Evangelio del día

Evangelio del sábado 18 de junio de 2022

 No podéis servir a Dios y al dinero 

Paqdre Pedro Brassesco

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6,24-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso.
Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».

Reflexión del Evangelio de hoy

Abandonaron la casa de Yahveh, el Dios de sus padres

La lectura del segundo libro de las Crónicas nos presenta una radiografía de a lo que puede llegar el corazón del ser humano dejado llevar por los intereses personales. Llegamos a la sin razón movidos por la ceguera, y el horizonte que se nos muestra es la desolación que provocan las guerras. Algo que hoy día tenemos tan presente en Europa, con el sin sentido de la guerra en Ucrania. Se nos presenta en el texto, la voz de denuncia que trata de gritar el profeta en ese transfondo del reinado de Joás. Esa voz pone de manifiesto que en el corazón del ser humano entra la ambición, codicia, egoísmos, maldades, ansias de poder, guerras, cuando el corazón no se deja evangelizar por el mandamiento del: «Amaos los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,34-35).

La denuncia que hace el profeta está bastante clara, el alejamiento que tiene el «Pueblo elegido» de su Dios. «Olvidar el Dios de sus padres» ¿Puede cegarse tanto el corazón del ser humano para llegar a esos extremos? ¿Cómo se puede llegar hasta renunciar de tu propia identidad? La raíz, el núcleo de nuestro ser mismo. Lo que somos. Renunciar a vivir en esa clave de fidelidad y de amor que nos presenta Dios: el ser hijos de Dios. Para darle la espalda y vivir de cualquier manera justificando todo tipo de acción para sacar beneficio. No es que el texto esté justificando que Dios por el hecho de abandonar la Casa y el Dios de sus padres, el Señor castigue, sino que en esa libertad que posee el ser humano quiere vivir según y a merced de un corazón que es de piedra y no de carne y él mismo se está autoexcluyendo del proyecto de Dios.

No podéis servir a Dios y al dinero

Siguiendo el hilo conductor que nos presenta la primera lectura aterrizamos en el evangelio de hoy con la misma realidad la fe y las acciones, que vienen a hacer referencia del tipo de Dios en el que creemos. Para ello, podemos hacer un tipo de tabla comparativa en el que podemos poner de relieve los ídolos frente al verdadero Dios providente. De este modo, comprenderemos mejor la Palabra de Dios y la profundidad que nos quiere presentar. Para hablar de fe y de seguimiento debemos hilar fino. El verdadero ser del discipulado lleva una exigencia y una coherencia determinada, no valen los paños de agua caliente.

Por un lado, se nos presenta al dios dinero y una cierta preocupación por lo inmediato: vestido y alimento, que nos puede llevar a despistarnos de la profundidad del seguimiento como discípulo y darle el corazón a los ídolos. Evidentemente que necesitamos una serie de cosas materiales para la vida, sin embargo, de eso no habla el texto. Si recordamos los tiras y aflojas del «Pueblo elegido» a su paso por el desierto, van demandando a Dios cosas: comida, agua… Y llega un momento en el que no quieren reconocer a Dios en sus vidas: «Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”» (Ex 32,8). Darle el corazón al ídolo y manifestar que ha sido un becerro que come hierba el que ha hecho la acción de darles la libertad. Dios queda relegado a otro plano no interesa.

En la otra columna de la tabla aparece el Dios providente. El Dios creador, de la vida, la belleza, el bien y amor. Para hablarnos de esa profundidad que necesitamos oir. Del sentido que tiene que tener nuestra vida en estos momentos tan combulsos por los que estamos pasando. La vida unida al sustento al alimento del que nos hace referencia la idolatría. ¿Solo necesitamos pan material en nuestra vida? Jesús le dice al tentador: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mt 4,4). La respuesta es bastante clara, el deseo que tenemos de sentido cuando el alma grita buscando un rayo de luz en medio de tanta oscuridad solo la proporciona el Dios de la vida. La ansiedad que se genera en nuestro interior cuando no vemos el horizonte claro o nos visita la enfermedad solo alcanza sentido si estamos centrados en el Creador.

No andéis agobiados buscando con qué os vais a vestir o tratando de añadir unos segundos de vida al reloj de tiempo. Vuestro Padre que es providente al inicio de la creación revistió de belleza todo el escenario creado. Las aves del cielo, los lirios del campo. Y al ser humano que lo cubrió con un manto mucho más hermoso que al resto de las criaturas que salieron de sus manos. A este le dio la categoría de ser imagen. De ser Hijo de Dios. A este ser humano le toca en suerte reconocerse como hijo amado de Dios y tratar de sembrar en este mundo las semillas del mandamiento nuevo que nos hablan del Reino del amor y su justicia en medio de tanto sin sentido.

Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P.
Convento de Santo Tomás (Sevilla)

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