Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 17-27

En aquel tiempo, cuando salta Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: -«Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: -« ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: -«Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: -«Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: -«¡ Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios! »
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: -«Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: -«Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando y les dijo: -«Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»

Evangelio en audio

Padre pedro brassesco
Padre Pedro Brassesco

Reflexión del Evangelio de hoy

No habéis visto a Jesucristo y lo amáis

Es evidente que no hemos visto a Jesús. Puede que se nos haya hecho presente a los ojos de la fe y este hecho será el nacimiento a una nueva vida, con las raíces hundidas en él, renacidos a una vida de gracia y creciendo en la fe como el sarmiento que brota del pulgar que el podador dejó en la parra, y del que saldrá el fruto.

Y no nos garantiza una vida tranquila y segura, sino que nos anuncia pruebas dolorosas por las que puede que tengamos que pasar, pero, si no perdemos de vista el resultado final, la meta a la que ansiamos llegar y el apoyo que en Cristo tenemos, nada podrá quitarnos la alegría de saber cuál es nuestro destino, hacia donde vamos y esto será suficiente para confiar en quien nos da gratuitamente todo su amor, su infinita misericordia y la esperanza, que la seguridad de saber que nos espera al final del camino, nos proporciona.

Si nuestra confianza sigue anclada firmemente en Cristo resucitado, nada podremos temer. Todo lo tenemos porque se nos ha dado en Cristo. Nada necesitamos fuera de él y con él tenemos todo. Pongamos nuestra fe en la llegada a la meta y llegaremos a alcanzarla, porque el Señor recuerda siempre su alianza, su promesa.

Entonces, ¿quién puede salvarse?

Es un joven, un perfecto judío, quien se acerca Jesús. Cumple fielmente todos los mandamientos desde niño, entra dentro de los estándares de los fieles judíos practicantes, pero no encuentra seguridad en su salvación final. A este joven le preocupa su propia seguridad de salvación. Sabe que cumple todas las normas religiosas desde siempre, pero le falta seguridad, le falta fe. Quiere “comprar” la seguridad de la salvación y puede que esté dispuesto a pagar por ella, pero Jesús pide un precio excesivo, ¡le pide todo!

Es realmente difícil para un rico entrar en el reino de los cielos. No importa el nivel de su riqueza, no es necesario que sea cuantiosa, sino que tengamos el corazón firmemente agarrado a ella y nos cueste compartirla. Los ricos echan en el cepillo del templo grandes cantidades mientras la pobre viuda solamente echa unos céntimos, sin embargo Jesús alabará a esta pobre mujer porque comparte todo lo que tiene, mientras los ricos, prestos a grandes donativos, siempre van a dar lo que les sobra, no lo que necesitan los demás. Tienen su corazón donde está lo importante para sus vidas, y lo importante no son los prójimos, sino los propios bienes, la propia seguridad.

Muchos tenemos una riqueza, puede que muy pequeña, pero que nos impide ser generosos, que nos ata con esas cuerdas invisibles que nos obligan a estar sometidos a ella. Cierto será difícil que nos salvemos por nuestros propios medios o méritos, pero esto lo sabemos todos: no somos nosotros los que nos salvamos, sino Dios quien nos salva. Es él quien nos regala la salvación. Es él quien nos conduce de la mano a su reino, y lo hace gratuitamente y solo nos pide a cambio que confiemos en él, creamos en él y seamos felices. Si vamos asidos a la mano de Dios, si no nos soltamos, viviremos felices porque el Reino de Dios ya estará en nosotros, y la riqueza dejará de tener alguna importancia para nosotros y no nos costará desprendernos de ella.

¿Estamos dispuestos a renunciar a todo, incluso a nosotros mismos, para seguir a Jesús?

D. Félix García O.P.
Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro (Lugo)



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