde luego, no ha estudiado para rabino, no tiene autoridad (exousía) para ello, como ya se pone de manifiesto en Mc 2,21ss. Pero precisamente la autoridad de un profeta no se explica institucionalmente, sino que se reconoce en que tiene el Espíritu de Dios.
El texto habla de «sabiduría», porque precisamente la sabiduría es una de las cosas más apreciadas en el mundo bíblico. La sabiduría no se aprende, no se enseña, se vive y se trasmite como experiencia de vida. A su vez, esta misma sabiduría le lleva a decir y a hacer lo que los poderosos no pueden prohibir. En el evangelio de San Marcos este es un momento que causa una crisis en la vida de Jesús con su pueblo, porque se pone de manifiesto «la falta de fe» (apistía). No hace milagros, dice el texto de Marcos, porque aunque los hiciera no lo creerían. Sin la fe, el reino que él predicaba no puede experimentarse. En la narrativa del evangelio este es uno de los momentos de crisis de Galilea. Por ello el evangelio de hoy no es simplemente un texto que narra el paso de Jesús por su pueblo, donde se había criado. Nazaret, como en Lucas también, no representa solamente el pueblo de su niñez: es todo el pueblo de Israel que hacía mucho tiempo, siglos, que no había escuchado a un profeta. Y ahora que esto sucede, su mensaje queda en el vacío.
Sigue siendo el hijo del carpintero y de María, pero tiene el espíritu de los profetas. Efectivamente los profetas son llamados de entre el pueblo sencillo, están arrancados de sus casas, de sus oficios normales y de pronto ven que su vida debe llevar otro camino. Los suyos, los más cercanos, ni siquiera a veces los reconocen. Todo ha cambiado para ellos hasta el punto de que la misión para la que son elegidos es la más difícil que uno se pueda imaginar. Es verdad que el Jesús taumaturgo popular y exorcista es y seguirá siendo uno de los temas más debatidos sobre el Jesús histórico; probablemente ha habido excesos a la hora de presentar este aspecto de los evangelios, siendo como es una cuestión que exige atención. Pero en el caso que no ocupa del texto de Marcos no podemos negar que se quiere hacer una “crítica” (ya en aquél tiempo de las comunidades primitivas) a la corriente que considera a Jesús como un simple taumaturgo y exorcista. Es el profeta del reino de Dios que llega a la gente que lo anhelaba. En esto Jesús, como profeta, se estaba jugando su vida como los profetas del Antiguo Testamento.
“ El que no está contra nosotros, está a favor nuestro ”
El Evangelio de hoy nos presenta una situación que seguro a Jesús le hizo sonreír, al ver que sus discípulos no se habían enterado de nada. Esta actitud de los discípulos de creerse los especiales, los únicos poseedores de la verdad, con exclusividad para hacer cosas por el Señor… es un modo muy humano de pensar y que, por supuesto no está en sintonía con el mensaje de Jesús, Él ha venido a salvar a todos, su enseñanza y misión no tiene muros ni fronteras.
Cuando estamos pendientes de los otros, no para aprender de ellos sino para compararlos, eso hace que nuestra tarea apostólica pierda autenticidad y además es un atentado real a la unidad de la Iglesia. Ser verdaderos discípulos es no tener una mirada estrecha sino amplitud de miras, es saber reconocer los destellos de verdad que hay en todas las cosas y amarlas. Alejar de nuestro corazón la envidia y el creernos superiores; dejad que lo demás hagan su apostolado sin compararnos.
En la Iglesia la unidad nunca es uniformidad, por eso hay muchos carismas y muchas formas de vivir el mensaje evangélico. Los hombres no podemos abarcar la totalidad del misterio de Cristo, nos necesitamos unos a otros. Todos formamos el cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, por eso no debemos ver una amenaza en las distintas formas de apostolado, sino una riqueza para gloria de Dios. Lo importante es estar unido a Cristo y ser fieles al magisterio y tradición de la Iglesia, el modo como se hagan las cosas es secundario, todo contribuye a la edificación de la Iglesia.
Seamos constructores con nuestras palabras y nuestras obras.
Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven
Parece ser que en concilio Vaticano II los padres conciliares no tuvieron a bien, aunque fue solicitada, proclamar a María Madre de la Iglesia. Pero una vez finalizado concilio, Pablo VI instituyó esta celebración.
La lectura que se propone para el comentario, nos envía al primer libro de la Sagrada Escritura, y al inicio de ese libro. Es un intento de establecer la relación entre la madre de la humanidad y la madre de la Iglesia. A la madre de la humanidad se la presenta en el momento que atrae la calamidad para todo el género humano. Aunque dando un salto de varios versículos, la lectura termina con la proclamación de Eva, como la madre de todos los vivientes. La liturgia al presentar este texto quiere ver en “la nueva Eva”, a María la nueva madre de todos los vivientes. No solo de la Iglesia.
Ahí tienes a tu madre
La liturgia señala para esta celebración ese texto evangélico. Entiende que cuando en la cruz Jesús encomienda al discípulo amado, Juan, a su madre, encomienda a toda la Iglesia, entonces en plena infancia. Así se ha considerado a lo largo de la historia. Más aún, es la nueva Eva, la nueva madre de la humanidad.
Esa visión del texto implica dar sentido pleno y más amplio a lo que podría ser una preocupación de Jesús por el joven Juan, tan unido a é: le encomienda a María. A su vez, ve la soledad de su madre y quiere que la supere conviviendo con Juan en la misma casa. Se ayudarán mutuamente a superar la ausencia del hijo y el amigo entrañable.
La figura maternal de María ha sido reconocida por el pueblo de Dios a lo largo de los tiempos. Madre de cada uno, así la consideramos los cristianos. Pero la proclamación de Madre de la Iglesia, da un sentido más amplio, más institucional a esa maternidad. Sin que lo institucional, limite el afecto propio de la maternidad, sino más bien lo consolide. Sabemos que somos Iglesia de Cristo, no de María. Pero María ocupa en la Iglesia el lugar de la hermana mayor que hace de madre, porque lo fue de quien es el fundador, su centro y razón de ser.
Sí es necesario, y ahí hemos de centrar nuestra reflexión, que nos preguntemos si esa maternidad institucional, la vivimos cada uno. Si sentimos a María como la madre que nos conduce a Jesús. Si cada uno la hemos recibido en nuestra casa, como Juan. Esa casa que, ante todo, es nuestro mundo interior, o sea: nuestros afectos, nuestros propósitos, nuestros compromisos más esenciales. Hemos de llegar a que la maternidad de María sobre la Iglesia, genere en cada cristiano la conciencia de que vivimos entre hermanos, hijos de la misma madre, y a relacionarnos como tales. ¿Sabemos convivir así en nuestra Iglesia?
Fray Juan José de León Lastra O.P. Convento de Santo Domingo (Oviedo)