Evangelio del día

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

No tengo plata ni oro

El relato de esta primera lectura es muy vivo y lleno de contrastes. Lo primero que salta a la vista es el contraste entre movimiento y parálisis: un paralítico de nacimiento que es llevado y colocado junto a una puerta, un lugar de paso. Este hombre que estaría raquítico, con los huesos entumecidos, la masa muscular totalmente perdida, sin moverse desde el nacimiento, nos está hablando de las parálisis interiores que todos tenemos y que nos impiden vivir una vida con dignidad.

Lo segundo que llama la atención es el sentido de su vida, pedir limosna, frente a la absoluta libertad de Pedro y Juan. Así pasa su vida, mendigando a los que sí pueden moverse, esperando recibir algo. Es lo que nos pasa si el sentido de nuestra vida lo ocupan las parálisis del corazón y del alma, nos pasamos la vida mendigando que otros nos den sentido. ¡Qué vida más triste!

Sin embargo, la resurrección se hace presente en el Nombre de Jesús. Y el movimiento irrumpe en la vida del paralítico como un volcán. Pedro y Juan no tienen “ni oro ni plata”, sólo tienen a Jesús y eso es lo que dan y junto a Él le devuelven al hombre la capacidad de levantarse, es decir, de resucitar y entrar al templo a relacionarse con Dios y con los hermanos. A partir de ahí todo es alegría, alabanza, admiración. Ojalá podamos vivir nuestra vida así, resucitados, y pasarla alabando y dando gracias a Dios por todas las resurrecciones que ha obrado en nuestra vida.

¿No ardía nuestro corazón?

El Evangelio de los discípulos de Emaús es un texto riquísimo en imágenes, que no podemos dejar pasar de largo; por eso hoy es un día para meditar tranquilamente en cada frase, en cada palabra y sacar las consecuencias para nuestro propio camino de Emaús.

Dos discípulos, uno se llama Cleofás, ¿y el otro? El otro discípulo eres tú, Juan, María, Pepe, Marta, Antonio, Dolores… Se hacían preguntas, estaban ofuscados y no eran capaces de reconocer la realidad. Así vivimos muchas veces, ofuscados con nuestras cosas, sin parar de darle vueltas a las cosas, perdiendo la distancia necesaria para ser objetivos y darnos cuenta de que los caminos de Dios no son nuestros caminos.

Los dos hablan en pasado, “esperábamos, no encontraron, decían que está vivo, no lo vieron”. La desesperanza ha entrado de lleno en su corazón y por eso se vuelven a su vida de antes, ya no les interesa este Jesús libertador de Israel que les ha fallado. ¡Qué bien refleja nuestra poca fe y torpeza para comprender la historia de salvación que Dios hace con cada uno de nosotros! En cuanto las cosas no salen como queremos, abandonamos y nos volvemos a enfrascar en nuestros pequeños proyectos humanos.

Y nuevamente dos realidades nos devuelven al centro: la Palabra y la Eucaristía. La Palabra de Jesús que explica, que hace arder, que devuelve la esperanza; y la Eucaristía, pan compartido que abre los ojos del alma para reconocer lo que ya estaba presente.

El camino de vuelta no se hace pesado, en aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a la comunidad, de donde nunca tenían que haber salido. Cuando una comunidad pone en el centro a Dios, presente en las Escrituras y la Eucaristía, puede hacer la experiencia del Señor Resucitado que está siempre presente donde se reúnen los hermanos. No abandonemos nunca la comunidad, no dejemos de escuchar y meditar la Palabra de Dios y nunca dejemos de participar en la fracción del pan.

¿Conoces tus parálisis interiores y a qué actitudes te llevan? ¿Pasas la vida pidiendo limosnas? ¿Qué actitud interior adoptas ante eso que te paraliza?

¿Abandonas la comunidad cuando las cosas no salen como a ti te gustan, cuando los planes de Dios son diferentes de los tuyos?

¿Tienes la lectio divina como eje de tu vida de fe y la eucaristía como el centro de tu vida?

Sor Inmaculada López Miró, OP
Monasterio Santa Mª de Gracia, Córdoba


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