Evangelio del Día

Padre Pedro Brassesco

Evangelio del día MArtes 23 de Agosto

Lectura del santo evangelio según san Mateo 23, 23-26

En aquel tiempo, Jesús dijo:
«Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad!
Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera».

Reflexión del Evangelio de hoy

Una esperanza activa

La segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses habla sobre el tema de la segunda venida del Señor, que en aquellos primeros años del cristianismo mantenía la esperanza de muchos de los que se iban incorporando a las comunidades. La expectativa era grande y también se difundían noticias erróneas sobre el regreso ya efectivo de Jesucristo, incluso que Pablo ya se había reunido con Él. El texto alerta sobre la falsedad de esas afirmaciones y cómo lo importante no es perderse en rumores ni actitudes alarmistas, sino mantenerse centrados en el Evangelio y en vivir coherentemente con la fe recibida.

La carta previene a la comunidad de Tesalónica: “Que nadie en modo alguno os desoriente. Dios os llamó por medio del evangelio que os predicamos”. Igual que los discípulos esperaron muchas veces que Jesús se manifestara como el mesías poderoso, y los primeros cristianos confiaban en que pronto vendría de nuevo el Señor e implantaría su Reino definitivamente, a nosotros nos tienta también la esperanza basada en un Dios que se revele triunfante sobre todo mal. No es fácil ser cristiano con una esperanza activa, coherentemente con el Evangelio, y resistirse a esperar recetas fáciles o alguna especie de superhéroe que nos resuelva tantos problemas, desgracias y el mal del mundo. Es más sencilla una fe pasiva, dejarse llevar por otros, evadirse del compromiso de amar, que es mucho más exigente personal y comunitariamente.

El bien es posible con actos de bondad, lo mismo que el amor requiere personas que amen, y la esperanza se alcanza con actos concretos que la hagan posible. El amor de Dios es el que nos centra y nos da ánimo y fuerza para “toda clase de palabras y obras buenas”.

Cuidar lo verdaderamente importante

El texto del evangelio de Mateo es duro y muy claro. Las falsas apariencia, las componendas para el propio beneficio, el abuso de autoridad y la injusticia no tienen nada que ver con lo que Jesús enseña ni con la Ley  judía. Jesús se presenta como el profeta que denuncia a los escribas y fariseos hipócritas, pero Mateo va más allá y resalta cómo esos que se dicen maestros no son los que verdaderamente enseñan la verdad, sino que el único Maestro es Jesús. Y utiliza, en este último de los cinco discursos de Jesús, el género de la polémica. Es como un gran debate y los siete ayes recrudecen los argumentos de Jesús. El fin es dejar en evidencia a aquellos que solamente se dedican a interpretar los textos de la Ley, a cumplirlos ellos con mucha ridiculez e intereses, y a exigir que los demás los cumplan hasta la extenuación especialmente los más débiles e indefensos. Es genial la comparación: “¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!”. De los animales declarados impuros en la ley mosaica, el mosquito es el más pequeño y el camello el más grande.

La invitación es clara, no hay que seguir a aquellos maestros que se desautorizan a sí mismos con su actitud y testimonio de vida, sino al verdadero Maestro, que es Jesús. ¿Y por qué, qué hace Jesús? Jesús cuida lo verdaderamente importante, la dignidad de todo ser humano, el amor misericordioso de un Dios que es Padre, “el derecho, la compasión y la sinceridad”.

Hoy celebramos a Santa Rosa de Lima, joven dominica de la ciudad de Lima en los tiempos coloniales, patrona de América. Quisiera destacar una frase del proceso de canonización: “el amor de Dios la hacía gustar en la oración una dulzura que compensaba la amargura que le producía el conocimiento del mal y del pecado”. Tener fe no es cerrar los ojos a la realidad, sino mirarla con los ojos misericordiosos de Dios. Y eso solamente es posible cuando se gusta en la oración el amor mismo de Dios. No se hace en un día ni en un momento de fervor, los grandes místicos como Rosa de Lima nos enseñan que cuidar la vida espiritual es tarea de toda la vida y de cada uno de sus días, saberse amados por Dios con ese amor suyo, el más puro y generoso, el que crea y recrea porque todo lo que hace “es bueno”. Desde ahí se puede atisbar un poco más en qué consiste eso de ser coherentes con nuestra fe, porque iremos aprendiendo cada vez más a dejar nuestro amor tantas veces egoísta y herido, y amar más con el amor de Dios. Es valiente y fuerte la pureza y dulzura del amor y la fe de Rosa de Lima, se alimenta del amor de Dios.

Hna. Águeda Mariño Rico O.P.
Congregación de Santo Domingo

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