Evangelio del día

Evangelio del lunes 4 de abril de 2022

Padre Pedro Brassesco

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Reflexión del Evangelio de hoy

La mano de Dios se hace presente siempre en nuestras vidas

El episodio de Susana y los ancianos, que aparece al final de los escritos del último de los profetas mayores, Daniel, nos narra una historia de intriga, morbo e injusticia. Susana, la esposa bellísima de Joaquín, es acosada por dos ancianos, jueces ilustres de aquella sociedad, mientras intenta darse un baño y relajarse en el jardín privado de su casa. Los ancianos que ya espiaban sus movimientos y acechaban su intimidad, interrumpen su baño, le hacen proposiciones deshonestas y, al ser rechazados, la chantajean con acusaciones que le supondrían la condena a muerte. Susana se ve sin salida, pero elige caer en sus perjurios antes que pecar contra Dios. Susana es condenada a muerte. Pero Dios despierta el espíritu de santidad de un chiquillo llamado Daniel para hacer justicia. Interrogando por separado a cada uno de los ancianos, que caen en contradicción, rehabilita a Susana. Y así se salvó una vida inocente, termina el relato. Es un final feliz para una situación de injusticia y prevaricación. Es un final que contrapone la justicia de Dios con la injusticia de los hombres, con el abuso de poder y la prepotencia de algunos que supeditan la justicia a sus caprichos, satisfacciones o privilegios. Es sobre todo, la benevolencia de Dios que no abandona a quien le es fiel y antepone su fidelidad al Señor a sus temores e incluso a su propia vida. Susana se convierte así en un referente para todos los creyentes, para reivindicar la virtud por encima del interés o del propio afianzamiento. Susana es ejemplo de virtud, de fe y confianza en el Señor.

Jesús perdona nuestros pecados y acompaña nuestras debilidades

Este relato de Juan sobre la mujer sorprendida en fragante delito de adulterio, pone a Jesús nuevamente ante el conflicto con la Ley y los fariseos. Jesús es un incordio para los estamentos del poder político y religioso de los judíos. Por eso intentan ponerle trampas. “La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?” le preguntan. Jesús, como en el relato del tributo al César, donde apela a la imagen que refleja la moneda, podría haber recurrido al Sanedrín, que era quien tenía atributos para sentenciar estos delitos. Podía haberse abstenido del confrontamiento. Pero en lugar de esconderse o rehuir su compromiso, se compadece de la mujer pecadora a la que ha perdonado sin prejuzgarla. “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Porque Jesús no ha venido a juzgar ni a condenar, sino a traer la salvación. Así, ante este reto todos fueron retirándose, empezando por los mayores, hasta el último. Y Jesús perdona a la mujer: Tampoco yo te condeno.: “Anda, y en adelante no peques más”. Él se compadece del pecador, conoce la debilidad del ser humano, y como Dios mismo, quiere y busca la conversión del pecador para que por su arrepentimiento, llegue a la vida. No nos corresponde a nosotros ser jueces de los actos de los demás, porque sólo Dios conoce el interior de las personas. El nos enseña a ser condescendientes, tolerantes y generosos con los demás. Nos invita a tener un corazón compasivo y misericordioso. Dios nos brinda la oportunidad de difundir el amor y la amistad, de disfrutar y promover el gozo del perdón y la reconciliación, de abrirnos al hombre nuevo, solidarios, capaz de paz y de esperanza. El hombre convertido, como el buen ladrón, que recibe la bendición de la salvación: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Seamos instrumentos de paz y concordia y no de confrontación y prejuicio.

D. Oscar Salazar, O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos de San Martín de Porres (Madrid)

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