Reflexión del Evangelio de hoy
El milagro del encuentro con Jesús
Esta primera lectura nos relata momentos buenos para la iglesia, momentos en los que gozaba de paz, y “se multiplicaba animada por el Espíritu Santo”, e iban aumentando los seguidores de Jesús.
Pedro “recorría el país” predicando el evangelio y realizando también milagros. Dos de ellos nos relata esta lectura. Cura, en primer lugar, al paralítico Eneas devolviéndole el normal movimiento corporal. “Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón y se convirtieron al Señor”.
En segundo lugar, con relato amplio y pormenorizado, devuelve la vida a la discípula Tabita. “Se arrodilló, se puso a rezar y dirigiéndose a la muerta dijo: “Tabita, levántate. Ella abrió los ojos y al ver a Pedro se incorporó”.
En iglesia de hoy no se producen muchos milagros del tipo de los reseñados, donde lo importante es la curación de tipo físico. Pero no es verdad que en nuestro tiempo no de produzcan milagros. Jesús, principalmente a través de sus predicadores, sigue llamando a la puerta de muchas personas para que se produzca el milagro de que le dejen entrar y ser el dueño y Señor de sus corazones para que caminen por el camino de la vida y de la salvación. Se sigue produciendo el milagro del encuentro con Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Son las locuras del amor.
Señor, ¿a quién vamos a acudir?
Poco antes del relato evangélico de hoy, oímos a Jesús decir: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día… El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él”.
A muchos de sus discípulos estas palabras les parecieron exageradas: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Y algunos dejaron de seguirle.
Pero Jesús no rebaja sus palabras. Él ha venido a amarnos y amarnos hasta el extremo. Bien sabe que el amor lleva consigo siempre el deseo de unión con la persona amada. Y eso es que quiere Jesús con nosotros, la unión vital con él. Y justamente para eso, y porque tiene poder para ello, no en vano es Dios, inventa la eucaristía haciendo del pan y del vino eucarísticos su cuerpo y su sangre para que nosotros lo podamos comer y beber. Y se produzca así la intensa unión vital am amorosa con él. Son los milagros y las locuras del amor.
Esta fue la reacción de Jesús ante los doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Desde el fondo de nuestro corazón agradecido, queremos responderle robando a Pedro su respuesta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Y pedirle que nos haga ser fieles a nuestras palabras.
Fray Manuel Santos Sánchez O.P.
Convento de Santo Domingo (Oviedo)
