Evangelio del día

Evangelio del lunes 11 de abril de 2022

Padre Pedro Brassesco

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.
María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:
«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».
Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando.
Jesús dijo:
«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis».
Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.
Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Reflexión del Evangelio de hoy

He puesto mi espíritu sobre él

Es la impronta de Dios: muestra su compasión y su amor sobre lo débil, permite seguir gozando de su favor a todo aquello perecedero que muestra su debilidad. La imagen que Isaías nos da del siervo de Yahvé la vamos a ver claramente en Jesús de Nazaret. Jesús pasará por esta vida, viviéndola como un simple hombre, ayudando a quien lo necesita. Se lo vamos a escuchar al mismo Jesús cuando se presentan los discípulos de Juan para preguntarle quién es él. La respuesta no contesta directamente la pregunta, sino que remite a su vida y obras. Los cojos andan, los ciegos ven, los muertos resucitan… Somos nosotros la caña cascada, el pábilo vacilante, el ciego que necesita ver y para eso tenemos al Siervo de Yahvé que pasa a nuestro lado ayudando en lo que es necesario.

No es un predicador vociferante en plazas, teatros, pantallas de TV. No. Es el predicador sencillo que te habla en el silencio, que susurra al oído, que difunde el mensaje sin alharacas, alejado de una solemnidad impostada, tonante y amenazadora. La palabra de Jesús, el Siervo de Yahvé, es suave, está bañada en el amor y en ningún momento produce miedo. Y, ¡cuidado!, si te atemoriza y espanta, no es Dios quien te habla, sino el maligno.

Temamos a los profetas que dicen venir en nombre del Señor aterrorizando a los fieles que escuchamos asustados tremendas diatribas ácidas y violentas. Muy alejadas del espíritu que se desprende del Siervo de Yahvé, de Jesús, el Cristo que nos habla con la Palabra definitiva de Dios, del ABBA, del papaiño que te tiende la mano.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro

Las horas de Jesús están contadas. Las autoridades civiles, militares y, sobre todo, religiosas, han decidido que tiene que morir y solo falta encontrar una ocasión propicia para eliminarle. Han tenido oportunidades para detenerlo, pero siempre les ha frenado el miedo a la reacción de las gentes. Jesús tiene seguidores y simpatizantes que podrían aguar las fiestas del templo y eso sería un problema. Hay que proceder con nocturnidad y alevosía y buscan el momento propicio.

A esto se añade que Jesús ha resucitado a su amigo Lázaro y ver a este muerto caminando, hablando, comiendo, en definitiva: viviendo, es un fuerte golpe en su contra. Es, pues, necesario acabar también con él. Tal vez sea Lázaro ese mal colateral, necesario a los ojos de los estrategas, para lograr un golpe publicitario que ponga la situación a su favor.

En esta era cibernética esto sería fácil de solucionar con unas cuantas “fake news” bien dirigidas en las redes para inclinar la opinión pública a favor del enemigo y lograr que el pueblo, puede que debamos llamarlo “populacho”, a poco que lo animemos, grite “¡Crucifícalo, crucifícalo!, tal vez sin convicción, pero sí con un aparente entusiasmo capaz de convencer a un cobarde Pilatos, a quien la vida de un judío le trae sin cuidado, con tal de conservar la paz en su finca.

Y nos falta recordar a María que unge los pies del Maestro con un magnífico perfume, caro, intenso que Jesús interpreta como la unción que se aplica a su cadáver antes de depositarle en el sepulcro. María se ha anticipado a los hechos que se van a producir en breve. Pero, siempre surge un pero…, algunos de los presentes, Judas entre ellos, critican la acción y se escudan en una aparente caridad que no tienen, posiblemente, ninguna intención de ejecutar.

Y ¿cómo estamos hoy?, ¿comemos con Jesús o nos escudamos en unas oraciones con las que traspasamos a Dios los problemas (-escúchanos Padre-) mientras seguimos viviendo tranquilos y contentos con nuestras mediocridades. ¿No será ahora mismo el momento de cambiar nuestro ser y actuar y acercarnos a Dios?

D. Félix García O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro (Lugo)

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