Evangelio del día

Evangelio del jueves 12 de mayo de 2022

OPNH
Padre Pedro Brassesco

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 16-20

Cuando Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy.
En verdad, en verdad os digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Reflexión del Evangelio de hoy

Tradición y novedad en la predicación de Pablo

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, que leemos a lo largo del Tiempo pascual, uno de los protagonistas principales es san Pablo. Junto con sus compañeros, arriba en uno de sus viajes a Antioquía de Pisidia, situada en la parte meridional de la actual Turquía. Según su costumbre, va a la sinagoga e, invitado a hablar, comienza haciendo una apretada síntesis de la historia de la salvación, para empalmar con Jesús, en quien se cumplen las promesas que Dios hizo a David.

La predicación a los judíos es una prioridad en las primeras etapas de la misión apostólica de san Pablo. Recordarles su pasado más significativo no es un simple recurso retórico; es una forma de fundamentar la continuidad histórica del proyecto salvífico de Dios, insertando la novedad de Jesús en la tradición más constante de su pueblo.

Hay en ese discurso una serie de argumentos que avalan su veracidad sobre el Mesías: una larga y sólida tradición que apunta a su aparición ya próxima; el anuncio autorizado de un profeta reconocido, como Juan el Bautista, que asegura su inminente presencia salvadora; y el testimonio fehaciente de la vida de Jesús, que Pablo describirá a continuación de manera detallada ante quienes tuvieron ocasión de conocer los hechos.

No son, sin embargo, argumentos que demuestren sin lugar a dudas el mesianismo de Jesús (si así fuera, todos lo aceptarían). Se necesita estar abiertos al Espíritu, que ilumina los corazones sencillos a través de la palabra del testigo, revestido él también de la autoridad reveladora de ese mismo Espíritu.

¿Estamos nosotros abiertos al influjo del Espíritu de Dios? ¿Nos apoyamos con confianza en los indicios persuasivos que sus mensajeros nos presentan?

Servicio y misión en la vida de Jesús y de sus discípulos

El largo discurso de despedida de Jesús antes de su pasión arranca del lavatorio de los pies de sus discípulos. Después de ese gesto –que Juan coloca en el lugar en que los otros evangelistas sitúan la última cena-, Jesús comenta el sentido ejemplar que tiene para quienes quieran seguirle. Es un gesto de servidumbre: él lo ha realizado precisamente para dar a entender que ha venido a servir y que todo el que quiera tenerlo a él por maestro deberá adoptar también una actitud de servidor.

“El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía”, dice Jesús. Si él, que es el Señor, ha sido enviado a servir a la humanidad y ha llevado ese servicio hasta la entrega de su vida por nosotros, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llevar el nuestro?

Él dio testimonio del que lo envió, hablando del reino de amor que Dios quiere establecer entre nosotros e inaugurándolo ya en compañía de sus discípulos. Si nosotros, gracias a la fe, lo recibimos a él como enviado de Dios, acogemos también por medio de él la presencia de Dios, que cambia nuestra vida y la hace reflejo de la suya. Una de las consecuencias de esta presencia es que nos convierte a nosotros también en enviados suyos, misioneros de su mensaje de amor por el mundo.

Como enviados, nuestra vida ha de estar constantemente referida a quien nos envía; es su mensaje el que tenemos que difundir, no nuestras ideas. ¿Hasta qué punto nuestra labor misionera transmite fielmente lo que él nos encargó transmitir? Y, cuando recibimos elogios de quienes nos escuchan o nos contemplan, ¿sabemos remitirlos a su verdadero inspirador?

Fray Emilio García Álvarez O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

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