Evangelio del día

Evangelio del miércoles 21 de diciembre de 2022

Padre Pedro Brassesco

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se levantó y puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

Reflexión del Evangelio de hoy

Levántate, amada mía, hermosa mía y vente

El autor del Cantar de los Cantares es un poeta inspirado que quiere cantar al amor. Ignoramos cuándo y dónde compuso su obra; la tendencia actual es situarla en el post-exilio, tal vez el s. II a.C. ¿Trata el Cantar del amor divino o del amor humano? Esta ha sido la eterna pregunta a la que han tratado de responder los exégetas, sin embargo, no podemos olvidar que el amor es el símbolo más elocuente y digno para hablar de Dios: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16).

El texto que nos presenta la liturgia pertenece al segundo poema del Cantar (2,8-3,5). El canto anterior terminaba evocando la felicidad de la presencia mutua. Éste se abre presuponiendo que el amado ha desaparecido, por eso ella declara: «Oigo a mi amado, que está llegando”. Junto a esta actitud expectante encontramos la llamada del amado: “Levántate, amada mía, hermosa mía, ¡ven!”. Ambos, en un diálogo amoroso, aparecen en posición de movimiento el uno hacia el otro; mientras ella espera ilusionada la llegada de su amado, él la llama a su encuentro. Junto a esta tensión, ante el posible encuentro amoroso, encontramos la explosión de vida, del despertar de la naturaleza que trae de nuevo la primavera. El frescor de un mundo de colores, de aromas, vibrando en promesas de vida, impregna todo el poema.

El canto ha sido leído por la tradición como esa experiencia de la presencia-ausencia de Dios que llama a su encuentro. La actitud del llamado es la de una espera atenta y expectante ante el Dios que está llegando.  “Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino” dirá Tagore en su Ofrenda Lírica. ¿En este tiempo de Adviento me sitúo en espera atenta y vigilante de Aquel que va a llegar?

Lo que ha dicho el Señor se cumplirá

Tras el encuentro con el ángel Gabriel, María se pone en camino con prontitud a una ciudad de Judá y entra en casa de Zacarías.  Ella percibe la invitación a salir de sí misma, de su ciudad, de su paisaje conocido, para ser portadora de Gran Buena Noticia: Dios se ha hecho uno de nosotros.

Los anuncios de Dios siempre dinamizan encuentros e incitan a hacer saludos “pro-vocativos”. Al saludar María a Isabel, el niño salta de gozo en el seno de su madre como hiciera David durante el traslado del arca de la Alianza que “iba danzando delante del arca con gran entusiasmo” (2 Sm 6,5), e Isabel se llena de Espíritu Santo. Ambos, madre e hijo, quedan impactados por el encuentro. María es arca de la nueva Alianza y el salto de alegría del niño es expresión del gozo de los tiempos mesiánicos.

María es saludada por Isabel de acuerdo a su nueva condición: “Bendita entre las mujeres” con una frase que recuerda la bendición dirigida a grandes mujeres como Yael (Jc 5,24) o Judit (Jdt 13,18) en sendos cánticos por sus hazañas grandiosas en favor del pueblo.  Al llamarla “la madre de mi Señor” (v.43), Isabel afirma que María es la madre de aquel a quién Dios ha constituido Mesías y Señor.

María es invocada también como “bienaventurada”, dichosa por su fe, por haberse fiado de la palabra del mensajero del Señor, por confiar en que Dios siempre cumple su Palabra. Así aparece como icono de todo creyente, de todo discípulo, de todo aquel que se fía de la Palabra del Señor. Por eso, en ese momento, María estalla de alegría y proclama su Magníficat de acción de gracias al Señor. ¿Experimento yo el gozo al sentir cerca la presencia del Señor? ¿Se me podría también llamar “dichoso/dichosa” porque creo que la Palabra que Dios me dirige cada día se va a cumplir?

Hna. Mariela Martínez Higueras O.P.
Congregación de Santo Domingo


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