Reflexión del Evangelio de hoy
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»
Impulsados por el Espíritu Santo, los apóstoles dan testimonio de Jesús ante las autoridades judías. Y no tienen miedo. La Pascua no es para ellos solo un acontecimiento espectacular que les manifiesta que Cristo está vivo y que ha vencido definitivamente a la muerte. El acontecimiento de Pentecostés les manifiesta que Jesús no solo está de nuevo con ellos, sino también en ellos, en lo más profundo de su corazón.
La experiencia de Dios hace que nuestra fe sea viva y actuante y que, a pesar de las dudas y miedos, podamos percibir una certidumbre honda que da valor y sentido a nuestras decisiones incluso cuando éstas constituyan un riesgo vital.
Los apóstoles ciertamente tenían miedo, les preocupaba lo que les podía pasar, pero algo (y sobre todo Alguien) más fuerte que ellos mismos los animaba en una empresa que les llenaba de alegría y esperanza. Estaban viviendo de una manera nueva la propia Pasión de Cristo en sus carnes y esto desarmó a sus oponentes que pensaban que todo aquel movimiento mesiánico había concluido.
«El que Dios envió dice las palabras de Dios»
El texto del Evangelio de San Juan está en clara relación con la primera lectura de los Hechos. Jesús es el Señor del Espíritu por antonomasia. Él dice y hace presente a Dios de una manera absoluta y definitiva. En la teología del cuarto evangelista, en la persona de Jesús se patentiza de manera diáfana el rostro de Dios. Con Él comienza ya para los hombres la Vida Eterna.
La clave está en recibir en toda su plenitud este testimonio mediante la fe, no quedarse “en la tierra”, no percibir solo en su Palabra palabras de hombre que pueden ser importantes, incluso benéficas, pero a las que les falta la plenitud del Espíritu. Es lo que dijo Pedro a Jesús cuando les preguntaba a los discípulos sobre su identidad y si también querían abandonarle como otros tantos: “¿Adónde vamos a ir? Solo Tú tienes palabras de Vida Eterna” (Jn 6, 68).
Solo en Dios podemos encontrar la Verdad, el auténtico sentido de la vida. Para esto vino Jesús, el Señor del Espíritu, ese Espíritu que derramó en su último aliento de vida desde la cruz, un aliento de amor profundo, trascendente, inmortal, vivificador que nos hace confesarle como Señor y nos anima a vivir en eternidad ya en esta vida.
Texto para la reflexión
“La razón de ser del cristianismo es ante todo el mostrarnos que hay un sentido para nuestra vida. Nuestra vida está orientada hacia un fin último. A pesar de todo lo absurdo y todos los sufrimientos que podamos soportar, este sentido tiene la última palabra. Quizás aún no seamos capaces de contar la historia de nuestra vida o la de la humanidad, pero nuestra esperanza es que un día se descubra que todo lo que hemos sido o lo que hemos vivido tiene sentido”.
D. Carlos José Romero Mensaque, O.P.
Fraternidad “Amigos de Dios” de Bormujos (Sevilla)
