Evangelio del día

Evangelio del jueves 24 de marzo de 2022

Lectura del santo evangelio según san Lucas 11,14-23

En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».

Evangelio de hoy en audio

Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

Escuchad mi voz

El profeta Jeremías se presenta ante el pueblo para recordarle lo que han olvidado: “Escuchad mi voz, Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo.”  Es importante prestar atención a lo que nos dice. La invitación a escuchar es una constante en la historia de Israel. Una invitación que se torna mandato: “Escucha, Israel…”  La Voz revela la Alianza que Dios establece “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo.”  Se pone de manifiesto la iniciativa tomada por Dios en favor de Israel que va a sobrepasar los límites de un pueblo, para alcanzar a la humanidad entera. Por tanto la invitación a escuchar va dirigida al ser humano, amado por Dios. ¿Qué espera?  No otra cosa sino que sigamos el camino que nos señala. Es ahí donde radica el problema. No escuchar conduce al abandono del camino señalado. 

No escucharon ni hicieron caso. Son dos posibles reacciones. No escuchar implica no enterarse y por lo mismo no se puede responder por falta de atención. No hacer caso, porque no se presta atención (el que tenga oídos para oír, que oiga). Pero puede ocurrir que nos enteramos pero no se obedece (no se hace caso). Tenemos nuestras ideas, tenemos nuestros afectos y nos damos por satisfechos, aunque estén, unas y otros, llevándonos a la autodestrucción. Con todo, al profeta se le manda: “Aun así les dirás: Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca.”

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón

Una petición que expresa un deseo. En lo más profundo del ser humano está asentado ese deseo, tantas veces apagado por las preocupaciones que agobian, los afanes por asuntos inútiles que resecan y endurecen. Recordar las palabras del profeta: “Os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.”  Desear escuchar la voz del Señor  y escucharla de hecho, pues lo que Dios desea es que no tengamos un corazón duro. No estar endurecidos sino permanecer con la sensibilidad necesaria para  atender y entender lo que pasa a cada persona.  Es un ejercicio constante. Para hacer lo que Jesús hizo hay que escuchar como él escuchó. No hacía sino lo que veía hacer al Padre y no comunicaba sino lo que le oía. Jesús escucha al Padre y al mismo tiempo a cada persona.

El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama

Jesús estaba echando un demonio que era mudo. Junto a él hay una multitud que se admira. Brota dicha admiración al contemplar cómo el mudo habla. El bien procurado a esta persona despierta la admiración de la multitud.  Frente a muchos, algunos y otros. No todos se admiran. Aparecen los críticos sin la más elemental lógica humana: “Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios.”  Otros piden un signo del cielo.

Y eso es lo que Jesús acaba de hacer: “Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.”  Los milagros que él realiza van más allá del hecho milagroso, para convertirse en signo, señal de lo que realmente está ocurriendo. Y lo que ocurre es que con él el reino de Dios ha llegado.

El mismo Jesús conduce la reflexión que cada uno tiene que hacer, examinando lo que ellos mismos dicen, para que vean hasta dónde están errados.  Si Satanás está dividido ¿cómo se mantendrá su reino?  Para poder reconocer los signos del Reino hay que despojarse de los prejuicios. Hay que dejar espacio a la admiración y a la sorpresa de un Dios que se ha hecho cercano. Que usa un lenguaje inteligible. El misterio se ha hecho pura transparencia. Eso es lo que percibe la gente sencilla y por eso Jesús afirma que lo ha revelado a la gente sencilla, que es capaz de dejarse llenar por la alegría  que produce su presencia.

Y termina el pasaje con esta afirmación de Jesús: “El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. No hay alternativa posible para acceder al Reino. Jesús es el camino. En su Persona se revela todo el misterio de Dios. Por eso el camino cuaresmal arranca centrándose en el misterio de Cristo para vivirlo en plenitud. La penitencia cuaresmal se ordena a quitar todo aquello que impide que el misterio de Cristo ilumine la existencia humana. Su luz nos hace ver la luz.

Podemos entender la frase final como comunión con él. No aceptarlo o romper la comunión con él desemboca en enfrentamiento y dispersión. Con él o contra él; recoger con  él o sin él dispersar. El planteamiento se nos hace a cada uno y tendremos que responder y definirnos. La cuaresma es un buen tiempo para considerar de qué lado estamos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar.

Fr. Antonio Bueno Espinar O.P.
Convento de Santa Cruz la Real (Granada)


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