Evangelio del día

Evangelio del jueves 8 de septiembre de 2022

Padre Pedro Brassesco

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-23

La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta:
«Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”».

Reflexión del Evangelio de hoy

Natividad de Nuestra Señora

Celebramos hoy una de las fiestas más populares de María, la fiesta de su nacimiento. Hoy habrá momentos emotivos en los muchos santuarios que se extienden por toda la geografía. Es un buen motivo para participar en romerías, peregrinaciones, encuentros en torno a los santuarios donde se venera su imagen. Celebrarlo en esos lugares tiene un significado especial. Nos enlaza a tradiciones que han dado sentido al vivir de las gentes y nos remonta a siglos de historia donde María ha tenido una presencia relevante. La piedad popular encuentra en todo ello una canalización de la fe que recuerda costumbres religiosas muy arraigadas en nuestras tierras.

Es una antigua fiesta que podría remontarse al siglo V. El calendario romano conmemora tres fiestas de la natividad: la Natividad de Jesús, el Hijo de Dios (25 de diciembre, Navidad); la de San Juan Bautista (24 de junio) y la de la Santísima Virgen María, el 8 de septiembre

Las lecturas de este día pueden facilitarnos el vivir de forma especial la eucaristía en este recuerdo del Nacimiento de la Virgen María.

Él mismo será la paz

Miqueas, siglo VIII a. C., profetizó en momentos duros para el pueblo de Dios, donde Asiria se iba apoderando de gran parte de Judá hasta llegar a las puertas de Jerusalén. Son tiempos desconcertantes para el pueblo, donde no se excluye la corrupción, la injusticia y la falsa religiosidad. Todo ello es manifestación de la infidelidad al Dios de la Alianza que siempre reclama la justicia. Ante una situación de esas características, Dios no permanece callado. La voz del profeta va a increpar, en su nombre, al pueblo a fin de reconducir su conducta. Miqueas fustiga a los príncipes y jueces, recrimina a los falsos profetas y malos sacerdotes y anuncia que el Templo será destruido en castigo de sus maldades.

Tras los primeros capítulos de su libro, donde el profeta ha increpado al pueblo por sus infidelidades, el texto sigue diciendo que “el Señor abandonará a su pueblo hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz”. Y ahí recordamos el texto de Isaías en esa misma línea: «He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo». (Isaías 7:14).

Es el anuncio de algo que supone abrir una puerta a la esperanza. Es el anuncio de que, en Belén, pequeña población entre las ciudades de Judá, surgirá alguien que ha de ser “soberano de Israel”. La pequeñez de ese pueblo no es óbice para que de ella salga el Mesías, de donde mucho tiempo atrás había surgido David, el gran rey del pueblo de Dios.

Esa promesa hecha al pueblo, será el que recuerden los sacerdotes a Herodes cuando les pregunte por el lugar del nacimiento del Mesías.

La tradición cristiana ha visto en este pasaje de Miqueas el anuncio del nacimiento de Jesús en Belén. Ese que ha de llegar será portador de la paz “porque pastoreará a su pueblo con la fuerza del Señor”.

De ese rey que se anuncia hay que destacar su origen humilde, semejante al origen de David. Él reconstruirá al pueblo desunido y en él aparecerá la gloria de Dios que velará por su pueblo. Ese rey anunciado tiene como nombre la misma paz.

Si miramos nuestra realidad actual, también nosotros vivimos tiempos de inseguridad y desesperanza, tiempos de incertidumbre y desasosiego. El contemplar la historia del pueblo de Israel, en ese momento del profeta Miqueas, puede ayudarnos a descubrir la mano de Dios en nuestros días. En estos tiempos nuestros de tanta desesperanza es conveniente levantar la vista para saber descubrir a ese Dios que nunca nos abandona, pese a todos los contratiempos con los que nos topamos y, porque nos ama, sigue junto a nosotros. Eso nos testifica Jesús, su Hijo.

En los tiempos de oscuridad la fe puede conducirnos por caminos de esperanza. Pese a todos los contratiempos e infidelidades Él sigue ofreciendo su amor.

Hay un punto importante que no podemos olvidar. La lectura de Miqueas ha de servirnos para meditar en la fidelidad y la misericordia de Dios. Entre esas bondades hoy destacamos el regalo de María que es para todos, motivo de alegría, también de agradecimiento.

La virgen concebirá y dará a luz un hijo

La gran profecía anunciada por los profetas y anhelada por el pueblo de Israel, a lo largo de los siglos, se orienta a la llegada del Mesías. Es el punto final de un camino que estuvo salpicado por la esperanza de que, pese a todas sus infidelidades, Dios no abandonaría a su pueblo, sino que enviaría a quien establecería una Nueva y definitiva Alianza. María va a tener un especial protagonismo al convertirse en la madre de esa gran promesa, Jesús. Ella es esa “virgen que concebirá y dará a luz un hijo”, tal como anunció Isaías.

El hecho de su nacimiento es lo que hoy celebramos. Desde antiguo esta fiesta, posiblemente desde el siglo V en Oriente, ha sido una llamada a recordar el comienzo de su historia. Lo que sabemos de su vida más allá de los textos evangélicos, lo sabemos por el protoevangelio apócrifo de Santiago. Los evangelios no nos cuentan nada del acontecimiento que hoy conmemoramos. La presencia de María en los textos sagrados está toda orientada a Jesús, el Hijo de Dios. Por eso, no necesitamos datos concretos del contexto de lo que fue su llegada a este mundo. Sabemos lo que definió su vida: su entrega y fidelidad al plan de Dios para que se hiciera en ella lo que la Palabra del Señor pedía. De esa entrega y fidelidad surge todo lo que significa María en la historia de la salvación.

El evangelio nos habla del nacimiento de Jesús en medio de una familia sencilla que pone frente a nosotros a María y a José. María con su seguridad de haber respondido a la petición de Dios para traer al mundo a Jesús y a José con sus dudas e incertidumbres ante lo desconocido. Ellos ofrecieron a Jesús el marco para desarrollar su vida en Nazaret y recibir lo que todo hombre que llega a este mundo necesita: amor hecho de ejemplos concretos de vida.

El comienzo de todo nos retrotrae al acontecimiento fundamental en la vida de María que no es otro que la Anunciación. María es contemplada como el mejor ejemplo de lo que significa vivir en cristiano. Ella es madre y discípula; ella es modelo de disponibilidad y entrega a la voluntad de Dios. Su “hágase en mi según tu palabra” es una manifestación plena de confianza en Dios a quien entrega su vida.

La fiesta de su nacimiento nos recuerda que la Virgen María vino al mundo sin pecado original; por eso es pura, santa y así recibirá al autor de la gracia dispuesta de la forma más digna para acoger a Jesús, para ser la madre de Dios hecho hombre.

Celebrar la natividad de la Virgen María nos sitúa ante la figura de la Madre del Señor, para aprender a estar disponibles, para acoger y aceptar lo que Dios tiene reservado a cada uno, asumiendo con todas las consecuencias, nuestra aportación a la obra de la salvación.

San Juan Damasceno (675-749) predicó, un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana, en Jerusalén, un hermoso sermón que sirve de colofón a este comentario:
“¡Ea, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el Universo. Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo. Ésta escuchó la sentencia divina: parirás con dolor. A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, llena de gracia!”.

Alabemos a Dios por su misericordia. Ensalcemos a María, madre nuestra por su generosidad al aceptar ser la Madre del Salvador y madre nuestra.

Fray Salustiano Mateos Gómara O.P.
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

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